"La idea de que el Estado somos nosotros ha desaparecido" // J.H.H. Weiler, Universidad de Nueva York

  • 1 Agosto, 2017

    Entrevista: El catedrático de derecho opina que los europeos están obligados a resolver juntos los problemas.

    J. H. H. Weiler, catedrático de la Universidad de Nueva York. (C) NYU.

    François de Chateaubriand, autor de Memorias de ultratumba, en su último discurso en la Asamblea Nacional francesa se lamentaba de que sus profecías fuesen ignoradas por la clase política, y que sólo le quedaba sentarse sobre los escombros de un naufragio previsto de antemano. Sentimientos parecidos debe albergar Joseph H. H. Weiler, catedrático de la Universidad de Nueva York después de serlo en Harvard, quien hizo sonar la alarma, mucho antes de que empezase la eterna crisis de la Unión Europa, de la necesidad de reformas democráticas urgentes para prevenir males posteriores. Dos años antes que Donald Trump presentase su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, Weiler dio por finiquitada la pax americana en una conferencia magistral. Cuando David Cameron convocó el referéndum sobre el Brexit lo calificó de “erupción de fatales consecuencias”.

    Weiler (Johannesburgo, 1951) es una figura insoslayable del derecho internacional y de la Unión Europea, lo que le llevó a ser presidente del prestigioso Instituto Universitario Europeo en Florencia. Sus publicaciones académicas han sido recompensadas con trece doctorados honoris causa y es fundador y editor de laEuropean Journal of International Law (Oxford), considerada una de las publicaciones más influyentes en materia de derecho internacional y donde no pierde ocasión de recomendar literatura en español (Ribeyro, Unamuno, Baroja...), lengua que domina además del inglés, francés, alemán, italiano y hebreo. La entrevista que sigue tuvo lugar en su despacho de la Universidad de Nueva York.

    Usted considera que la Unión Europea se ha ido transformando de comunidad de conveniencia en comunidad de destino, ¿a qué se refiere?

    En las discusiones sobre la crisis de la Unión Europea hay un elemento que no se discute lo suficiente : el cambio del ethos en la integración de la UE. Si uno echa la vista atrás, a la declaración Schumann, se encuentra con un enfoque funcionalista que abogaba por una construcción mediante logros concretos que resultaría en una solidaridad de facto. Con el fin de conseguir el apoyo de los ciudadanos a la integración de la UE fue necesario demostrar una legitimidad material. Somos una sociedad más prospera, más estable, y este proceso se asocia al mercado común y, por lo tanto, habrá solidaridad de facto; esto es la solidaridad según Schumann.

    Sin embargo, había algo mucho más profundo que fortaleció a Europa en las últimas décadas. Sin usar estas palabras, al estar fuera de circulación, Europa se consideraba una comunidad de destino. Por ejemplo, en Francia hay una gran crisis, el país está dividido entre izquierda y derecha, pero existe el compromiso entre sus ciudadanos de resolver los problemas; al fin y al cabo, somos franceses, somos responsables los unos de los otros y tenemos que salir adelante. Históricamente esta era la actitud en la Unión Europea; aun habiendo diferencias, vamos en la misma dirección. Tanto es así que ni en el Tratado de Roma (1956) ni el de Maastricht (1992) había una cláusula que permitiese a los Estados miembros retirarse de la Unión Europea; esto fue una innovación del Tratado de Lisboa (2007) con el famoso artículo 50 que está siendo utilizado por el Reino Unido para salir de la Unión Europea.

    ¿Cuáles son las repercusiones del abandono del Reino Unido para la UE?

    El mayor daño provocado por el Brexit no ha sido el abandono del Reino Unido. El artículo 50 del Tratado de Lisboa era un botón nuclear que nadie se imaginaba que iba a ser pulsado y es la razón por la que está tan mal redactado. Ahora ese botón existe y el Brexit ha abierto la posibilidad de pulsarlo. El referéndum del Brexit fue un debate para convencer a los ciudadanos de los pros y los contras de quedarse o no en la Unión Europea y acabó convirtiéndose en una competición de quien podía asustar más a los ciudadanos. Este debate se ha trasladado al resto del continente, lo que convierte la UE en un mero cálculo.

