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¿Impuestos para los robots?

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Marzo 2017 / 45

Francia: La automatización del proceso industrial podria servir para que los impuestos aplicados a las máquinas contribuyan a la renta universal.

Línea de producción tradicional de  la empresa textil G. Tosi. FOTO:  PARLAMENTO EUROPEO

 

1. AUTOMATIZACIÓN: ¿A QUÉ NIVEL ESTAMOS?

¡No hay más remedio que someter a impuesto a las máquinas! La idea no es nueva, pero ha resurgido en Francia con motivo del debate sobre la renta universal. Para muchos de sus defensores, esa imposición sería un modo fundamental de financiarla. Su razonamiento es el siguiente: como la automatización va a reducir inexorablemente el empleo disponible, el fruto del trabajo de los robots debe alimentar mañana a todos los que, por su culpa, no encuentren nunca trabajo. 

¿Pero en qué punto de la automatización nos encontramos hoy? El indicador principal que permite juzgar la dinámica de la sustitución del trabajo por el capital, como dicen los economistas, es la evolución de la productividad; es decir, la cantidad de riqueza que se produce por cada hora de trabajo. Se trata de una productividad cuyo aumento no deja de lentificarse desde hace cincuenta años: mientras que la productividad horaria aumentaba en un 6,2% anual de media en los años 1960, ya no crecía  más que el 2% en los años 1990, el 1,3% en los años 2000 y únicamente el 1% en la década de 2010, según el Insee, el Instituto Nacional de Estadística francés. En estas condiciones, es difícil ver en la persistencia del paro masivo el resultado de la aceleración del movimiento de automatización. 

Otro enfoque permite confirmar este diagnóstico: en 1981, para producir 100 euros de riqueza al año había que movilizar máquinas que valían de media 34 euros y unos software que costaban 3 euros; es decir, 37 euros de equipamiento de producción, según el Insee. En 2015, para producir la misma riqueza sólo se necesitaban 27,50 euros de máquinas y 6,50 de software; o sea, 34 euros de equipamiento. En ese período, lo que los economistas denominan “la intensidad capitalista de la economía francesa” ha disminuido en conjunto. Aunque que se utiliza más del doble de software que hace treinta y cinco años, se emplean menos máquinas. Es un reflejo de la desindustrialización del país, pero también de unas políticas públicas enfocadas a desincentivar la sustitución del trabajo por el capital, especialmente mediante masivas exoneraciones de cotizaciones sociales próximas al salario mínimo para enriquecer el aumento en empleos.

¿Qué lugar ocupa Francia entre los países desarrollados respecto a la automatización? No es fácil hacer comparaciones internacionales en este ámbito porque los datos referentes a los stocks de máquinas son muy insuficientes. El elevado nivel de la productividad en Francia probablemente traduce, sin embargo, un mayor nivel de automatización que en otros países en el sector servicios (bancos, comercios…). Pero, por el contrario, la Federación Internacional de Robótica estima que el número de robots en el sector industrial francés es de 126 por cada 10.000 asalariados, frente a cerca de 300 en Alemania y 500 en Corea del Sur. La industria francesa ha tendido a caer en estos últimos años por falta de inversión suficiente.  

 

2. ¿LA AUTOMATIZACIÓN HACE QUE BAJE EL EMPLEO?

Las cifras recientes no indican una aceleración de la sustitución del trabajo por el capital. ¿Pero qué pasará en el futuro? Hay mucho miedo al respecto, especialmente desde la publicación de un estudio en 2013  según el cual el 47% de los empleos existentes eran susceptibles de desaparecer en los próximos años. El estudio ha sido muy criticado. Aplicando los mismos criterios, la OCDE calculaba que los empleos amenazados suponían el 9%. En su informe citado en la nota 1, el Consejo de Orientación para el Empleo da una cifra parecida para Francia. En cualquier caso, un gran número de puestos de trabajo corren peligro, así como sectores enteros de actividad (como la prensa escrita tradicional). Y el séquito de despidos, quiebras y reestructuraciones que acompaña a ese movimiento planteará indudablemente considerables problemas sociales. ¿Ello hará que baje automáticamente el total de empleos de la economía? No hay ninguna razón para afirmarlo.

