Sebastián Serrano

  • Publicaciones del autor

    La pugna entre naciones por ser la primera en la meta contrasta con los esfuerzos de entidades supranacionales por garantizar que no falten dosis a los ciudadanos de los países pobres.

    Las empresas harán bien en iniciar el curso manteniendo en casa a todos los empleados que puedan para evitar males mayores y facilitar que los niños vayan al colegio.

    La semana pasada España se convirtió en el país europeo con más casos confirmados de covid-19. Es la primera vez que sucede porque hasta ahora Italia o el Reino Unido habían ido por delante. En solo siete días el número de nuevos infectados fue de más de 20.000, según el Ministerio de Sanidad, mientras que apenas hubo 2.000 italianos y algo menos de 6.000 británicos. La escalada de casos en plena temporada turística ha convertido España en el principal foco europeo de la pandemia. Ha sido por torpeza propia porque los casos importados son pocos.

    En los interiores mal ventilados, la idea de que la distancia de dos metros no es suficiente para evitar el contagio del coronavirus hace meses que va tomando forma. La Organización Mundial de la Salud (OMS), tan reacia a los cambios, admitió el pasado día 9 que los aerosoles suspendidos en el aire eran una vía de transmisión de la enfermedad que "no puede descartarse". Y un estudio efectuado en Alemania ha descrito posteriormente cómo un portador contagió a personas situadas a una distancia de hasta ocho metros en una planta de procesamiento de carne.

    El 29 de mayo pasado, Joan Guix anunció que dejaba su cargo de secretario de Salut Pública de Catalunya “por motivos de salud”. Este fin de semana ha sido nombrado su sustituto, Josep Maria Argimon, que suma la nueva responsabilidad a su cargo de director gerente del Institut Català de la Salut, la empresa pública que suministra la mayor parte de los servicios sanitarios al Catsalut. El nombramiento recae, por tanto, en un peso pesado del departamento, lo que pone de manifiesto la importancia que ahora se le da al cargo, al tiempo que muestra el estratosférico fallo que ha supuesto tenerlo vacante durante siete semanas, en plena epidemia de la covid.

    Durante meses se ha desarrollado en el mundo un debate, ciertamente estúpido, sobre la conveniencia o no de utilizar mascarilla para prevenir el contagio del coronavirus. Puede darse por finalizado después de que Donald Trump se dejara fotografiar el sábado pasado con un tapabocas azul con el sello dorado de la Presidencia de Estados Unidos. Coincidiendo con ese final de la polémica de la mascarilla ha arreciado en Catalunya otro debate, tan estúpido como el anterior, sobre si hacen falta o no más rastreadores para combatir el virus, en el que el poco lucido papel de negacionista lo representa la consejera de Salud, Alba Vergés. Para el mundo, esta polémica local quizá sea un tema muy poco relevante, pero para los catalanes (y quizá para los españoles en general) es importante.

    Muchas causas se conjugaron para desencadenar la tragedia. Buscar uno u otro culpable sirve de poco para evitar que se repita.

    Hong Kong llevaba 23 días sin detectar ningún positivo en coronavirus entre la población local. Algunos visitantes habían sido pillados en el aeropuerto portando el virus, pero ningún habitante de la excolonia británica. Y de repente, el 12 de mayo, la muestra extraída a una vecina de 66 años que había dado síntomas de estar enferma el día 8 y que no había mantenido contacto con visitante alguno contenía el temido SARS-CoV-2. Como un submarino, el virus habia navegado durante más de tres semanas de humano en humano hasta emerger en el cuerpo de la jubilada. Y en el de uno de sus nietos, que también dio positivo.

    Mucha gente hablando, gritando o cantando en un lugar cerrado y mal ventilado es el entorno ideal para que se propague la infección.

