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El verdadero desafío de la UE

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Septiembre 2016 / 39

Brexit El debate británico sobre el Brexit no ha sido más que el síntoma del mal que hoy corroe a la Unión Europea. Muchos Estados miembros tienen ahora una relación con la Unión utilitarista y cortoplacista, como demuestran los debates sobre el nivel de las contribuciones al presupuesto europeo y el de los “retornos” para cada Estado. Por ello, la discrepancia entre David Cameron y sus opositores se centraron sobre todo en la relación coste/beneficio que obtiene el Reino Unido de su pertenencia a la Unión. Pero el verdadero asunto es otro. Es saber si tiene sentido, para las viejas naciones europeas, unir sus destinos para lidiar con los desafíos a los que todas ellas se enfrentan: luchar contra el cambio climático, regular la globalización y gestionar las crisis en nuestras fronteras. Pero, ¿se puede reprochar esta actitud a los británicos, que desde siempre han sido unos europeos muy tibios? Más criticables son, en el fondo, los dirigentes alemanes y franceses, que se muestran incapaces de fijar un rumbo y tener una visión común ilusionante. La UE, debatiéndose entre el federalismo ordoliberal alemán sin contenido solidario y la voluntad francesa de preservar el carácter intergubernamental de la Unión para salvaguardar su soberanía, no sabe adónde va. Decir que es necesaria una Europa más comprensible, más cercana a las preocupaciones de los ciudadanos no arreglará nada mientras Alemania no acepte más solidaridad y Francia más federalismo. Pero para ello es necesario que las élites francesas acepten olvidarse de una Europa concebida como el modo de multiplicar el poder del país. Que toda una parte de la izquierda acepte abandonar el sueño de la revolución en un solo país, y que la derecha soberanista acepte los compromisos institucionales que permitirían exigir en contrapartida una solidaridad europea más fuerte por parte de Alemania.

Opinión Nicolas Beytout, director del diario L’Opinion, se queja. Sería víctima del encono de los poderes públicos, especialmente en el plano fiscal, que no le permiten luchar con las mismas armas que sus competidores. Graves acusaciones que se atribuyen a la línea defendida por ese diario, claramente liberal. Aunque el periódico se beneficia del IVA reducido como el resto de la prensa y del mismo acceso a la red de vendedores de periódicos, no ha tenido todas las ayudas a la prensa a las que cree tener derecho, especialmente la posibilidad para los que lo apoyan de beneficiarse de la reducción del impuesto de solidaridad sobre la fortuna (ISF). Se comprende que Nicolas Beytout esté inquieto, pues cuenta sin duda con más apoyos entre los contribuyentes al ISF que lectores que paguen el periódico. A decir verdad, uno sería más solidario con la suerte del colega si publicara sus cuentas y dejara claro quién financia su periódico. El liberalismo consiste también en saber con toda transparencia quién financia tal o cual medio.

Una economía distinta ¿Qué objetivos de economía social y solidaria (ESS) debemos fijarnos para los próximos años? Para unos, lo importante es crecer y alcanzar mañana un porcentaje del PIB aún más considerable que el 10% reivindicado hoy (de hecho, más bien el 7% o el 8% según el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos). 

Los alemanes y los franceses son incapaces de tener una visión común ilusionante

¿Y si lo esencial no fuera eso? ¿Y si lo que hace que la ESS sea interesante, o al menos sus formas más innovadoras, no fuera tanto su contribución al PIB como su aportación al bienestar individual y colectivo, algo que el PIB refleja muy mal? La ESS la forman 16 millones de voluntarios que entregan su tiempo para que funcionen decenas de miles de asociaciones, son redes de ayuda mutua, formas de economía colaborativa, monedas-tiempo que aumentan nuestro bienestar sin dar pie a intercambios monetarios. Por no decir lo bien que le vendría utilizar otros indicadores que no sean el PIB para evaluar su aporte.