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Apuesta por el apoyo mutuo

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Julio 2019 / 71

Bajo el régimen de cesión en uso, las cooperativas se construyen con los valores de la solidaridad. Más importante que la arquitectura es la cohesión de grupo.

ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

¿En qué se diferencia una urbanización con espacios comunes, como una sala de actividades o piscina comunitaria, a un cohousing? En mucho. Lo primero es que no quieren especular con la vivienda, sino hacer uso de ella. Y lo segundo, que quieren un espacio de convivencia mayor, donde rige la apuesta por la solidaridad intervecinal y el apoyo mutuo.

Ferran Agulló, miembro de la cooperativa La Borda, en el distrito de Sants de Barcelona, que también promueve este tipo de iniciativas a través de la Fundación La Dinamo, prefiere que no se llame cohousing. “Tal como está la situación nos tenemos que diferenciar claramente; y nos distanciamos del término genérico cohousing  y de las cooperativas de vivienda a secas”, explica. “Estamos hablando de propiedad colectiva, y no de ser propietarios, sino usuarios. Hay una estrategia del mercado inmobiliario para lo mismo de siempre; que la gente se vuelva a hipotecar, y que sean propietarios, que se les obligue a depender de créditos de los bancos tradicionales.  Nosotros planteamos el acceso a la vivienda, que se reconozca que es un derecho como a la educación y a la salud, y que tiene que estar protegido por el Estado. Así como no eres propietaria de la escuela de tus hijos ni del centro de salud, tampoco debes tener una vivienda. Queremos que sea una opción para que las personas usuarias no tengan que hipotecarse. Creemos que hay un problema sobre la vivienda donde las cooperativas son una parte de la solución, pero no toda”. 

La participación de los Ayuntamientos y comunidades en algunos casos ayudan a que estos proyectos salgan adelante. El suelo donde se encuentra la cooperativa La Borda es suelo público, y las viviendas son de protección oficial. 

El Ayuntamiento de Barcelona fue uno de los primeros en apostar por este modelo, aunque todavía los grupos presionan por más suelo público. Le siguieron un sinfín de localidades. Desde el ámbito autonómico, quizás una de las comunidades que más apuesta por el cohousing es las Illes Balears. A través del Instituto Balear de Vivienda (Ibavi), cambiaron por completo la oferta pública de vivienda. Allí entendieron que había un sector de la población que no podía acceder a las viviendas de protección oficial, porque actualmente hay pocas plazas disponibles y se dan a las personas con menos recursos. El modelo cohousing era una solución.

 

UNAS GARANTÍAS MÍNIMAS

“Se intenta garantizar 75 años de vivienda, es decir, que la gente tenga garantizada la vivienda durante toda su vida”, explica María Antonia Garcías Roig, directora del Ibavi. “En nuestro caso el modelo es más barato que la compra, pero es más caro que el alquiler de proteccion oficial. Es un precio más o menos de mercado, pero garantiza la estabilidad. El propietario del solar siempre es el Ibavi, pero el propietario del edificio es la cooperativa. Las personas socias tienen que poner un pago inicial, de entre 15.000 y 20.000 euros y la cuota de la hipoteca de la construcción del edificio. Al Ibavi no se le paga nada. Por supuesto, hay unas condiciones. Siempre se debe cumplir con unos ingresos máximos, y siempre debe ser la vivienda principal”.

Quieren salir de la lógica en la que los problemas se resuelven a solas

En terreno privado, la entrada puede costar 50.000 euros

Sin ayuda pública, la cuota apenas baja la del alquiler tradicional

En Madrid no tienen tanta suerte, y quienes impulsaron Entrepatios tuvieron que buscarse el suelo de forma privada, porque nunca, ni con Manuela Carmena, ni con el PP, tuvieron ayudas de ningún tipo. Entrepatios se ha legalizado como cooperativa hace 5 años, y tienen tres promociones en marcha, en Las Carolinas (Usera) —ya construyendo con previsión de entrar en un año—; en Vallecas —con solar pero todavía sin construir—, y una tercera promoción todavía sin suelo encontrado. En total son en torno a 100 cooperativistas y hasta ahora las viviendas varían entre los 50 y los 85 metros cuadrados.

“Nos da igual un gobierno que otro”, dice Berta Iglesias, socia de la cooperativa. “El proyecto ha salido por nuestro esfuerzo, ni rebajas ni facilidades de ningún tipo. Para mi es el punto débil del proyecto. Mientras no haya más oferta y no se frene la especulación, comprar el suelo es muy caro, y eso hace que no sea todo lo accesible que nos gustaría”.

 

SIN AYUDAS PÚBLICAS

Los miembros de Entrepatios han puesto en torno a los 50.000 euros por vivienda y con ello han comprado el suelo. Ese es el capital social, que se devuelve al salir. Las cuotas por el derecho de uso, que harán frente a la hipoteca, son de 800 euros. Eso incluye el gasto de la electricidad, que con los paneles solares está rebajado. Si bien es un precio alto para los salarios actuales, está por debajo de los precios de la zona. “Es igual que comprarte una vivienda por fuera. No es lo ideal. Pero lo enriquecedor del proyecto es que nos permite diseñar lo que queremos, con criterios de sostenibilidad”, agrega Iglesias. “Luego están los vínculos, la ayuda mutua. Cada promoción ha buscado sus métodos,y si alguien tenía un poco más ahorrado ponía un poco más y los otros algo menos. Vale la pena salir de esta lógica capitalista donde tus problemas los debes resolver tú solo. Ha sido muy bonito porque es un grupo muy generoso”.

