Las finanzas de Estado Islámico

  • Negocio: El contrabando de petróleo, los secuestros y los impuestos a la actividad económica sostienen a la organización yihadista.

    Columnas del autoproclamado Estado Islámico.

    Bucear en el corazón del autoproclamado Estado Islámico (EI) es un ejercicio de fe absoluta. De fe, y de confianza medrosa en las escasas fuentes capaces de acceder a las vísceras de un grupo tan hermético como misterioso, que ha hecho del secretismo y la impermeabilidad el eje que garantiza su existencia y su futuro. Penetrar en el mecanismo que engrasa sus saludables finanzas lo es aún más: la mayoría de las informaciones que se manejan proceden de fuentes interesadas: servicios secretos de países árabes, miembros de organizaciones enemigas y supuestos desertores, muy escasos y nunca lo suficientemente próximos a la camarilla del pretendido califa, Abu Bakr al-Baghdadi. Aun así, es posible atisbar el andamiaje económico de una organización que se asemeja más a un Estado en ciernes que al simple grupo terrorista que algunos gobiernos interesadamente insisten en vender. 

    El embrión del actual EI se gestó en 2006 en las depauperadas regiones suníes de Irak gracias a la fusión de varios grupos insurgentes que combatían la ilegal ocupación militar angloestadounidense, y desde sus orígenes se concibió como una organización económicamente independiente. Al contrario que su posterior rival, Al Qaeda, el Consejo de Shura del entonces llamado Estado Islámico para Irak (ISI) exigía a cada célula o clan bajo su paraguas el 20% del dinero que recaudaban de otros grupos menores o que obtenían con pillajes y extorsiones. Después, este conciliábulo de clérigos y antiguos oficiales del derrocado Ejército de Sadam Husein lo distribuía según las necesidades que impusiera el combate. De acuerdo con informes de servicios secretos árabes, algo más de la mitad del dinero se destinaba a pagar los salarios de los combatientes y las compensaciones a las familias de los mártires. El resto, a lubricar la maquinaria de guerra y mantener activo el mafioso sistema, ya entonces sostenido en la que a día de hoy es todavía una de sus fuentes fundamentales de financiación: el contrabando de petróleo. Sólo el 5% de sus fondos procedía de donaciones extranjeras, un porcentaje que apenas una década después se mantiene casi inalterado.

    Desde el primer momento, el emergente grupo supo de dónde podría extraer el apoyo popular, crucial para el éxito de su misión. Durante años bastiones de la satrapía baazista liderada por Sadam Husein, las regiones suníes quedaron marginadas tras la ascensión al poder de los partidos chiíes. Olvidadas, reprimidas, aisladas, a ellas no llegaba siquiera un centavo de los millones de dólares comprometidos para la reconstrucción de la comunidad internacional, y la frustración galopaba a lomos del paro y la inseguridad. 

    La ocupación de Mosul —tercera ciudad de Irak, acaecida en junio de 2014— permitió a Al Baghdadi declarar el califato, avanzar en sus políticas sociales y ampliar las fuentes de ingresos del entonces conocido como Estado Islámico para Irak y Siria (ISIS). El contrabando de crudo obtenido de los yacimientos conquistados en el este Siria y el oeste de Irak es aún uno de sus pilares. De acuerdo con las cifras más conservadoras, en agosto de 2014, poco antes de que comenzaran los bombardeos aliados sobre las posiciones yihadistas, el ya conocido como EI ingresaba un millón de dólares al día por la venta de crudo. Algunos cálculos triplican esa cantidad: unos 995 millones de dólares anuales. Sus principales clientes eran empresas turcas, chinas, rusas y de las repúblicas ex soviéticas, pero también algunos de sus enemigos, incluido el régimen de Bachar al Asad, necesitado de combustible barato para proseguir su lucha contra la oposición interna. 

    Los bombardeos han reducido la capacidad de contrabando del EI, aunque en menor medida de lo esperado. El precio bajo del barril también juega ahora en contra de su riqueza, así como los cuantiosos intermediarios que demanda su comercio ilegal. El crudo clandestino se vende un 60% más barato que el normal. Un regreso a los precios de años atrás haría rebosar sus arcas. 

