Desafío // La ambición de Erdogan

  • Octubre 2020
    Erdogan, con los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, e Irán, Hasán Rohaní.

    El presidente turco trata de recuperar el liderazgo del islam y devolver a su país el esplendor de la época otomana con un pulso a la Unión Europea, EE UU e Israel.

    El 24 de julio de 1923, los primeros ministros de Turquía, Ismet Inönü, y de Grecia, Elefterios Venizelos, firmaron solemnemente el histórico Tratado de Lausana, que pretendía liquidar casi cinco siglos de orden político en el Mediterráneo oriental. Inspirado por Francia, Reino Unido y el entonces Reino de Italia —nuevas potencias coloniales—, suponía la puntilla para el una vez poderoso y entonces ya decadente Imperio Otomano. Fundado en el siglo XIII por Osman I, líder de una tribu guerrera de Anatolia, la supremacía turca sobre el Mare Nostrum se extendió desde Argelia al golfo Pérsico y de Austria al Sahel hasta el albor del siglo XIX. 

    Víctima como todos los emporios de su desmesurado gigantismo —pero también de la incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos, inaugurados por la revolución industrial—, el esplendor otomano había comenzado a extinguirse en 1912, fecha en la que la Roma prefascista arrebató Libia y las islas del Dodecaneso, limitando su territorio a la península que vio nacer a su fundador e instalando un abacial sentimiento de oprobio en un pueblo que durante décadas acaudilló el islam, contuvo a la Rusia zarista y desafió a la vieja y cristiana Europa.

    Detallan las biografías no autorizadas de Recep Tayyip Erdogan que, como los adolescentes de su generación, el actual presidente turco maduró al ritmo cadencioso de las aleyas de El Corán, pero también de la nostalgia épico-otomana que supuran los versos de Necip Fazıl Kısakürek, poeta del nuevo nacionalismo islamista turco. Hijo de un capitán de la Guardia Costera, de carácter autoritario y taimado, Erdogan desarrolla desde su llegada al poder un ladino plan sostenido en ambas ideas con el que pretende arrebatar el liderazgo islámico a Arabia Saudí y recuperar el control del próspero y estratégico Mediterráneo oriental: primero, fomentando una islamización progresiva desde arriba —en 2012 autorizó el uso del hiyab en un estado orgulloso de su laicismo—, y desde hace unos meses, entregado de lleno a ese neootomanismo beligerante y altivo que le ha llevado a desafiar a EE UU, la Unión Europea, Egipto e Israel en el Egeo, y a involucrarse junto con Rusia en dos guerras cruciales: Siria y Libia. 

    Gas y migrantes

    Víctima del caos y la violencia desde que en 2011 la OTAN contribuyera a la victoria de los  grupos rebeldes sobre la larga dictadura de Muamar al Gadafi, la guerra civil que desde hace un lustro ensangrenta Libia ha devenido en un conflicto multinacional desde que hace dos años Ankara y Moscú —enemigos y socios necesarios— trasladaran sus ambiciones geoestratégicas —y sus tropas irregulares— desde Siria hasta Libia. Decidido a recuperar la influencia en un territorio en el que Turquía aún mantiene lazos étnicos y económicos —especialmente con el puerto de Misurata—, Erdogan cerró en diciembre de 2019 un acuerdo de cooperación política, económica y militar con el Gobierno de Acuerdo Nacional sostenido por la ONU en Trípoli, una entidad no electa fruto del fracasado plan de paz de 2015. A cambio de hombres y armas para contener el rápido avance de las tropas bajo el mando del mariscal Jalifa Hafter, tutor del Ejecutivo no reconocido en el este y hombre fuerte del país, el líder turco ha logrado una presencia sólida en la antigua colonia otomana, donde no solo levanta ya bases militares; también influye en decisiones de calado político.

