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¿Más empleo? Sobre todo temporal

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Noviembre 2018 / 64

El paro sigue bajando, sí, y la última Encuesta de Población Activa (EPA) lo sitúa por debajo del 15% por vez primera desde el estallido de la crisis global, una década atrás. Pero no parece que haya motivos para descorchar el champán: la próxima crisis nos pillará otra vez como subcampeones europeos del paro y con la temporalidad disparada.

Muchos analistas empiezan a vislumbrar de nuevo nubarrones que anuncian cambio de ciclo económico y resulta que la tasa de paro sigue siendo altísima -con el 14,55%, la segunda peor de la UE, tras Grecia (19,1%); más del doble de la media europea (6,8%)-, que la población activa ni siquiera ha recuperado el nivel de 2012 -hoy suma 22,8 millones de personas frente a los 23,5 de hace seis años- y que la precariedad del empleo está por las nubes: la tasa de temporalidad -el porcentaje de asalariados con contrato temporal- se ha encaramado hasta el 27,4%, también el nivel más alto desde 2008, que en el caso de los jóvenes llega nada menos que al 58%.

Los sindicatos CC OO y UGT han visto en el aumento continuo de la tasa de temporalidad pruebas inequívocas de los efectos nocivos de las sucesivas reformas laborales -la de 2010 con el PSOE y sobre todo la de 2012 con el PP- y han exigido de nuevo su derogación. A principios de 2013, cuando empezaron a notarse los efectos de la reforma laboral, la EPA registraba en España 3,1 millones de asalariados con contrato temporal, una cifra que llevaba años a la baja desde los 5,8 millones de 2006. Desde 2013 ha vuelto a subir de forma sostenida, hasta los más de 4,5 millones de la EPA del tercer trimestre de 2018.

Los datos de CC OO muestran, además, que la temporalidad no solo aumenta, sino que los contratos son cada vez por periodos más cortos: “De media, la población asalariada contratada temporalmente durante 2006 firmó 3,6 contratos durante el año. Durante la crisis, y de forma relevante tras entrar en vigor la reforma laboral de 2012, ha crecido hasta 5,6 el número de contratos temporales que es necesario firmar de media para trabajar durante todo el año”.

Los economistas ortodoxos no niegan la rotundidad de la evolución, pero la desvinculan de la reforma laboral: subrayan que la tendencia se inserta claramente dentro del patrón clásico de la economía española, según el cual en épocas de bonanza baja el paro sobre todo gracias a la contratación temporal, que es la primera en destruirse cuando empiezan los ciclos de crisis. El efecto final suele ser paradójico: cuanto mayor es la crisis, menor es la temporalidad. Y al revés: cuanto más robusta es la economía, mayor es la tasa de temporalidad. Para estos economistas, el problema no es la reforma laboral, sino la dualidad del mercado de trabajo, que exigiría a su juicio otra reforma laboral que afronte esta asimetría de raíz (eliminando lo que consideran “privilegios” de otras épocas).

El aumento de la temporalidad va incluso más allá de lo que indica la tasa oficial, centrada en los contratos temporales, puesto que los contratos fijos están perdiendo su significado tradicional: las facilidades para el despido de los nuevos contratos hacen que “indefinido”  ya no signifique realmente “indefinido”. Según los datos de CC OO, “ahora se necesita firmar 1,5 contratos indefinidos para crear un empleo indefinido que se mantenga al final del año”.  En 2017, uno de cada tres contratos “indefinidos” había causado baja a lo largo del año y solo dos seguían vivos al final de 2017”.

La temporalidad no deseada y la precariedad no solo son malas para el trabajador afectado, sino que tienen múltiples efectos negativos para el conjunto de la economía: al fijar un marco de incertidumbre, reduce el consumo, dificulta las grandes necesidades vitales -como el acceso a la vivienda- y erosiona las cuentas de la Seguridad Social -y con ello, el Estado del bienestar- porque las cotizaciones son menores. Cuando estalló la crisis, se dijo que al menos suponía una oportunidad para cambiar el modelo productivo. Ahora ya sabemos que no ha cambiado casi nada.