De boca cerrada no salen virus

  • Templo del grupo cristiano Shincheonji en Daegu (Corea del Sur)
    CESNUR

    Mucha gente hablando, gritando o cantando en un lugar cerrado y mal ventilado es el entorno ideal para que se propague la infección.

    Hong Kong llevaba 23 días sin detectar ningún positivo en coronavirus entre la población local. Algunos visitantes habían sido pillados en el aeropuerto portando el virus, pero ningún habitante de la excolonia británica. Y de repente, el 12 de mayo, la muestra extraída a una vecina de 66 años que había dado síntomas de estar enferma el día 8 y que no había mantenido contacto con visitante alguno contenía el temido SARS-CoV-2. Como un submarino, el virus habia navegado durante más de tres semanas de humano en humano hasta emerger en el cuerpo de la jubilada. Y en el de uno de sus nietos, que también dio positivo.

    Esta capacidad del virus de transmitirse silenciosamente es una de sus fortalezas. No necesita multiplicarse hasta producir cansancio, fiebre y tos en el infectado para dar el salto a otro cuerpo humano. Según un trabajo efectuado por investigadores de la Universidad de Oxford, hasta el 45% de los contagios los causan enfermos presintomáticos, a los que se ha de sumar el 5% de los causados por aquellos que jamás llegan a tener síntomas. Según el estudio sobre la prevalencia de la enfermedad efectuado en España, uno de cada tres contagiados no se enteró en su momento de que el virus había entrado en su cuerpo.

    Frente a esa fortaleza del nuevo coronavirus solo cabe ser más rápido que él y en cuanto aflora en un enfermo, buscar todos sus contactos de los días anteriores, aislarlos preventivamente y, si hay capacidad, hacerles pruebas para detectar el patógeno aunque el infectado no presente síntomas. Y aun haciéndolo así y haciéndolo muy bien, puede pasar que reaparezca en una jubilada de 66 años tras semanas de no dar la cara.

    Una segunda fortaleza del virus es su capacidad de provocar brotes más o menos masivos si se le proporciona un entorno  favorable. Sobre esta característica vale la pena profundizar en este periodo de vuelta a una cierta normalidad, porque la descripción de varios de esos brotes puede dar idea de qué es lo que no se debe hacer. 

    Contagio en el restaurante

    Uno de los brotes mejor estudiados se produjo en la tercera planta de un restaurante de Guangzhou (China), sin ventanas al exterior y con un aparato de aire acondicionado. Un cliente sin síntomas transmitió la infección a finales de enero a cuatro personas que comían con él y a otras cinco sentadas en dos mesas adyacentes (véase gráfico). Los situados a favor del flujo del aire se infectaron casi todos, mientras que los situados en el reflujo sufrieron menos contagios. Los sentados en las mesas situadas fuera del flujo de aire no tuvieron problemas. Los clientes de las tres mesas afectadas coincidieron  juntos en torno a una hora.

    Otro brote bien estudiado es el que se produjo a principios de marzo en un call center de Seúl, un lugar donde todo el mundo está hablando porque es su trabajo. Una sola persona presintomática provocó 94 infecciones en una planta donde trabajaban 216 personas. La mayor parte de los contagios se produjo en una de las alas (véase gráfico). Como sucedía en el restaurante, la falta de separación entre las mesas facilitó los contagios, junto con ciertas condiciones que propiciaron que los flujos de aire concentraran las partículas virales en una parte de la planta.

    Si hablar puede infectar es obvio que cantar, también. A principios de marzo, los miembros de la coral del Valle de Skagit, en el estado de Washington (EEUU), decidieron mantener su ensayo semanal de los martes en un templo. En las dos horas y media que duró el ensayo, un contagiado con síntomas de resfriado propició que se infectaran 52 de los 61 integrantes del coro que asistieron ese día, tres de ellos fueron hospitalizados y dos murieron.

    Otro brote en un templo, pero mucho más grave, se ha producido en Daegu (Corea del Sur). Afectó al grupo cristiano Shincheonji. Las autoridades coreanas estaban manteniendo a raya la epidemia y hasta el 17 de febrero habían detectado 30 casos de coronavirus. Todo cambió al día siguiente con el paciente 31. Se trata de una mujer que había asistido días atrás a más de una ceremonia masiva del grupo. En esas ceremonias, los asistentes, muy juntos,  rezan en voz alta, cantan e interaccionan entre ellos. El 19 de febrero ya se habían detectado 20 casos más, y 70 un día después. Se calcula que más de 5.000 contagios proceden de esa paciente 31, casi la mitad de los 11.000 que se habían detectado en Corea el 20 de mayo.

    Al principio de la epidemia de covid-19, el foco estuvo centrado en los problemas que pudieran causar los enfermos al toser o estornudar, con la consiguiente preocupación por las partículas que se depositan sobre diferentes superficies y que otra persona puede tocar e introducir en sus vías respiratorias al tocarase la cara. En el estudio de Oxford citado antes, se concreta que el porcentaje de contagios por tocar algo es el 10% del total. Las primeras recomendaciones que se hicieron a partir de esos dos hechos fueron mantener los dos metros de distancia y lavarse bien las manos con frecuencia. En los países europeos no se recomendó hasta abril el uso de mascarillas, que ahora se han convertido en obligatorias en España.

