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Cómo alimentar el mundo de otro modo

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Noviembre 2013 / 8

Agroecología. Insostenibles, los modos de producción agrícola actuales no podrán alimentar a todo el planeta en 2050. Existen muchas experiencias alternativas diseminadas por el mundo, pero generalizarlas supone superar muchos obstáculos.

ILUSTRACIÓN: DARÍO ADANTI

Yves y Angélique, que viven desde 1997 en el sur de Benín, se aplican en poner en práctica las técnicas que han aprendido en la granja-escuela de Songhai, en Porto Novo. “Nada se pierde, todo se transforma”, resume Yves. Al igual que otros 5.000 campesinos, siguieron un programa de dieciocho meses en ese laboratorio, único en su género, en el que se ponen a punto alternativas a la agricultura moderna atestada de productos fitosanitarios y otros fertilizantes químicos. En Songhai, el centro creado en 1985 por el monje dominicano Godfrey Nzamujo, las diferentes actividades constituyen un sistema integrado que ocupa 17 hectáreas. Los residuos de los cultivos se recuperan para fabricar granulados destinados a los peces de cultivo, mientras que los excrementos del ganado sirven para fertilizar los arrozales o proporcionan energía a través de bidones de metano. Los productos de esa granja-escuela se venden allí y los beneficios se reinvierten en mejorar el equipamiento. Gracias a sus buenos resultados, Songhai, que ha abierto ya centros en Togo y en Nigeria, se ha convertido en una referencia más allá del África occidental.

Por todo el planeta se multiplican iniciativas que obedecen a los principios de la agroecología. Tanto en el Norte como en el Sur, el cultivo sin labranza no deja de sumar adeptos. El método consiste en dejar en el suelo la paja y otros residuos de la recolección. Esa cobertura vegetal retiene el agua y limita la escorrentía, y constituye un fertilizante vegetal que enriquece la tierra.

La agrosilvicultura también va viento en popa. Se trata de aprovechar la sombra de los árboles para limitar la necesidad de agua de los cultivos, que se fertilizan gracias a la descomposición de las hojas caídas. Tras la crisis alimentaria originada por la gran sequía en 2005, el Gobierno de Malaui lanzó un programa de agrosilvicultura. En 2009, los rendimientos de maíz de las parcelas reconvertidas a ese cultivo a cubierto pasaron de una a dos, y en ocasiones tres, toneladas por hectárea.

Otra técnica, el push-pull, gana también terreno. Desde Kenia hasta Suramérica, pasando por Estados Unidos, muchos productores de maíz, patatas o fresas intercalan ahora entre hilera e hilera plantas que repelen a determinados insectos devastadores o que matan las malas hierbas.

También en Francia los agricultores están innovando: “El 20% de ellos está experimentando métodos agroecológicos”, calcula el agrónomo y economista Michel Griffon, uno de los promotores del concepto de “agricultura ecológicamente intensiva”

 

Resultados estimulantes

Los resultados de estos métodos los hacen aún más atractivos. Un equipo de la Universidad de Essex, en Gran Bretaña, ha analizado 286 proyectos recientes de agricultura sostenible que abarcan 37 millones de hectáreas en 57 países pobres (el 3% de la tierra cultivada en los países ricos) y ha constatado que la cosecha ha aumentado una media del 79% (1). Esta cifra alcanza el 116% en África e incluso el 128% en África oriental. El único inconveniente es que “todas esas técnicas exigen más trabajo”, recuerda Hervé Guyomard, investigador en el Instituto Nacional de Investigación Agronómica de Francia y uno de los autores de un informe para el Ministerio de Agricultura (2) francés fechado en mayo de 2013 .

En efecto, no hay soluciones estándar y, para cada situación, hay que encontrar la mejor interacción posible entre plantas, suelos, insectos... “Razón por la cual los agricultores del Norte dudan aún en dar el salto. A ello hay que añadir que, al principio, los resultados son menores porque se necesita un período de adaptación”, señala Hervé Guyomard. Por el contrario, en las regiones más pobres, donde se parte de rendimientos muy escasos, la utilización de las posibilidades de la naturaleza tiene efectos positivos inmediatos. “Lo que no impide que se dé la misma resistencia al cambio que en otras partes”, observa Materne Maetz. Este especialista en políticas agrícolas y responsable del sitio de Internet La faim expliquée(3) acusa a los gobiernos y las organizaciones internacionales que, en su mayoría siguen teniendo como referencia la “revolución verde” puesta en marcha hace cincuenta años.

