Revés // Los estragos de la inflación

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    Cadena de montaje en una fábrica de coches.
    Getty

    La subida de los precios se expande por toda la economía, recorta el poder adquisitivo de los asalariados y complica la recuperación.

    La inflación, otra secuela que nos deja la covid-19, ha alcanzado niveles desconocidos en una generación. En España hay que remontarse tres décadas para revivir un repunte de los precios como el actual. En noviembre pasado, el índice de precios de consumo (IPC) subió hasta el 5,5% con respecto al mismo mes de 2020, un incremento desconocido desde septiembre de 1992, recién clausurados los Juegos Olímpicos de Barcelona y cuando una taza de café se pagaba aún en pesetas. Lo mismo pasa en el resto de la zona euro, en EE UU y en muchas economías emergentes. Estamos ante un fenómeno global que, junto con el avance de la variante ómicron, amenaza con retrasar la ansiada normalización de la actividad económica.

    Tres factores están detrás del brote inflacionario: el abrupto incremento de los costes de la energía, el aumento de la demanda de todo tipo de productos tras los meses más duros de la crisis pandémica y los cuellos de botella en el comercio mundial, que han dejado desabastecidos a sectores clave de la economía como la fabricación de automóviles y la electrónica. El Gobierno trata de proyectar una sensacion de normalidad y confía  en que las aguas vuelvan a su cauce a mediados del año que ahora comienza, pero cada vez hay más indicios de que la escalada se va a prolongar más de lo deseable, hasta el punto de que los economistas más agoreros comparan la situación actual con la hiperinflación de la década de l970, cuando los precios llegaron a subir por encima del 26% en un año.

    Hace dos años nadie se preocupaba por la inflación. Más bien al contrario: el riesgo del que más se hablaba era el de caer en una etapa de deflación al estilo japonés. La pandemia ha cambiado las tornas. 

    "Hay que evitar alzas salariales que conviertan la inflación en estructural": Nadia Calviño, vicepresidenta primera y Ministra de Economía

     

    Lo más preocupante ahora es que la subida de los precios de la energía se traslade a otros productos y acabe contagiando al resto de la economía. De hecho, ya está pasando. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la vivienda subió el 16,8% en noviembre pasado con respecto al mismo mes del año anterior; el transporte lo hizo en el 13,5% y los alimentos, en el 3,3%. Ningún producto de la cesta de la compra se salva: la fruta, el aceite, los huevos, la carne, el pescado... Todos son hoy bastante más caros que hace un año.

    ¿Qué pasa con los salarios?

    Uno de los impactos más inmediatos del repunte de los precios es la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Un ejemplo: la subida salarial media pactada en los convenios colectivos para 2021, a los que se acogieron siete millones de trabajadores, fue del 1,49%, cuatro puntos porcentuales por debajo del IPC interanual registrado en noviembre.

    Los sindicatos ya han comenzado a movilizarse para evitar que la subida de los precios recaiga sobre los trabajadores por cuenta ajena, mientras que la CEOE advierte de que un incremento de los salarios en línea con la inflación, sumado al aumento de los costes de producción, tendría un impacto muy negativo en la cuenta de resultados de las empresas y en el mantenimiento de los puestos de trabajo. El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, ha alertado del riesgo de que se genere un "círculo vicioso" si las retribuciones de los trabajadores aumentan al mismo ritmo que los precios. La vicepresidenta del Gobierno y ministra de Economía, Nadia Calviño, se ha mostrado de acuerdo. “Hay que evitar alzas salariales que conviertan la inflación en estructural”, afirmó en una entrevista con La Vanguardia en vísperas de las fiestas navideñas. “Recordemos que hemos empezado el año [2021] con un cero por ciento. De media estamos hablando de aumento de los precios en el entorno del 3%, que se corresponden con lo que hemos vivido en otras fases de recuperación de nuestra historia”.

    El debate sobre la subida de los salarios se reabre cuando estos aún no han recuperado el poder adquisitivo que tenían en 2008. Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, una dura devaluación salarial redujo sensiblemente la capacidad de compra de los trabajadores, que apenas comenzaba a recuperarse cuando hizo su aparición el coronavirus. Los asalariados españoles están hoy menos protegidos que entonces ante los rebrotes inflacionarios: si en 2008 dos de cada tres trabajadores acogidos a convenio colectivo tenían una cláusula de garantía salarial para compensar la subida de los precios, los datos de 2021 indican que hoy son solo uno de cada cinco.