    La investigación sobre los orígenes de la pandemia no podía comenzar de peor manera: con prejuicios, judicializada y con el cese de un coronel de la Guardia Civil y lío político, un magnífico cóctel para que no se aclare nada. Resulta que una juez de Madrid, Carmen Rodríguez-Medel, tras admitir la denuncia de un particular a finales de marzo, ha actuado con celeridad en pleno estado de alama para tratar de hallar indicios de responsabilidad en la actuación del delegado del Gobierno en la comunidad madrileña, José Manuel Franco, por permitir las manifestaciones feministas del 8-M, dando de hecho por supuesto que dichas concentraciones han desempeñado un papel importante en el origen de la pandemia, algo improbable aunque algunos portavoces de la extrema derecha y la derecha extrema se empeñen en ello.

    Han sido dos jarros de agua fría casi simultáneos. La OMS dejó ayer claro que el coronavirus puede “no irse nunca”, al tiempo que una encuesta efectuada a más de 60.000 personas ponía en evidencia que solo el 5% de los españoles ha estado en contacto con el patógeno y ha desarrollado inmunidad. El espejismo de que la enfermedad está a punto de ser sometida ha sido fulminado. En palabras recientes de Angela Merkel: “No estamos al final de la pandemia, estamos al principio”.

    La mayoría de los científicos creen que lo mejor es la colaboración para avanzar con la mayor rapidez posible. Es una cuestión de supervivencia.

    El camino hacia la nueva normalidad anunciada debe andarse de la mano de una estricta vigilancia del coronavirus mediante muchos test para detectar nuevos enfermos y el rastreo de sus contactos cada vez que se localiza un infectado. Todo ello para aislar los posibles contagiados mientras el resto de la población mantiene su derecho a moverse. Para hacer ese trabajo se habrá de contratar en España con rapidez a 10.000 o 20.000 personas. Sorprende que los responsables de los diferentes niveles de la sanidad apenas hablen de un tema tan importante para controlar la epidemia. 

    Donald Trump se está superando a sí mismo en esta crisis sanitaria provocada por la pandemia. La sugerencia de que se ensaye la posibilidad de aniquilar el coronavirus inyectando lejía en los pulmones ha rebasado ya cualquier límite. Contrastan con este estilo estrafalario e irresponsable las intervenciones de Angela Merkel, una política con formación científica que trata de explicar de la manera más didáctica posible lo que está pasando y lo que nos espera.

    Salir del confinamiento no va a ser fácil ni rápido. No hay nada escrito y el único precedente, el de China, aporta alguna luz pero ha utilizado mecanismos autoritarios de difícil aplicación en una Europa democrática. Hay una imperiosa necesidad de conocer mejor hasta dónde han llegado las infecciones, pero el Gobierno deberá empezar a tomar decisiones antes de tener una idea precisa de la expansión del coronavirus en España y sin saber hasta qué punto la llegada del calor va a ayudar a controlar al patógeno.

    Después de que la semana pasada empezase a decrecer en España el número de nuevos infectados por el coronavirus, lo fundamental ha pasado a ser el reforzamiento del sistema sanitario para que pueda resistir las nuevas oleadas de enfermos graves. Luego se tendrá que ver cómo se afronta la compleja vuelta a la normalidad sin perder el control de la epidemia. La lucha será larga.

    La pandemia ha cambiado el mundo en dos meses y puede prolongarse más de un año.

    Estos días, la castigada ciudad china de Wuhan, capital de Hubei, está empezando a recuperar la normalidad, dos meses después de que las autoridades suprimieran el transporte público, tanto dentro de la ciudad como con el exterior, y obligaran a los ciudadanos a quedarse en sus casas. Cuando se tomaron esas decisiones los casos confirmados de covid19 eran 375 en la región y 571 en toda China. Es muy probable que hubiera más enfermos, pero el orden de magnitud era ese.

    Todos los modelos de éxito en la lucha contra la pandemia de Covid-19 son asiáticos: los pequeños países del entorno de China, como Taiwán y Singapur, que impusieron desde el principio controles estrictos para cualquier viajero procedente de la superpotencia asiática; Corea del Sur, que se despistó al principio pero luego ha basado su estrategia en test masivos, y China, foco irradidor de la pandemia, que ha cortado por lo sano mediante el bloqueo de territorios y la paralización de toda actividad no relacionada con la enfermedad.

    La cifra de contagios totales, tanto sintomáticos como asintomáticos, puede situarse en torno a los 100.000.

    Páginas