No les falta razón: entre 1960 y comienzos de la década de 2000, la selección de variedades de alto rendimiento y de razas animales de gran potencial, unida al riego, la mecanización, la utilización de productos químicos (fertilizantes, insecticidas, fungicidas...) y a la ampliación de las explotaciones para favorecer las economías de escala, ha ido acompañada de un aumento de la producción agrícola mundial sin precedentes.

Pero, hoy, esa intensificación está mostrando sus límites. Los rendimientos han tocado techo y en algunos casos disminuyen, especialmente debido a la agresión al medio ambiente: erosión de los suelos, contaminación de las capas freáticas por los nitratos, amenazas a la biodiversidad... En esas condiciones, continuar apostando por ese modelo para responder a las necesidades de 9.500 millones de seres humanos en 2050 es una quimera, sobre todo si se tiene en cuenta que, prácticamente, todas las tierras cultivables están ya produciendo y que los cambios climáticos deberían acentuar la presión sobre los recursos naturales.

Por otra parte, la agricultura intensiva se ha mostrado incapaz de erradicar el hambre –señalemos que dos tercios de sus víctimas son los campesinos pobres y sus familias–. Las grandes potencias agrícolas, con capacidad excedentaria, han alentado la liberalización comercial para ganar mercados a los que exportar. Ello ha marginado aún más a los pequeños productores del Sur, privados de zonas de venta frente a la competencia desigual a que les someten Estados Unidos y Europa (que subvencionan exhaustivamente a sus productores), y ahora Brasil (que se beneficia no solo de sus inmensos recursos, sino de una mano de obra barata y de estructuras de la propiedad marcadas por una inmensa desigualdad).

Así pues, generalizar la agroecología no es solo un reto medioambiental, sino también un trampolín para la lucha contra la pobreza dado que esas técnicas permiten a los pequeños agricultores aumentar a bajo coste su productividad para abastecer a los mercados locales, a condición de superar numerosos obstáculos.

Hasta mediados de la década de 1980, la producción mundial de cereales progresó más rápidamente que la población. Pero la tendencia no se mantuvo.

 

Precios rentables

"Gracias a la multiplicación de las experiencias de siembra sin labranza o de agrosilvicultura, se están salvando algunos escollos técnicos”, se felicita Michel Griffon, “pero carecemos de estructuras de formación y de orientación para vulgarizar esas nuevas técnicas. Y lo que es más importante, el mercado no valora suficientemente los esfuerzos asumidos por los campesinos”.

En efecto, esos agricultores han intentado compensar los costes de producción, generalmente más elevados que los de la agricultura convencional, recortando (y en la medida de lo posible, eliminando) la cadena de intermediarios entre productor y consumidor. Pero, aunque las cantidades producidas en ese marco aumentan, los circuitos cortos siguen y seguirán constituyendo unos mercados estrechos e inaccesibles para una inmensa mayoría de los consumidores no solo en los países del Sur, sino también en los del Norte golpeados por la crisis.

Si bien es cierto que el desarrollo de la producción agroecológica tiende a disminuir sus costes, tanto a nivel de los agricultores como de las estructuras de comercialización –lo que permite ampliar los mercados–, ello no bastará para borrar la distancia que les separa de la agricultura convencional, salvo que se haga pagar a esta última el impacto ecológico y los daños que causa.
El problema de quién va a pagar el sobrecoste engendrado por los modos de producción alternativos sigue, pues, sin resolver.

