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La ley de Economía Social... en abril

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Enero 2014 / 10

Conformismo. En la Conferencia de Bretton Woods de 1944, Keynes defendió —sin éxito— que, lo mismo que se debía sancionar a los Estados con déficits excesivos, había que sancionar a los que tuvieran demasiados excedentes para evitar que graven sobre la actividad global al mantener una demanda interna insuficiente. En virtud de este principio, escondido en un rincón de las normas de la zona euro, la Comisión ha abierto una investigación contra Alemania, cuyos excedentes superan el 6% del PIB. Se trata de una buena noticia, pues ya es hora de que nuestro vecino desarrolle su demanda interna, empezando por el establecimiento de un salario mínimo. Pero ello no será suficiente. Ahora es más necesario que nunca poner en marcha lo que el presidente francés, François Hollande, no ha sabido, querido o logrado hacer tras su elección: reactivar la actividad a escala europea. Si hay que reducir las diferencias de competitividad, tendrá que hacerse por lo alto y no siguiendo una política que nos lleva derechos a la deflación.

En este contexto, inquieta ver cómo se asume esa visión punitiva de la economía que presenta como prioritario el ajuste en el marco nacional. Un reciente editorial del diario Le Monde, cuando Standard and Poor’s rebajó la nota francesa, explicaba que Francia debía resolver su “problema de competitividad” y atacar esas “debilidades estructurales” que gravitan sobre su “crecimiento potencial”, en primer lugar un “coste del trabajo demasiado elevado”. La falta de gobernanza política en la zona euro deja pocas perspectivas, pero ello no es una razón para no denunciarla, a no ser que se quiera extender la alfombra roja a la extrema derecha.

Frigorífico. La ley sobre la Economía Social y Solidaria (ESS) ha sido aprobada por el Senado y deberá ser votada por la Asamblea Nacional en... abril. Una disposición de la misma provoca la ira de la patronal: para favorecer que los asalariados se hagan cargo de su empresa, la ley les otorga el derecho de información antes de cualquier cesión. Nada perverso a priori puesto que si se quiere que una cesión funcione, no puede hacerse contra los asalariados, salvo si se vende el fichero de clientes a un competidor dispuesto a despedir a todo o parte del personal. Parece ser que la confederación de Sociedades Cooperativas y Participativas (Scop) no defendería con demasiado entusiasmo esta nueva norma. ¿Para no enfadar a la patronal? Es una pena, pues asocia, de facto, a todas las partes en un momento crucial de la vida de las empresas.

Sin embargo, esta ley, si un día llega a ponerse en marcha, no supondrá que miles de empresas pasen a estar en manos de sus asalariados. La “Scop de lanzamiento”, creada por el texto para un período transitorio, facilitará las cosas al permitir que los asalariados no deban poner sobre la mesa más que el 30% del valor de la empresa, en un primer momento. Añadamos que la adquisición de una compañía por los asalariados es siempre una aventura compleja que supone una gran solidaridad por parte de los trabajadores, la creación de un auténtico equipo de dirección y la aceptación por todos de riesgos económicos muy reales. Toda una serie de condiciones nada fáciles de reunir.

Finalmente, una vez constituida, la empresa cooperativa no escapa a las obligaciones del mercado. Así lo atestigua la declaración de quiebra del gigante de las “marcas blancas” Fagor, una de las principales entidades del grupo cooperativo vasco Mondragón. Esta quiebra pone en peligro 1.800 empleos en Francia. Es un ejemplo que debe hacer pensar a todos los que proclaman la resiliencia de las empresas de la Economía Social y Solidaria, una resiliencia que, innegablemente, se debe en parte a su estatuto, pero también se explica por la naturaleza, menos expuesta, de las actividades en las que la ESS prospera.

Ostentación. El abatimiento reinante no debe hacernos olvidar que aún hay buenas noticias: el mercado del arte funciona bien. Sotheby’s, la filial de subastas de Kering (ex PPR), el holding de François Pinault, acaba de realizar una serie de ventas récord en Nueva York. Estos resultados tienen poco que ver con la calidad de las obras subastadas y mucho con el nivel de desigualdades a escala mundial. Las obras de arte, a diferencia de la música o la literatura, fácilmente reproducibles, son, por naturaleza, bienes veblenianos, (1) su carácter único permite a su propietario afirmar su estatus social. La cotización del arte ha subido debido a la multiplicación de millonarios que hacen así alarde de su éxito a la vez que diversifican sus activos. De ahí una burbuja que deja fuera del mercado a los museos, aunque las donaciones en pago de derechos de sucesión terminarán enriqueciendo un día sus colecciones.

(1) Del nombre del economista americano Thorstein Veblen.