    10% de los contagios se produce por  tocar algo

    La constatación de que una parte de las infecciones las producen contagiados sin síntomas, como muestran los ejemplos del restaurante de Guangzhou y el call center de Seúl, ha hecho necesario el uso de mascarillas y ha puesto de manifiesto que no solo tosidos y estornudos lanzan virus al aire, sino que hablar, gritar y, sobre todo, cantar facilitan los contagios. Fundamentalmente en locales cerrados con insuficiente renovación del aire, como se aprecia en los cuatro ejemplos expuestos.

    Deficiente ventilación 

    También se ha ido viendo que los dos metros de separación, aunque es muy importante que se sigan manteniendo, no son una barrera infranqueable en los espacios interiores con deficiente ventilación. Los físicos Luis Archondoqui y Eugene Chudnovsky, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, han estudiado la dinámica de las gotas expulsadas por la boca susceptibles de contener virus y han observado que, en espacios interiores, incluso las de mayor tamaño pueden superar los dos metros y permanecer hasta 10 minutos en el aire.

    Lo explican así: “Las gotas que contienen el virus se mueven en el aire por convección. Los patrones de convección en una habitación pueden ser muy complejos. Dependen de dónde esté situado el aire acondicionado, los radiadores, las ventanas y todos los objetos de la habitación, así como de las personas produciendo vórtices al desplazarse. Los vórtices en el aire pueden  hacer que un lugar alejado de la fuente de las gotas sea más peligroso que otro que esté a dos metros”. 

    De hecho, lo recomendable es compartimentar los interiores de tal manera que el número de personas que estén en el mismo espacio sea el mínimo necesario si han de permanecer juntas durante periodos largos. Porque el factor tiempo es importante. Erin Bromage, inmunóloga de la Universidad de Massachusetts que se ha propuesto orientar con datos a los ciudadanos para que su vuelta a la actividad sea más segura, insiste en una multiplicación: “exposición al virus por tiempo es igual a infección”. Para contagiarse es preciso inhalar un determinado número de partículas virales y tanto da hacerlo de golpe poniéndose a tiro del estornudo de un contagiado como inhalándolas poco a poco del entorno contaminado por el compañero de coro que las va exhalando al cantar.

    Japón basa buena parte de su estrategia contra el coronavirus en aconsejar a los ciudadanos que eviten los espacios cerrados, sobre todo los que estén demasiado llenos de gente. Un estudio efectuado en ese país concluía que el riesgo de infección en un espacio interior es 19 veces mayor que en el exterior. Otro trabajo desarrollado en China que analiza los casos producidos fuera de Wuhan del 4 de enero al 11 de febrero constata que de 7.324 casos suficientemente documentados solo se había producido una infección en el exterior: un joven de Shangqiu que fue contagiado durante una conversación en la calle por una persona que había regresado de Wuhan.

    Las gotas de saliva pueden recorrer dos metros y permanecer hasta10 minutos en el aire

    Ha habido brotes en residencias, prisiones, bodas y funerales. Los barcos tambien han sido propicios

    De cara al verano, por tanto, es bueno tener en cuenta que es mucho más peligroso el húmedo vestuario de la instalación que el baño en sí en la piscina; mucho menos aconsejable una noche en la discoteca (si llegan a abrirse) que una mañana en una playa llena; una animada discusión en un bar que una excursión en grupo en bicicleta. Todo ello al margen de que el calor y los rayos solares puedan reducir la capacidad de infección.

    En cierta medida, el virus toma impulso en los espacios cerrados con mucha gente. A los ejemplos expuestos más arriba cabe añadir los estragos que ha causado en miles de residencias de ancianos, donde al hecho de tratarse de espacios cerrados se suma la mala salud de una parte de los internados. 

    Prisiones, barcos y empresas

    Algunos brotes se han producido en prisiones y otros en reuniones de empresas. Los barcos han sido también focos propicios. Como las fábricas de procesamiento de carne, donde la baja temperatura y la necesidad de hablar a gritos han sido aprovechados por el patógeno. Las bodas, los cumpleaños y los funerales son también propicios. El primer gran brote en España, que merece un estudio más profundo, se produjo tras un funeral en Vitoria. Todas estas irrupciones del virus se añaden a los innumerables brotes que se han producido en los hospitales, cuyo análisis probablemente obligará a cambios importantes en los procedimientos.

    Sin medidas de separación de las personas ni mascarillas, el número de reproducción del SARS-CoV-2 es en torno a tres. De media, cada contagiado infecta a otros tres. Pero aquí la media es engañosa. “La pauta habitual es que el número más común es cero. La mayoría de la gente no contagia”, cuenta Jamie Lloyd-Smith, de la UCLA, en un artículo publicado en la web de Science. En este caso es importante, por tanto, el denominado factor de dispersión (k), cuyo valor exacto está en discusión pero que en cualquier caso es bajo. Es decir, un número reducido de personas son responsables de la mayoría de los contagios.

    A esos involuntarios contagiadores es importante dejarlos sin oportunidades de provocar brotes. Evitar las reuniones en interiores con muchas personas hablando, gritando y cantando es el mejor antídoto. Durante una larga temporada las fiestas, aunque sean al aire libre, van a ser menos fiestas. La mascarilla es muy disuasoria.

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