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Geoestrategia // Imperio (ruso) o muerte

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Mayo 2022 / 102

Ilustración
Andrea Bosch

La resistencia de Ucrania, con apoyo de Occidente, desafía las aspiraciones del Kremlin de resurgir como potencia.

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Vladímir Putin, presidente de la Federación Rusa, utilizó esta cita bíblica en el baño de masas que se dio el 18 de marzo para apoyar la acción de los soldados rusos que intentan “desnazificar” a los hermanos de Ucrania. Poco después, el 3 de abril, fue el patriarca de Moscú, Kirill I, máxima jerarquía de la la Iglesia Ortodoxa Rusa, quien utilizó este versículo del Evangelio de San Juan en la misa que ofició ante representantes de la milicia rusa.

La coincidencia no es casual. Desde que Kirill accedió al patriarcado en 2009, Iglesia y Estado han ido trabando relaciones cada vez más estrechas. En su esfuerzo por lograr que el mundo vuelva a considerar a Rusia una superpotencia, el régimen de Putin ha recurrido a teóricos de la época zarista y nacionalistas postsoviéticos para elaborar un proyecto que prevé recuperar las fronteras del antiguo imperio (con Rusia, Bielorrusia y Ucrania), en cuyo espacio habita “un solo pueblo”, con una religión común. Desacreditada la argamasa ideológica marxista-leninista con la que se construyó la superpotencia soviética, la religión ortodoxa y las tradiciones rusas se recuperan como oportuna ideología del régimen.

Valores rusos tradicionales

Ese planteamiento ideológico se recoge incluso en la Estrategia de Seguridad Nacional de la Federación Rusa, un documento aprobado en julio pasado que incluye entre sus objetivos, por primera vez, "la protección de los valores espirituales y morales tradicionales rusos”. Y puntualiza: “Los valores históricos, culturales y morales rusos tradicionales están siendo atacados activamente por Estados Unidos y sus aliados, así como por corporaciones transnacionales, organizaciones extranjeras sin fines de lucro, no gubernamentales, religiosas, extremistas y terroristas”.

Esos atacantes de los valores rusos han sido metidos por el propio Putin en un cajón etiquetado como “liberalismo extremo al estilo occidental”. Ese liberalismo es identificado por los ideólogos del Kremlin con los derechos humanos, a los que niegan valor universal.

La derivada interior de este planteamiento ha sido el progresivo endurecimiento de la represión de las organizaciones democráticas de todo tipo, que pueden ser consideradas “agentes extranjeros” y eliminadas, como ha sucedido, entre otras muchas, con Memorial, una entidad que nació en 1989 para reivindicar la memoria de las víctimas del estalinismo y se había convertido en la gran defensora de los derechos civiles. Los políticos de la oposición democrática hace ya años que se exponen a recibir dos tiros o a ser envenenados. Acabar solo en la cárcel es casi una suerte. 

Acción exterior

El ensalzamiento de los “valores tradicionales” es también una gran baza para la acción exterior. Permite conectar con sectores religiosos reaccionarios de otros país, EE UU incluido, y con movimientos políticos de extrema derecha, como sucede en Francia, Italia, Austria y Hungría. El Kremlin comparte con ellos la oposición al feminismo, el desprecio a los homosexuales y los musulmanes y el rechazo de la democracia liberal. Ir  'en contra de' y no 'a favor de' es una característica de los ultras de todo tipo, la base de la polarización.

En paralelo a la red de influencia ideológica existe otra, más terrenal, de tipo económico. En su libro recién publicado en español Los hombres de Putin (Ediciones Península), la periodista Catherine Belton cuenta con detalle cómo la red opaca de bancos, empresas e individuos que el KGB soviético había montado en Europa y América para financiar a grupos políticos afines y sobornar a personas influyentes se reconstruyó cuando un grupo de agentes del KGB (FSB desde 1992), cuya cabeza visible era y es Vladímir Putin, accedió al poder en el año 2000.

Tras conquistar el poder político, Putin y su grupo de funcionarios de la seguridad se hicieron en pocos años con el poder económico. Desplazaron con castigos ejemplares y se quedaron con los bienes de algunos de los oligarcas que se habían enriquecido con las privatizaciones de la etapa de Borís Yeltsin y sometieron a vasallaje a los demás. Belton relata que una parte de los flujos recuperados de dinero opaco engrosan un fondo común destinado a apoyar los objetivos geoestratégicos de Rusia, aunque también sirven para incrementar el patrimonio privado de quienes lo controlan. A esos flujos opacos dirigidos a obtener influencia política se han sumado contribuciones de los oligarcas, forzados a poner parte de su capital al servicio del Kremlin.

El dinero opaco utilizado con visión estratégica (Belton cita ayudas rusas a Donald Trump y a legisladores británicos conservadores) y la utilización de internet para difundir sus mensajes e incluso como una forma de guerrilla (el jaqueo y filtración de los mails de Hilary Clinton es un ejemplo) han podido tener alguna influencia en acontecimientos importantes como la elección de Trump en 2016 y el Brexit.

Los ideólogos del Kremlin rechazan "el liberalismo extremo occidental"

Rusia cojea en renta per cápita, pero es una potencia nuclear con territorio y recursos

“La guerra fría nunca terminó en las mentes de las personas que ahora gobiernan Rusia. Es gente del KGB. Es gente que no se tomó la revolución democrática de la década de 1990 como una victoria para el pueblo ruso, que es lo que fue, sino como una derrota frente a Occidente. Así que siguen librando una guerra contra Occidente”, ha contado en El País Andrei Kozirev, ministro de Asuntos Exteriores con Yeltsin. Con esa voluntad de enfrentamiento, Putin y los suyos llevan años preparando el terreno para el resurgimiento de Rusia como potencia. 

Al enfrentamiento ideológico y la acción económica, el Kremlin ha ido sumando poco a poco intervenciones bélicas: Georgia, Siria, Libia, el Sahel. Recurrir a las armas es el más claro exponente de que existe voluntad imperial y la mayor ofensiva se está produciendo ahora en Ucrania. Esta guerra empezó en 2014 con la anexión rusa de Crimea y la rebelión prorrusa del Donbás, pero es ahora cuando se han puesto todas las cartas boca arriba.

Dilema para el Kremlin

El reto lanzado por el Kremlin a los ucranianos puede sintetizarse en cuatro palabras: Imperio ruso o muerte. La idea de que Rusia, Bielorrusia y Ucrania forman un ente único desde hace más de 1.000 años es tan básica en el relato del resurgimiento de la superpotencia rusa que ha acabado llevando a la guerra como si fuera una fruta madura. El problema para Putin es que los ucranianos han sorprendido eligiendo muerte y, con la ayuda de Occidente, pueden frustrar sus ambiciones geoestratégicas. "Imperio o muerte" es también el dilema que afronta ahora el Kremlin.

Rusia tiene la mitad de habitantes que la URSS, población, su PIB es mediocre, su renta por habitante no es alta y su gasto militar está muy por debajo del de EE UU y el conjunto de países de la UE. Además, su forma de gobierno puede verse como una cleptocracia y en todos los niveles administrativos campea la corrupción. Pero posee dos activos importantes: un territorio inmenso repleto de recursos, muchos de ellos todavía por explorar, y el mayor arsenal de armas nucleares del mundo. Muchas debilidades y pocas fortalezas. Pocas pero poderosas.