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Mucho crecimiento, pero con trampa

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Enero 2019 / 65

Participación real: Casi todos los municipios incluyen ahora herramientas de democracia participativa, pero en la práctica no se cumplen los objetivos.

Participantes de la 18ª Conferencia Internacional sobre Democracia Participativa. FOTOGRAFÍAS : OIDP / FLICKR

Allá por 2001, la ciudad de Porto Alegre mostraba a los más de 12.000 asistentes al primer Foro Social Mundial que era posible la democracia participativa: específicamente uno de los aspectos de la misma, los presupuestos participativos. Prometían revolucionar la forma en que se hace la política.

Después de 17 años, ¿cómo ha evolucionado la democracia participativa? ¿Hacia dónde va? A finales de noviembre pasado se celebró en Barcelona la 18ª Conferencia Internacional del Observatorio Internacional de la Democracia Participativa (OIDP), con más de 600 asistentes de todo el mundo. Y se respondieron éstas y otras preguntas.

La democracia participativa es una forma de democracia en la que la ciudadanía participa, de diversas maneras, en la toma de las decisiones que tienen los órganos de gobierno. Hay muchas posibilidades de ejercer esa participación, pero básicamente se están llevando a cabo tres modelos: los presupuestos participativos, los referendos y las iniciativas populares, que consiguen llevar temas a los parlamentos mediante la recopilación de firmas. También se dan, por ejemplo, equipos y consejos populares. La democracia participativa permite una participación ciudadana mayor que en democracia representativa pero menor que en la democracia directa. Está pensada para que la gente participe más que cada cuatro años, y tomó fuerza especialmente en América Latina ante un sistema político plagada de corrupción, donde la confianza con los líderes políticos estaba resquebrajada.

 

EL ALTAVOZ DEL FORO

“En realidad la democracia participativa se da desde hace mucho más tiempo. No se creó en 2001”, explica Yanina Welp, directora regional para América Latina del Centro de Investigación sobre Democracia Directa del distrito  suizo de Aarau y codirectora del Centro Latinoamericano de la Universidad de Zúrich. “Viene de mucho tiempo atrás”. De hecho, incluso en la democracia ateniense, el “pueblo” (ciudadanos varones) se reunía en el ágora a debatir los asuntos del gobierno.

Lo que sucedió en 2001 fue que el Foro Social Mundial funcionó como un altavoz para mostrar las prácticas de presupuestos participativos que la ciudad de Porto Alegre venía realizando desde la década de 1980. En 2003 la experiencia de la ciudad brasileña fue declarada “modelo de política pública” en el Informe sobre Desarrollo Humano de Naciones Unidas. Y hoy, la democracia participativa, y los presupuestos participativos, son una práctica muy recomendada por el Banco Mundial. Todos los partidos políticos, no importa de qué color ideológico sean (con excepción de la ultraderecha), la incluyen entre sus acciones.

“Se ha sobrevalorado la experiencia participativa”

Brasil, eje de innovación democrática, prefirió a Bolsonaro

“La democracia participativa tiene hoy un gran alcance local, aunque no en lo estatal”, confirma Laura Roth, coordinadora del OIDP y del foro realizado en Barcelona. “Incluso se habla de ello en los artículos 11 y 16 de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y se está trabajando muchísimo en todo el mundo. Se pueden ver miles de ejemplos; consejos ciudadanos, asambleas, jurados por sorteo, firmas. Ahora se está trabajando en la participación digital de la ciudadanía, en plataformas online para hacer propuestas, por ejemplo, en Madrid y Barcelona. Hay un cambio de valores. Hay más presión social. Pero en la práctica es difícil”.

Dos son los problemas para la aplicación de la democracia participativa. El primero es que aunque tenga las herramientas, la gente participa poco. Y, por otro lado, la utilidad muchas veces es “de cara a la galería”. Los políticos la utilizan como una máscara para mostrar que son más democráticos.

“Se ha sobrevalorado la experiencia participativa. Los mecanismos que se utilizan son muy limitados”, agrega la politóloga Yanina Welp. “Por ejemplo, en los presupuestos participativos, utilizados por muchísimos ayuntamientos, solo se incluye una pequeña parte del presupuesto. Otra de las maneras de hacer democracia participativa es por medio de la discusión pública, pero aun así, la toma de decisiones sigue siendo de unos pocos. Se hacen conferencias, grupos intermedios, grupos de expertos, pero eso no implica que se llegue al grueso de la ciudadanía”.

 

¿QUÉ PASÓ EN BRASIL?

En el artículo Brasil y los votantes tontos Welp se pregunta: “¿Cómo es que el país más reconocido por sus prácticas participativas de repente se haya volcado hacia un líder abiertamente antidemocrático?” La respuesta tiene que ver con lo mismo de siempre: el flagelo de la corrupción. “En sus 13 años de gobierno continuado, el Partido de los Trabajadores (PT) no hizo esfuerzos por cambiar una dinámica política dominada por ella”, agrega. La siguiente cuestión fue la cultura política. “La democracia participativa sobre la que tanto se ha escrito en Brasil tuvo globalmente consecuencias mucho menos profundas de las que se anticiparon en el cambio de cultura cívica. La ciudadanía de a pie tenía poca o ninguna idea del sistema de representación indirecta (especialmente consejos y conferencias de políticas públicas) canalizado a través de las organizaciones (...). A lo dicho se suma la ausencia de políticas de memoria histórica (...). No hay en Brasil una revisión crítica de los graves ataques a los derechos humanos cometidos durante la dictadura que permita consolidar el reconocimiento y defensa de estos derechos”.

 

ESTATAL Y LOCAL

 

Algunas experiencias con éxito

 

Uno de los lugares donde la experiencia de consultar a la ciudadanía es más palpable es en Suiza, donde todos los temas susceptibles de generar conflicto se votan en referendos. Desde 1848, según Swissinfo, los helvéticos han sido convocados a más de 600 votaciones nacionales. “Suelen acudir unas cuatro veces por año a las urnas para decidir sobre cuestiones de índole nacional”, explican. Cualquier punto que se cambie en la constitución debe ser votado por toda la población. Hay tres tipos de votaciones: los referendos obligatorios, los opcionales y las iniciativas populares. El Centro de Investigación en Democracia Directa ha clasificado todas las votaciones suizas por palabras clave y por temas. Las relaciones intergubernamentales, los impuestos y los temas de política medioambiental han sido de los más votados; seguido, en los últimos años, de temas sobre inmigración y género.
En lo pequeño, en el ámbito local, en Álava hay una administración pública más, los Consejos, administración local con personalidad jurídica propia. “Desde la Edad Media se viene trabajando de forma totalmente asamblearia”, comenta Miren Salserami, del Consejo de Álava. “Había y hay en otros lugares de España pero no regularizados”. Hasta 1995 en Álava se trabajaba sin normativa foral. A partir de ahí, se recogieron por escrito sus competencias. Un Consejo tiene tres patas: población (vecinos y vecinas empadronadas), territorio (Consejo) y órgano de gobierno (Junta Administrativa). Cuando se quiere hacer alguna acción se lleva a asambleas en las que, a mano alzada, se vota lo que se quiere hacer. Quien gobierna es la asamblea vecinal y no hay partidos políticos. La Junta hace las gestiones.