    La respuesta de la UE al brexit han sido políticas dirigidas a convencer a los ciudadanos de que tiene sentido mantener la UE. Aunque estas políticas tuviesen éxito, se ha perdido la partida, porque se ha convencido a los ciudadanos en términos utilitarios y el debate podrá resurgir en diez años si ya no salen las cuentas seguir en la UE. Esto es una crisis muy profunda en la concepción misma de la UE puesto que ha pasado de ser una realidad ontológica inmutable a un proyecto contingente. Otro signo preocupante de la crisis de la UE son los términos de la negociación del Brexit. Se ha fijado una negociación dura para asustar a los países que quisiesen tomar el mismo camino que el Reino Unido. ¿Esta es la integración europea que deseamos? ¿Asustar a los ciudadanos para que tengan miedo de irse? En mi opinión, esta crisis es mucho más profunda que la crisis del euro o la dimensión material de la crisis, aun siendo muy importantes por si mismas. Para bien o para mal, estamos unidos los unos a los otros y tenemos que resolver los problemas juntos. En España deberían ser sensibles a esta idea porque ocurre lo mismo con el debate catalán. Por supuesto puede haber discusiones sobre si es necesario más o menos autonomía, pero a fin de cuentas los distintos territorios que forman España son una comunidad de destino. 

    ¿Qué lección tiene que sacar la UE del Brexit?

    La definición más básica de democracia tiene dos elementos. Primero, si a los ciudadanos no les gusta su gobierno siempre tienen la posibilidad de echarlos, y si tal posibilidad no existe, es difícil hablar de democracia. La UE tiene un inmenso poder y, sin embargo, en ningún momento es posible sacar a los responsables y cambiar a las personas. El segundo elemento es que el voto de los ciudadanos tiene que verse reflejado de una manera u otra en la acción de gobierno. No obstante, los estudios demuestran que poco importa el resultado de las elecciones del Parlamento Europeo; las políticas siempre son las mismas y no reflejan la preferencia de los votantes. Los ciudadanos no tienen la posibilidad de elegir entre austeridad o crecimiento. Por consiguiente, estos dos elementos básicos no existen, y esto no se debe a una conspiración, sino a un problema estructural.

    En 1979 hubo un 62% de participación en la primera votación directa al Parlamento Europeo, cuando aún este disponía de poderes muy limitados. Para conseguir una mayor tasa de participación y disminuir el déficit democrático se decidió aumentar los poderes del Parlamento Europeo hasta convertirlo en colegislador con el Consejo. Pues bien, el resultado perseguido ha sido el contrario a lo esperado: en todas las elecciones la tasa de participación no ha dejado de bajar. La gente no es estúpida: si el principio de responsabilidad y el principio de representación están ausentes ¿por qué diantres van a ir a votar? Esta es la lección más importante que la UE debería retener: las profundas fallas en las estructuras de gobernanza. Sin embargo, este grave problema no aparece en los discursos de los políticos de la UE y, en mi opinión, es más importante que el debate entre austeridad y crecimiento.

    Antes ha hecho una mención a Catalunya. ¿Como experto en derecho internacional, cuál es su opinión de la legalidad del referéndum?

    El problema de Catalunya no es jurídico. El Tribunal Supremo de Canadá, en su cuidadosa y meditada sentencia sobre Quebec, cuyo razonamiento sigue siendo válido hoy, demostró con claridad que ningún caso similar a Quebec, como son Escocia y Catalunya, disponen de un derecho de secesión de acuerdo con el Derecho Internacional Público, ya que estos territorios disfrutan de libertades individuales y derechos colectivos que les permiten proteger sus nacionalidades e identidades culturales dentro de sus respectivos Estados. Y aun no siendo un experto en derecho español, pareciese que la situación bajo la Constitución española sea igualmente clara.

    Ojo, tanto Canadá como Reino Unido convocaron un referéndum sin tener la obligación legal de hacerlo. Fue el comportamiento democracias maduras.  En los dos casos la mayoría rechazó la propuesta independista; otra muestra de una democracia madura. En mi opinión, sólo bajo condiciones de verdadera represión política y cultural se puede presentar de modo convincente el caso por la secesión. Con su extenso (aunque profundamente defectuoso) Estatuto de Autonomía, los argumentos catalanes a favor de la independencia producen risa y es imposible tomárselos en serio; argumentos que, además, abaratan y resultan insultantes ante otros casos meritorios, aunque inconclusos, como el de Chechenia.