La ayuda mutua es básica en este tipo de proyectos.  Por eso, en Entrepatios, la idea es en un futuro, cuando la hipoteca esté totalmente pagada, crear un fondo para poder ayudar a crear otras cooperativas.

 

RURAL

La cooperativa Ametxe, en Bizkaia, prefirió justamente salir de la vida urbana. Se trata de un grupo de cuatro unidades de convivencia que han comprado un caserío histórico de 700m2 en una zona rural y están en la fase de rehabilitación. Aun y siendo rural, la inversión rondó el millón de euros para cuatro unidades de convivencia. Querían espacio, y el terreno era privado, por lo que tienen que pagar una inversión inicial como en Madrid de alrededor de 43.500 euros cada unidad, más entre 550 y 800 de cuota hipotecaria, que tienen con la banca ética (en el mismo entorno las viviendas rondan los 1.000 euros). 

“Ha sido y sigue siendo un proceso muy potente con mucha toma de decisiones y mucha escucha”, dice Óscar Lucio, miembro de la cooperativa, que surgió de un grupo de madres y padres de una escuela alternativa, con la idea de replicar la alternativa educativa a la vivienda. “Hay mucho trabajo para llegar a acuerdos, de empatía, de buscar el bien común. 

Queremos que sea realmente una convivencia y damos mucha importancia a compartir”. Las familias del grupo promotor están adelantando capital, pero la idea es que esos gastos se puedan repartir con las dos unidades que puedan entrar”.

Ametxe pertenece a la asociación Ametsak Sortzen, creada para agrupar a personas interesadas y divulgar modelos de vivienda colaborativa o cohousing. Por el momento son 39 unidades socias (una persona socia por familia o por colectivo), lo que representa a unas 200 personas.

 

CONVIVENCIA

Como en Ametxe, todas las personas entrevistadas, en cualquiera de los proyectos de cohousing, sostienen que aunque no se tenga un solar todavía, esos años de convivencia, de reuniones y más reuniones, trámites, ideas, discusiones, idas y vueltas para hacer posible el proyecto son básicos para el buen funcionamiento de la cooperativa cuando ya está en marcha la convivencia.

“Creo que el problema fundamental de las cohousing es la creación del grupo”, dice Félix Martín, de Hispacoop. “Las personas que se nos acercan creen que el tema es el terreno, un buen arquitecto, etcétera, pero yo creo que lo importante es crear un grupo que vaya hacia un mismo proyecto. Es fundamental. Las soluciones de cohousing “llave en mano” son atajos que llevan a problemas futuros.

Los años de preparación en conjunto son claves para el éxito posterior

Los ‘cohousing’ llave en mano pueden tener problemas

En un ‘cohousing’ lo importante es compartir momentos

Debe haber un período de maduración, que no es corto, y donde se define el proyecto: ¿Qué queremos? ¿Algo más enfocado a la dependencia? ¿Algo más urbano? ¿Con o sin mascotas? ¿Algo más rural?¿ Algo más social? Ese tipo de definiciones se van madurando con el tiempo”. 

Desde Convivir y después de años compartiendo la vida, lo tienen también muy claro: “Comenzamos siendo muy utópicos”, agrega Ernesto Cabello, de Convivir. “Ni siquiera conocíamos las experiencias internacionales. Cuando estás en tu casa te relacionas con gente, pero es distinto ir a tomar una caña, estar en una reunión, compartir una sesión de literatura. Luego surgen dificultades, porque cada uno tiene sus formas de entender la convivencia. Es un proceso que hay que pasar. Todos han tenido pequeños roces, enfrentamientos personales. Hay que contar con ello, como  algo necesario porque así la relación y el proyecto se fortalece. También hay solidaridad. En nuestro caso, cada uno tiene su apartamento y no hay problema con la privacidad. Pero comer juntos, pasear juntos, estar en actividades juntos, si bien es enriquecedor, a veces genera tensiones”.

En Barcelona, desde La Borda, en la que conviven 46 personas adultas y 12 criaturas, en 28 unidades de vivienda, también lo saben. “Hemos compartido el proceso la mayoría desde 2014 hasta ahora, y algunos desde 2012, quienes estamos en el grupo promotor”, agrega Agulló. “Hemos trabajado en el proyecto, en el conseguir el financiamiento, en el plan de convivencia, en el seguimiento de la obra, etc. Eso no es una vacuna contra los problemas de las relaciones humanas, pero nos sirve para poder gestionarlos mejor. Ahora es la continuación del noviazgo”. 

Y en esa convivencia también está muy claro el apoyo mutuo. “Estamos replicando lo que es la familia extensa no biológica”, agrega Agulló. “Nuestros pactos no están ligados a la línea sanguínea, Yo tengo 63 años y estamos haciendo de abuelos de bastante niños y niñas”.