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Los dilemas morales de ‘El lobo de Wall Street’

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Marzo 2014 / 12

Periodista

La película de Martin Scorsese aúna un cinismo absoluto y una puesta en escena magistral.

Fotograma de El lobo de Wall Street.

El filósofo Stanley Cavell se ha preguntado por la bondad en las películas —The Good of Film— y, en un sentido más amplio, por si el cine puede hacernos mejores personas. The Woolf of Wall Street, la última película de Martin Scorsese, es una respuesta, no sé si cínica o desesperanzada, a la cuestión formulada por el profesor Cavell, que aparece como un ingenuo ante la barbaridad moral que representa un personaje como Jordan Belfort, el protagonista de la película —y de la historia real en que se inspira—, interpretado por Leonardo DiCaprio. La respuesta es que vivimos en un mundo de idiotas ambiciosos en el que el único parámetro válido para juzgar el valor de alguien es su cuenta corriente.

La trama es conocida: un joven corredor de Bolsa —Belfort— no se resigna a ser marginado de Wall Street a causa de la crisis y decide que, en vez de vender acciones altamente cotizadas a centenares de inversores ricos, va a vender acciones basura a millones de inversores pobres. Para lograrlo solo necesita reclutar un pequeño ejército de tipos tan desprovistos de escrúpulos como él mismo y ponerlos junto a un auricular para que seduzcan a esos miles o millones de imbéciles que creen poder enriquecerse vendiendo arroz a los japoneses.

Belfort pronto gana su primer millón, y al mismo tiempo llena su vida de alcohol, putas y drogas. Sus únicas obsesiones son ganar más dinero, tener siempre al lado culos firmes y no meterse nunca en la cama sin antes haber perdido el mundo de vista. Bien. Su vida es el cuento “contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que nada significa”. Pero en Macbeth la ambición es por el poder y el odio o la ira contra la familia. Los personajes de Shakespeare se juegan la vida, los de Scorsese, millones virtuales.

¿Se puede hacer una película sobre el aburrimiento que no sea aburrida?¿Se puede retratar a una banda de descerebrados y sus andanzas sin dejarse arrastrar al abismo? El gran cine norteamericano considerado clásico, el de John Ford por ejemplo, defendía la leyenda pero contaba la verdad, y véase si no esa obra maestra de todos los tiempos que es The Man Who Shot Liberty Valance. En el caso de Scorsese no hay leyenda, no hay grandeza, no hay riesgo. Por eso no hay verdad, sino su espuma. Cada vez que hay que explicar uno de esos embrollos de “ingenieria financiera”, el narrador desiste apenas ha empezado a hacerlo: no le interesa a él y considera que tampoco a nosotros, tan solo se trataba de embaucar a unos cretinos. Hay, eso sí, muchos dólares gastados en fiestas, cocaína y gestos de nuevo rico.

Creo que ahí está el malestar que causa The Wolf of Wall Street: para ser alguien hoy, para ser influyente en la sociedad actual, para ser escuchado, ya no hace falta ser como el modelo que propone Jeremy Irons, basta con ser como Gil y Gil, como Del Nido, como Florentino, como el tipo de Sacyr que se creía que iba a comerse al mundo. Ellos tienen razón: los nuevos ricos de hoy son los hombres con clase de mañana, de la misma manera que detrás de la gran mayoría de fortunas encontramos un crimen fundacional, un abuelo pirata, esclavista, gángster, corruptor u otras cosas peores.

Para ser alguien hoy basta con ser como Gil y Gil

En la película no hay leyenda, grandeza o riesgo

Ver su ascenso —y, en esta oportunidad, caída— no tiene el valor o interés moral de las novelas de Fielding. El cinismo de Scorsese me parece tan absoluto como magistral su puesta en escena. Sabe hacerlo, mezcla docuficción, cine de catástrofes, biopic, comedia y drama. Los mismos personajes cómicos —los encarnados por Jonah Hill o Matthew McConanghey— dan miedo. El mismo viaje en Ferrari puede ser una gymkhana divertida o un peligro público como el viaje en barco es una aventura o una tentativa de asesinato y suicidio. Dicen que todo depende del color del cristal, que todo es relativo pero, si eso es cierto, entonces el canibalismo es una cuestión de gusto.