    ¿Si Catalunya se independizase, seguiría siendo miembro de la Unión Europea?

    El estímulo que alimenta esta agitación hacia la secesión e independencia no solo en Catalunya, sino en otros territorios de Europa, es que todos estos nuevos Estados de algún modo u otro encontrarán refugio como Estados miembros de la UE. Sin este estímulo, el apetito por la independencia decaería de modo significativo, silenciado por la amenaza mucho mayor del océano que representaría tener que seguir el camino en solitario. Y aquí, por razones éticas y morales pero no jurídicas, es preciso que sea categórico: una Catalunya independiente (y con la misma lógica Padania, Escocia, los corsos, los bretones, los galeses, los germanohablantes del Alto Adigio y las otros tribus que reclaman la independencia) jamás debería ser admitida en la UE.   

    ¿Por qué?  

    Es desmoralizador desde un punto de vista ético contemplar cómo casos como el de Catalunya nos retrotraen al principio del siglo XX, a la mentalidad de posguerra, cuando la noción de que un único Estado podía abarcar más de una nacionalidad parecía imposible —de ahí la profusión de tratados específicos sobre minorías durante la desaparición de los imperios Otomano y Austrohúngaro. Estos acuerdos estaban repletos de buenas intenciones, pero carecían de imaginación política y - eventualmente, no escondamos los hechos desagradables-, alimentaron y llevaron a la lógica venenosa de la pureza nacional y la limpieza étnica. No se equivoque: no estoy sugiriendo en absoluto que alguien en Catalunya quiera la limpieza étnica. Pero sí creo que la mentalidad de ir por libre está asociada con este tipo de mentalidad. Ni más ni menos.

    Cierto es que vascos y catalanes sufrieron tremendas injusticias históricas antes de la vuelta de la democracia a España. Y siento una enorme, y digo enorme, empatía y simpatía hacia los catalanes que quieren vivir y reivindicar su cultura y su identidad política propia reprimida durante décadas.  Para miles de ellos, quizá para la mayoría, se trata sencillamente de esto. Pero jugar la carta de Franco como justificación para la secesión es solo una hoja de parra para tapar un egoísmo económico y social seriamente erróneo, un orgullo excesivo cultural y nacional y la ambición desnuda de los políticos locales. Además, y sobre todo, va diametralmente en contra del sentido histórico de la integración europea. La imponente autoridad moral de los padres fundadores de la integración europea —Schumann, Adenauer, De Gasperi y el propio Jean Monnet— se debió a que estuvo enraizada en la ética cristiana del perdón, combinada con una sabiduría política ilustrada, en la que se entendía que es mejor mirar hacia adelante, hacia un futuro de reconciliación e integración, en vez de revolcarse en el pasado europeo, que, por cierto, fue infinitamente peor que los peores excesos del execrable Franco.

    La Unión Europea lucha hoy en día con una estructura de toma de decisiones sobrecargada, con 27 Estados miembros, y, lo que es más importante, con una realidad sociopolítica que hace difícil persuadir a un holandés, a un finlandés o a un alemán de que tienen un interés humano y económico en el bienestar de un griego, un portugués o, también, un español. ¿Por qué habría de resultar de interés incluir en la Unión a una comunidad política como sería una Catalunya independiente, basada en un ethos nacionalista tan regresivo y pasado de moda que aparentemente no puede con la disciplina de la lealtad y solidaridad que uno esperaría que tuviera hacia sus conciudadanos en España? La propia petición de independencia de España, una independencia de la necesidad de gestionar las diferencias políticas, sociales, económicas y culturales dentro de la comunidad política española, independencia de la necesidad de resolver diferencias y trascender el momento histórico, descalifica moral y políticamente como futuros Estados miembros de la UE a Catalunya y a otros casos parecidos.

