Flexibilidad laboral

  • Por (Editorialista de Alternatives Économiques y ex presidente de la cooperativa)
    Noviembre 2017

    Flexibilidad: Los decretos de reforma de la ley laboral francesa tienen un objetivo: aumentar aún más la flexibilidad del mercado laboral. Van a disminuir los costes y riesgos ligados al despido de los trabajadores, incluso cuando éste carezca de una causa real y seria. Las empresas y las ramas de actividad económica podrán definir con más amplitud las retribuciones y la jornada laboral. El Gobierno espera que se levante el freno a los contratos, sobre todo en el seno de las pequeñas empresas, cuyos empresarios podrán “negociar” acuerdos sin la intervención de los sindicatos. 

    Pero, para los economistas que aconsejan al presidente Emmanuel Macron, esta flexibilización sigue siendo probablemente insuficiente, pues afecta más a la cantidad de trabajo que a su precio. En su opinión, también habría que reducir el coste del salario mínimo para, de ese modo, multiplicar los empleos poco cualificados. Este razonamiento no es nuevo: desde hace tres décadas, todos los gobiernos, dado que no se atrevían o no querían bajar el salario mínimo, han bajado las cotizaciones de las empresas sobre los salarios bajos. Emmanuel Macron, preocupado por compensar los regalos fiscales que ha hecho a los más ricos, ha prometido incluso aumentar el poder adquisitivo de los salarios bajos disminuyendo las cotizaciones salariales, un aumento anulado en gran parte por el futuro aumento de la contribución social generalizada. Falta por ver si esa ligera ganancia no terminará justificando un estancamiento persistente del nivel del salario mínimo, por no hablar de una tentativa de reintroducir un salario mínimo para jóvenes (y/o viejos). Habrá que estar atentos.

    Cataluña: La coalición independentista catalana es una curiosa mezcolanza. Está dominada por una derecha burguesa que espera de la ruptura de los lazos con el resto de España una bajada de impuestos. A ese separatismo de ricos se une una izquierda radical que sueña con edificar el socialismo en una sola región, una vez barrido el poder castellano. Es lícito interrogarse sobre la pertinencia de esas dos esperanzas. La primera nos hace recordar las ilusiones de los partidarios del leave en el referéndum británico sobre el Brexit, pues una Cataluña independiente debería hacerse cargo de muchos gastos que hoy son responsabilidad del Estado español. La segunda carece de realismo, dado el nivel de integración de la economía catalana en las economías española y europea. Pero no debemos olvidar que el particularismo español tiene poderosas raíces históricas y culturales que justifican una evolución del actual marco institucional. Esperemos que se llegue a un compromiso aceptable para todos, más allá de las demostraciones de fuerza de uno y otro lado.

    André Gorz: Hace diez años que el filósofo André Gorz ponía fin a su vida, al mismo tiempo y de acuerdo con su compañera Dorine, víctima de una enfermedad dolorosa e incurable. Gorz contribuyó a que toda una generación tomara conciencia de la importancia de los retos ecológicos. Sus convicciones ecologistas estaban íntimamente ligadas a sus reflexiones sobre el trabajo, en las que integraba la crítica marxista sobre el asalariado, superándola. Rompiendo con el productivismo prometeico compartido por el capitalismo y el comunismo, popularizó en Francia las tesis de Ivan Illich, especialmente el concepto de contraproductividad. Explicaba, así, que el tiempo social dedicado a fabricar y conducir coches era mayor que el necesario para hacer esos mismos desplazamientos a pie en una ciudad sin coches, concebida de otro modo. Una reflexión que no ha perdido actualidad. 

    El particularismo español tiene profundas  raíces históricas

    Crítico radical de la “sociedad del trabajo”, André Gorz denunciaba las condiciones laborales impuestas a una mayoría de trabajadores obligándoles a efectuar un “trabajo heterónomo”, es decir, carente de sentido. Esta crítica le llevó a defender el establecimiento de una renta básica incondicional como medio de reconquistar un tiempo de libertad que cada uno podría dedicar al trabajo autónomo, al voluntariado, a las relaciones no comerciales. Su aportación hoy, en la era del cambio climático, de la revolución digital y de la búsqueda de nuevos horizontes para la idea de progreso, sigue siendo de una actualidad candente.  

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