    Sobre el papel, quienes no perderán poder adquisitivo son los pensionistas. Las prestaciones contributivas subirán este año el  2,5%, mientras que las mínimas y las no contributivas lo harán el 3%. Este mes de enero los jubilados cobrarán una paga extra para compensar la diferencia entre la subida real de los precios el año pasado y la previsión de inflación que el Gobierno hizo a finales de 2020. La referencia para calcular esa desviación será la inflación media registrada en 2021 —del 3%, según la ministra Calviño—, no la inflación interanual de diciembre, mucho más alta. Esta será la última paguilla que reciban los pensionistas españoles, pues el nuevo sistema para calcular la revalorización de las prestaciones ya no tomará como referencia la previsión de inflación para el año siguiente, sino la media del IPC en los 12 meses anteriores a diciembre. 

    Los que sí notarán un recorte en su poder adquisitivo son aquellos ahorradores que hayan invertido su dinero en productos de bajo riesgo, como depósitos bancarios y bonos del Tesoro —con una rentabilidad muy inferior a la subida de los precios—, o lo tengan en sus cuentas corrientes. También verán mermada su capacidad de compra las personas que vivan de alquiler cuya renta esté ligada a la subida del IPC.

    Los bancos centrales actúan

    El problema no es exclusivo de España. En la zona euro, el IPC interanual subió hasta el 4,9% en noviembre, récord desde el nacimiento de la moneda única, principalmente como consecuencia de la subida de los costes energéticos. Los precios de la energía, incluyendo la electricidad, el gas y la gasolina, han subido una media del 27% en un año, según Eurostat. Especialmente significativos son los datos de Alemania, que registró una inflación del 6%. Una muestra de que el problema está extendiéndose al resto de la ecomomía es que la inflación subyacente, que excluye los precios de la energía y de los alimentos frescos, subió el 2,6% en noviembre en la eurozona.

    En este contexto, El Banco Central Europeo anunció a mediados de diciembre que va a reducir poco a poco los estímulos con los que ha ayudado a sostener la economía durante los meses más duros de la pandemia, pero descartó subir de los tipos de interés para contener los precios. Aunque la presidenta de la entidad, Christine Lagarde, se mostró convencida de que la inflación acabará volviendo al objetivo del 2% a lo largo del año, su número dos, Luis de Guindos, advirtió de que no retrocederá “ni tanto ni tan rápido” como se esperaba. El BCE prevé que la inflación de la zona euro cierre el año 2022 con una subida del 3,2% y del 1,8% tanto en 2023 como en 2024.

    La Reserva Federal deja de referirse a la inflacion como "transitoria"

    La fuerza de la variante ómicron obliga al BCE a actuar con cautela

    En EE UU, el ritmo de subida de los precios es todavía mayor. El IPC alcanzó en noviembre su punto más alto desde 1982 con una subida interanual del 6,8%. La Reserva Federal, cuyo presidente, Jerome Powell, ha dejado de utilizar la palabra “transitoria” para referirse a la inflación, ha sido bastante más contundente que el BCE al hacer frente al problema: en marzo pondrá fin a su programa de estímulos monetarios y subirá los tipos de interés tres veces a lo largo de 2022.

    El giro en política monetaria indica que la Reserva Federal ha abandonado la idea de que la subida de los precios obedece a un shock de oferta temporal y que, en su lugar, no descarta la posibilidad de que un recalentamiento de la economía convierta la inflación en estructural. El BCE, por su parte, ha de hilar muy fino en su intento de apaciguar la subida de los precios. Su objetivo es ir retirando los estímulos lentamente para no frenar la recuperación económica, especialmente tras la incertidumbre creada por la aparición de ómicron, que ha llevado a varios Gobiernos europeos a adoptar nuevas restricciones. 

    Trabajadores en un centro de producción cárnica. Foto: Getty

    ¿Cuánto va a durar esto?

    Todo indica que aún nos quedan unos meses de subida de precios. “Las alteraciones de las cadenas de suministros globales están mostrando una naturaleza más persistente de lo anticipado hace tres meses y solo se disiparían por completo a lo largo de 2022”, afirmó el Banco de España en diciembre. “Además, la información disponible apunta al mantenimiento de elevados precios de la energía y de notables presiones inflacionistas hasta, aproximadamente, la primavera”. La inflación, según el BdE, se moderará a lo largo de 2022 si se alivian las alteraciones en las cadenas de suministro globales y se confirma la moderación de los precios energéticos que anticipan los mercados de futuros. “El IPC está ya en su nivel máximo y descenderá intensamente al final de este año”, vaticina la entidad. 

    No queda más remedio que tomarse los vaticinios con cautela. La aparición de ómicron nos recuerda que la pandemia no ha terminado y que, de nuevo, el virus puede dar al traste con cualquier previsión. 

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