    Europa no debería ser vista como un nirvana para esa forma de eurotribalismo irredento que contradice los más profundos valores y necesidades de la Unión. La presunción de una pertenencia automática a la Unión debería ser rechazada de forma decisiva por aquellos países que sufren la amenaza de una secesión o, si sus líderes, por razones políticas internas no tienen coraje para decirlo, por la propia Unión u otros Estados miembros, con la Francia de Macron a la cabeza. Sería enormemente irónico que el proyecto de pertenencia a la Unión acabase creando un incentivo que diese sentido a la desintegración política. Hay una diferencia fundamental entre dar la bienvenida a la Unión a España, Portugal o Grecia, recién salidos de una fea y represora dictadura, y dársela a una Catalunya, que es parte de una democracia que funciona y que en este momento requiere una expresión profunda de solidaridad interna y externa. Al buscar la separación, Catalunya estaría traicionando los mismos ideales de solidaridad e integración humana sobre los que se fundamenta Europa. Espero que nunca ocurra, pero el único mérito de un referéndum en Catalunya sería permitir a los catalanes que tuviesen el buen sentido de rechazar la propuesta. Si se llega al referéndum, todos los europeos deberían esperar que los catalanes actúen de este modo. Y si no lo hacen, bueno, deseémosles bon voyage en su destino separatista, separados también de UE– Catalunya y Reino Unido, ¡que pareja!

    En una reciente tribuna en el diario El País usted señalaba que en Europa ha desaparecido el espíritu republicano, ¿por qué?

    Los ciudadanos de la UE hemos adoptado e internalizado como valor supremo la cultura de los derechos fundamentales. Asimismo, el discurso de la clase política se basa en estos derechos y la UE se presenta como su garante. No se equivoque, no estoy diciendo que no deba ser así, tenemos que custodiar este legado; jamás viviría en un país donde no se respetase los derechos fundamentales. ¿Pero qué ocurre con la otra cara de la moneda, la res publica? Vivimos en democracias mercantilistas donde no hay deberes y responsabilidades y lo único que se exige de los ciudadanos es que paguen sus impuestos y no vulneren el código penal. Los ciudadanos somos meros accionistas de una sociedad, y si no nos gusta el consejo de administración, los echamos en una junta de accionistas llamada elecciones.

    Se ha abandonado la palabra patriotismo, con justa razón, por el uso que hicieron de ella los regímenes fascistas convirtiéndola en un insulto. También se ha abandonado la virtud ética predicada por Aristóteles, Santo Tomás de Aquino o Maimónides cuando la gente se preguntaba cuál era la forma correcta de comportarse. Sin embargo, el precio que hemos pagado por el abandono de los valores nobles de la palabra patriotismo ha sido muy alto: el amor como disciplina, el cuidar de la patria y su sociedad, de aceptar nuestra responsabilidad cívica respecto del prójimo, el vecino, etc. El verdadero patriotismo es lo opuesto al fascismo: “Nosotros no pertenecemos al Estado: es el Estado el que nos pertenece”. La idea de que el Estado somos nosotros ha desaparecido. Por lo tanto, siempre el Estado es el responsable y nunca nosotros. En mi opinión esto ha sido unos de los efectos de la secularización. Permítame ser claro, no juzgo a las personas por su fe o falta de fe, soy neutral. Soy consciente de la historia de la Iglesia en muchos países, incluida la de España. Hablo desde una perspectiva empírica y de las ciencias sociales. Pero cuando las personas iban a la iglesia, escuchaban una voz universal que hacía hincapié en las responsabilidades de los ciudadanos hacia la sociedad y al prójimo. Ahora las iglesias están vacías, por buenas y malas razones, pero la voz de responsabilidad casi ha desaparecido del espacio público.

    Tres años antes de la elección de Donald Trump, en una conferencia magistral usted ya daba por terminada la pax americanaEn primer lugar, ¿cuándo comienza la pax americana?