En primer lugar, las máquinas o el software que permiten suprimir empleos deben también ser fabricados. Por tanto, la sustitución creará nuevos empleos, seguramente en un número significativamente menor pues, en caso contrario, la sustitución carecería de interés económico. ¿Dónde se localizará esa fabricación? Así como en el caso de las máquinas industriales clásicas, Francia está mal situada, en el caso de los software y las tecnologías de la información, el país cuenta con bazas nada despreciables. 

Además, la sustitución de trabajo por capital permite producir a un coste más bajo, por lo que los productos y servicios serán más baratos. Si las políticas económicas mantienen el poder adquisitivo de la población —una condición importante y que no siempre se da—, esos bienes y servicios podrán comprarse en mayor cantidad impulsando con ello un aumento del empleo en esos sectores.  Si no ocurre así, el poder adquisitivo provocado por esas bajadas de los precios permitirá desarrollar otras actividades creadoras de empleo.

Sustituir trabajo por capital permite obtener costes bajos

La automatización facilita el desarrollo del sector servicios

Las máquinas no producen ningún valor añadido

Es lo que el demógrafo Alfred Sauvy denominaba el “drenaje”: el aumento de la productividad ligado a la mecanización de la agricultura permitió el auge de la industria, mientras que la creciente automatización de ésta ha facilitado el desarrollo de los servicios. ¿Qué actividades podrían tomar el relevo de los servicios automatizados gracias a la revolución digital? Es una pregunta a la que no es fácil responder hoy, pero hay numerosas necesidades sociales que no están, o están mal, satisfechas y la imaginación del ser humano para inventar nuevas actividades no tiene límites.

Finalmente, el aumento de la productividad, junto a la sustitución del trabajo por el capital, ha permitido también, y aún puede facilitar en el futuro, un movimiento histórico de reducción del tiempo de trabajo, lo cual limita los impactos negativos sobre el empleo, a la vez que contribuye a mejorar nuestras vidas.

 

3. ¿POR QUÉ NO HAY QUE GRAVAR A LAS MÁQUINAS CON IMPUESTOS?

Teniendo en cuenta todos esos elementos, ¿hay que gravar a las máquinas con impuestos? O, mejor dicho, aumentar los impuestos, puesto que ya los pagan, y bastante. En primer lugar, tanto su fabricación como su comercialización generan retenciones sociales, impuestos sobre las sociedades, etc. Además, la cotización sobre el valor añadido de las empresas (CVAE), que en Francia ha sustituido al impuesto profesional desde 2010, grava ya mucho a las empresas de fuerte intensidad capitalista. Desde hace ya muchos años, la escasez de inversión productiva en las empresas es una de las mayores desventajas de la economía francesa. Es sobre todo una de las causas principales de su desindustrialización: frente a la competencia de los países con mano de obra barata, la única posibilidad de conservar una industria en Francia es que esté muy automatizada.  Si se gravaran más aún a las máquinas, se favorecería sobre todo a las empresas de trabajo interino.

Dejando a un lado el asunto de su oportunidad, la propuesta de poner impuestos a las máquinas se basa fundamentalmente en un razonamiento erróneo: a diferencia de lo que se suele pensar, las máquinas no producen en realidad ningún valor añadido. Sólo son consumos intermediarios como el resto de los insumos utilizados por las empresas, aunque el hecho de que se consuman a lo largo de un extenso período lleva a tratarlas desde el punto de vista contable de un modo diferente a los otros bienes y servicios que compran las empresas. Gravar a las máquinas no tiene sentido porque la única cosa que es capaz de añadir valor a lo que una empresa se procura fuera es el trabajo humano.

Así pues, el inconveniente principal de las máquinas no es tanto, en realidad, que sustituyan a los hombres para producir valor como que movilizan unas materias primas no renovables y una energía cuyo uso no está lo suficientemente gravado hoy como para reflejar el impacto negativo que tiene sobre nuestro medioambiente.