    El presidente turco aprovechó, además, para deslizar otras dos ambiciones soterradas que han disparado la tensión bélica en el sureste mediterráneo y desatado la inquietud de Washington y Bruselas. En particular de Francia, que como en el siglo XIX pretende sostener el ariete de la lucha contra el expansionismo otomano. La primera vinculada al pulso que desde hace décadas mantiene con Israel, Egipto, Grecia y Chipre por los derechos de explotación de la bolsa de gas natural que se oculta al sur del mar Egeo. Las prospecciones realizadas la década pasada en los yacimientos marinos de Zohr (Egipto), Leviathan y Tamar (Israel) y Aphrodite (Chipre) calculan
    que existe un depósito potencial de unos 125 trillones de metros cúbicos. Este último, situado en la zona económica exclusiva que Turquía no reconoce a Nicosia, y fronteriza con el área de explotación marítima libia —cuyos derechos Ankara ha negociado con el Gobierno de Trípoli—, se ha convertido en la médula de una disputa energética que amenaza con incendiar el tablero geopolítico. Exxon anunció el pasado febrero que el llamado bloque 10 albergaba reservas de entre 5 y 8 trillones de metros cúbicos, el mayor hallazgo de gas mundial en 2019. Semanas después, dos barcos de prospección turcos se establecieron en la zona escoltados por buques de guerra pese a la amenaza de sanciones europeas: el Fatih en las aguas en disputa en el oeste grecochipriota y el Yavuz en la zona bajo control de la no reconocida República del Norte de Chipre, fruto de la invasión turca de la isla en 1974.

     El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. Foto: Cancillería del Perú

    La segunda está relacionada con la crisis migratoria en el Mediterráneo, que desde 2014 ha ahogado en el mar las esperanzas de más de 20.000 personas, según datos de la ONU. Erdogan intuye que una influencia sustancial sobre un futuro gobierno amigo en Trípoli le concedería una segunda opción de chantaje a la UE, similar al que ya realiza gracias a la frontera con Grecia. Además, le permitiría abrir una puerta hacia el Sahel, origen de las rutas migratorias y el “limes” sur que más atemoriza a
    Europa.

    El factor ruso

    A la ambición neootomana hay que sumarle el complejo factor ruso, secuela de una relación dimorfa dictada por la geografía. Desde época de los zares, las ambiciones expansionistas de Moscú se han topado con la necesidad nunca satisfecha de hallar una salida al Mediterráneo, ya fuera a través de la antigua provincia otomana de Siria —después protectorado francés— o de los estrechos del Bósforo y Dardanelos, en poder de Turquía desde la Convención de Montreux, en 1936. Y con la obligación de tener que pactar con los Gobiernos en Estambul o en Ankara pese a que las ambiciones parezcan diverger, como ocurre en la guerra en Siria. En Libia, ambos
    parecen sostener solo a cada uno de los Gobiernos rivales, aunque en realidad sus intereses convergen en el afán común de arrinconar a europeos, árabes y norteamericanos, como ocurre en Siria.

    Una refugiada siria duerme con sus dos hijos en el ferry que les llleva de la isla de Lesbos a Atenas.
    Foto: Freedom House

    El presidente ruso, Vladimir Putin, observa con deleite como la ambición neoimperialista de su colega turco, con el que mantiene un diálogo fluido, contribuye igualmente a una vieja aspiración pendiente desde la Guerra Fría: socavar la OTAN, a la que Turquía se sumó en 1952 junto con su tradicional enemigo Grecia. Una eventual guerra entre ambos como las que ensangrentaron el Peloponeso y el Egeo en tiempos pretéritos no solo supondría el fin de la Alianza, también el impulso definitivo para un anhelo que finalmente Erdogan se atrevió a verbalizar durante la simbólica islamización de Santa Sofía: recuperar el cetro del islam y devolver al nacionalismo turco el esplendor que un día le concedió la Sublime Puerta. 

     

    El último siglo en Turquía...

    1922

    Fin a siete siglos de Imperio Otomano. Nace la República Turca

    1938

    Muere Mustafá Kemal Ataturk, padre de la Turquía laica

    2002

    El islamista Partido de la Justicia y Desarrollo, fundado por Erdogan, gana las elecccciones

    2014

    Erdogan es elegido presidente tras más de una década como primer ministro

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