    El título de la conferencia era “Nuevamente sonámbulos: el fin de la pax americana (1914-2014)” en homenaje al título del libro de Christopher Clark y versaba sobre la seguridad de Europa y las relaciones internacionales. Mi tesis, y no es la tradicional, es que la pax americana comienza justo después de la Primera Guerra Mundial, cuando Estados Unidos introduce de forma eficaz el concepto de libre determinación, que es puesto en práctica durante el desmantelamiento del Imperio Austrohúngaro. A mi entender, es un concepto crucial que da comienzo a la pax americana, y cobra todo su esplendor después de la Segunda Guerra Mundial por medio de la descolonización de los imperios coloniales de Francia y Reino Unido. Por primera vez, los sujetos del derecho internacional no son ni los Estados ni los imperios, sino las personas, lo que condicionará el mundo.

    ¿No considera el concepto pax americana contradictorio?

    Qué duda cabe que la expresión encierra cierta ironía cuando los últimos cien años han sido de todo salvo pacíficos. Durante el siglo pasado la humanidad fue testigo de una barbarie sin precedentes como fueron la Shoah, los Gulags o el Gran Salto Adelante. El comienzo del nuevo siglo no ha dado respiro con Darfur, Siria, ISIS, etc. Para bien o para mal fue la realidad durante un siglo. No son pocos quienes se burlan al preguntarse qué tipo de pax es esta cuando los Estados-Unidos están permanentemente en guerra y la paz ha sido tantas veces transgredida. Sin embargo, en un caso particular la expresión pax americana está totalmente justificado: Europa. La mayor contribución a la prosperidad europea por los Estados-Unidos no fue el Plan Marshall sino la creación del paraguas de seguridad colectivo cuando se levantó el telón de acero, lo que permitió durante más de cincuenta años a Europa invertir más dinero en mantequilla que en armamento. La premisa de la seguridad colectiva europea se basaba en que si la situación se calentaba la caballería americana vendría al rescate. Sin tal premisa, las inversiones en materia de defensa hubieran sido mucho más elevadas.

    "Es imposible tomarse en serio los argumentos de los independentistas catalanes. Una Catalunya independiente jamás debería ser admitida en la UE"  

    "La capacidad de EEUU de mostrar su superioridad moral no hace más que caer"

    Aun poniendo en tela de juicio numerosas intervenciones americanas, había una sensación de que los Estados Unidos eran garantes de una cierta estabilidad, por medios pacíficos o belicosos, que hacía del mundo un lugar más seguro. Sé que para algunos es un asunto muy controvertido, pero les será complicado rebatir que era la visión mayoritaria que había en Europa y sobre Europa. Sin embargo, lapax americana se acabó y fue años antes de todo el fenómeno Trump. 

     

    ¿Cómo se explica el fin de la pax americana?

    EUUU sigue siendo el país más poderoso del mundo desde un punto de vista militar, y posiblemente, económico y político, pero su relativa fuerza está cambiando. Empezando por la economía, China ha superado en numerosos valores agregados a los Estados Unidos y ya es la primera potencia industrial. También en la capacidad de transformar los logros económicos en logros políticos. Hace no mucho tiempo EEUU consumía dos tercios de la producción mundial, lo que daba muchísimo poder porque el bienestar de muchos estados dependía de este consumo voraz. Ahora dicho poder de consumo se está trasladando a China e India y su crecimiento es imparable. 

    Desde un punto de vista político, con todas sus imperfecciones y críticas, EEUU fue, al menos durante la Guerra Fría, la piedra angular de la democracia y libertad. Ojo, una democracia muy imperfecta que hizo un uso muy cínico del poder, como fueron sus intervenciones en Latinoamérica. Sin embargo, desde 1989 la capacidad de EEUU de demostrar su superioridad moral no ha hecho más que decaer: Guantánamo, Irak, Snowden, etcétera.

    También ha habido cambios importantes en la política interna de EEUU.  En primer lugar, hay una gran división en la sociedad, que se hizo muy patente durante las elecciones de 2016,  pero este  fenómeno precede a Donald Trump. En materia de política exterior existía un consenso entre los dos grandes partidos y era impensable que se convirtiese en objeto de disputa política interna. Ahora, un presidente de EEUU puede firmar un tratado internacional y cincuenta senadores escribir una carta a un jefe de Estado indicando que dicho tratado será revocado. Es extremadamente perturbador que no se pueda confiar en la firma del presidente de los EEUU, que era considerado como el patrón oro. El resultado de la combinación de estos tres factores, político, económico y moral, es una disminución dramática de los EEUU en la escena internacional.

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