ILUSTRACIÓN: DARÍO ADANTI

En los países del Norte, una prioridad sería revisar las grandes subvenciones a la agricultura. Era uno de los retos de la reforma de la Política Agrícola Común (PAC) de la UE, pero las negociaciones finalizaron el pasado verano sin ningún avance significativo. Otra urgencia es obligar a las industrias agroalimentarias, dado su lugar preponderante en la cadena que va del campo a la mesa, a que se abastezcan localmente: “La transición agroecológica depende de la creación de cadenas en las que entren tanto las empresas de transformación como los distribuidores”. subraya Hervé Guyomard. Pero “a condición de reforzar el peso de las organizaciones campesinas frente a los gigantes de la industria agroalimentaria, si no se quiere que los industriales y los distribuidores acaparen la renta en perjuicio de los productores”, se apresura a añadir Materne Maetz.

En lo que se refiere a los países del Sur, la revolución agroecológica choca con la escasez de medios de los Estados, que, además, desatienden aún enormemente a su campesinado. Pero también está bloqueada por unas reglas del comercio internacional definidas en Ginebra, Bruselas o Washington. Si a todas las iniciativas que hoy florecen en el continente africano les cuesta desarrollarse es porque los gobiernos disponen de derechos muy limitados para proteger a sus productores frente a las importaciones a bajo precio. Una revisión de las reglas del juego es, pues, imprescindible. ¿La reactivación de la Ronda de Doha, bien situada en la agenda de Roberto Azevêdo, el nuevo director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), será la ocasión de hacerlo?

Para los 77 países de la ACP (África-Caribe-Pacífico) el tema es acuciante. Estas antiguas colonias europeas se beneficiaban, en el marco de la Convención de Lomé, de unas condiciones preferentes frente al resto de los países en desarrollo para acceder a los mercados de la Unión Europea. Ahora bien, esas ventajas no son compatibles con las reglas de la OMC, por lo que la Unión presiona a sus socios de la ACP para que firmen con ella acuerdos de libre comercio. Esos acuerdos, denominados de Asociación Económica, pueden hacer que la competencia sea aún mas dura para los productores de la ACP, de ahí la reticencia de sus gobiernos a firmarlos. Y la Unión les pone entre la espada y la pared amenazándoles con restablecer los derechos de aduana si no firman los acuerdos antes del 1 de enero próximo.

 

ABUSAR DE LA CARNE ES PELIGROSO PARA EL PLANETA

En el transcurso del último medio siglo, el consumo de carne ha experimentado un aumento fulgurante a escala mundial pasando de una media de 23 kilos a 42 kilos por habitante y año, aunque, evidentemente, con enormes diferencias entre los países ricos y los países pobres. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) pronostica un consumo medio de 45,8 kilos por habitante dentro de diez años. Dicho aumento se debe a la generalización de las dietas alimentarias ricas en proteínas animales en los países emergentes. Este crecimiento no es sostenible. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el metano (producido por la digestión del ganado) y el óxido de nitrógeno (resultado de sus defecaciones) serían responsables del 10% de las emisiones mundiales de gas de efecto invernadero. Además, y lo que es más importante, la generalización del nivel de consumo de carne hoy alcanzado en los países ricos constituye una amenaza para la seguridad alimentaria mundial: más de un tercio de la recolección de cereales se destina hoy a alimentar a los animales y, prolongando la tendencia actual, alcanzaría un 50% en 2050. En esas condiciones, alimentar al mundo puede estar en peligro. 

(1). “Resource-Conserving Agriculture Increases Yields in Developing Countries”, por Jules Pretty y otros. Environmental Science and Technology. 40:4 2006 págs 1114-1119.
(2). Le projet agro-écologique: vers des agricultures doublement performantes pour concilier compétitivité et respect de’environement, mayo 2013, disponible en el sitio agriculture.gouv.fr.
(3). wwwlafaimexpliquee.org

PARA SABER MÁS
 
1. Replanteamiento de la antropología, por Edmund Leach. Seix Barral, 1971.
2. El amor como pasión: la codificación de la intimidad, por Niklas Luhmann. Península, 2008.
3. La formation du couple, por Michel Bozon y François Héran. La Découverte, 2006.
 
Nota: Este artículo es un extracto de la separata de Alternatives Économiques publicada junto al Comité Francés para la Solidaridad Internacional (CFSI) con motivo de la campaña Alimenterre 2013 (www.cfsi.asso.fr)