    A este flujo de sombríos petrodólares se suma el dinero ensangrentado de la extorsión y los secuestros. Según fuentes citadas por Charles Lister, uno de los principales expertos en el EI, Francia pagó 18 millones de euros por cuatro nacionales cautivos. París lo negó, como lo han negado otros gobiernos. Ex combatientes del EI aseguran, por su parte, que ningún extranjero sale vivo de su territorio si no media una buena cantidad de dinero. Son valor seguro: si no pagan, las mediáticas ejecuciones sirven para la propaganda. Las extorsiones, que en 2014 generaron unos 12 millones de dólares mensuales, y los pillajes de guerra son especialmente brutales en las áreas habitadas mayoritariamente por chiíes.

     

    PIEZAS DE ARQUEOLOGÍA

    La cruel máquina de hacer billetes también se alimentaba hasta hace unos meses de la venta ilegal de piezas de arqueología. De acuerdo con las fuentes de Lister, hasta 2014 los ingresos por este concepto superaban los 36 millones de dólares, pagados por contrabandistas rusos, turcos y chinos.

    Sin embargo, el concepto que más sorprende —y el que demuestra que la ambición del EI es gobernar y levantar un Estado— es el sistema de recolección de impuestos introducido tras la proclamación del califato; no sólo a los negocios, sino también al comercio de todo tipo de mercancías. Cualquier camión que aspire a transitar seguro por el territorio controlado por Al-Baghdadi debe pagar por ello. Agentes de fronteras firman y entregan salvoconductos que el transportista y su escolta deben presentar en los diversos puestos de control. Las tasas oscilan desde 300 dólares para las mercancías básicas hasta 800 por las consideradas especiales. 

    El sistema de gestión de este diversificado flujo de ingresos es muy similar al que se estilaba en los orígenes, allá por 2006. Los impuestos son recogidos por administradores locales, que los transfieren al tesorero nacional, uno de los pocos hombres del círculo estrecho del califa. Hasta su persona llegan también los beneficios procedentes del contrabando, de las extorsiones y de los botines, y es repartido —según las necesidades de las provincias— por los dos primeros ministros: Abu Muslim al Turkumani en Irak, y Abu Ali al Anbari en Siria. Todo se hace de mano en mano a través de una perfeccionada red de carteros califales, incluso en zonas más allá de sus fronteras. Como en el inicio, gran parte se dedica aún al pago regular de salarios y pensiones. Una decisión que, coinciden expertos y desertores, nutre en gran medida la seducción que concita el EI en las poblaciones locales. Unos 250 dólares mensuales para los soldados rasos y cerca de 1.000 para los oficiales, entregados en tiempo y hora. Otra parte se dedica a reconstrucción de infraestructuras y al subsidio de alimentos básicos y carburantes. En los últimos meses, el EI ha reabierto escuelas y hospitales, donde ofrece educación islámica y sanidad gratuitas. También da dinero a las madres por cada alumbramiento. El resto se consume en la seguridad, el terror y la guerra.

    Una cuestión amenaza, más allá de las bombas, este complejo sistema. El dinero que entra en el tesoro lo hace con diferentes caras: libras sirias, turcas, iraníes, dinares jordanos, moneda libanesa, iraquí, saudí, dólares, euros... Incluso lingotes de oro. Y debe salir en divisa norteamericana, con las dificultades de cambio que comporta, lo cual ha disparado la inflación. Desertores y expertos afirman que el califa ya sopesa la posibilidad de acuñar moneda para controlar la economía interna. Fuera, quienes coadyuvan con el contrabando que sostiene su régimen de terror, sólo quieren, como subraya Samuel Laurent, autor del L’État Islamique (Seuil), billetes verdes. En sus negras manos reposa parte del futuro.


    *Javier Martín es corresponsal de la Agencia Efe en Túnez y autor de Estado Islámico. Geopolítica del caos (Catarata).

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