La tecnología es un arma cargada de futuro

  • Por (Socio director de Coperfield for Social Good)
    Julio 2016

    Puede entusiasmar o alarmar (por la desigualdad, la información banal, el empleo, las relaciones  sociales...), pero el vigor  tecnológico irá a más

    ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

    Estamos en pleno cambio de época. Muchas teorías y prácticas que mal que bien nos habían servido hasta hace poco en la economía, la política o la empresa, en la organización de nuestra vida y la configuración de cómo vivimos con otros, ya no resultan atractivas. Emergen a una velocidad cada vez mayor realidades y comportamientos hasta hace poco impensables. Se disuelven con igual rapidez seguridades en las que creíamos poder confiar. No hace falta citar ejemplos; todos tenemos alguno a mano.

    Lo que sí podemos dar por sentado es que la intensidad tecnológica continuará creciendo de modo exponencial. Apuntando a un futuro en el que un Internet de las cosas conecta no sólo ordenadores y teléfonos móviles, sino también decenas de miles de millones de artefactos de todo tipo. Un futuro en el que se captura y digitaliza información de todo tipo para extraer conocimiento sobre personas y cosas con técnicas de Big Data. En el que el software avanzado dirige bots y robots que emulan capacidades (de aprendizaje, de interacción, de decisión, de autocontrol) que hasta hace poco considerábamos exclusivas de los humanos. 

    Así descrito, es un futuro que despierta pasiones. Entusiasma a los que compran el discurso tecnocéntrico de Silicon Val-ley y sus acólitos, a la vez que en la misma medida levanta alarmas entre quienes predicen, no sin argumentos, amenazas sobre el aumento de desigualdades, la concentración de centros de poder al margen de los mecanismos democráticos, la eliminación de puestos de trabajo como consecuencia de la automatización, la vulneración de la intimidad, la banalización de la información y las relaciones sociales. Entre unos y otros hay también quienes ven en las nuevas tecnologías herramientas para la configuración de nuevas arquitecturas sociales. Por ejemplo, para la producción y el consumo colaborativos; para una mayor transparencia en la actuación de las administraciones públicas y un mayor poder de seguimiento, influencia y control por parte de la ciudadanía; para un acceso mejor y más extendido a la educación; para la prestación de servicios públicos y privados más personalizados. 


    CONSULTA CONSTANTE DEL MÓVIL

    El impacto en los individuos de tecnologías como los móviles conectados a Internet plantea dicotomías similares. Permiten, por ejemplo, conectarse con cualquiera y en cualquier momento, pero tienta a la vez a una proporción creciente de usuarios a consultar constantemente su móvil, incluso más de un centenar de veces al día. Un comportamiento compulsivo que arranca del miedo a estarse perdiendo algo, aun sin estar seguros de qué. En la misma línea, la posibilidad de acceder a cualquier información tiene como contrapartida la necesidad de seleccionar a cuáles queremos o no acceder, así como de defendernos del asalto del spam y de información no deseada, incluyendo la publicitaria.

    ¿Cómo evolucionarán estas posibilidades contrapuestas? ¿Cuáles serán las dominantes?

    En una entrevista reciente en esta misma revista, Judy Wajcman afirmaba: “En realidad, no sabemos los efectos que tendrá la tecnología”. En su último libro, Pressed for time, subtitulado como “la aceleración de la vida en el capitalismo digital”, esta autora argumenta, en línea con investigaciones anteriores sobre las interacciones entre tecnología y sociedad, que no hay nada inevitable ni predeterminado en el modo en que las tecnologías evolucionan y se usan en la práctica diaria. Las tecnologías no tienen impacto por sí solas; lo tienen las personas o los grupos que las usan. El modo en que lo hacen depende tanto de las características de los artefactos tecnológicos como del contexto, los valores y los objetivos de las personas que los utilizan.

    Centrémonos en la relación entre tecnología y aceleración, y empecemos por el contexto. No podemos ignorar que en nuestra época la velocidad, en la Fórmula I, la Moto GP o el AVE, se considera un atributo de progreso. En la misma línea, la eficiencia y la productividad (cuánto se consigue hacer en un tiempo dado) se valoran como atributos positivos. En muchos círculos, ser una persona ocupada proporciona un aura de importancia o respetabilidad. 

    ¿Cómo situar el impacto del móvil en este contexto?

    Se debe reconocer, para empezar, que la tecnología no es neutral, porque quienes la diseñan, y quienes financian a quienes la diseñan dejan su huella. En la medida en que los ingenieros valoran la versatilidad, la velocidad y la productividad, incorporan esos atributos a sus productos. La publicidad traslada luego a los usuarios la presión de aprovechar esos atributos, a veces con la colaboración acrítica de periodistas seducidos por la maquinaria de propaganda de una industria cada vez más poderosa e influyente. 


    CAPACIDAD DE AUTOORGANIZARSE

    El modo en que cada cual responde a esta presión depende en parte de sus circunstancias específicas. Un operario de mantenimiento recibe por el móvil la indicación del cliente al que ha de visitar y envía luego aviso de la finalización de las tareas; es así un instrumento de información, pero también de supervisión y de presión que no puede desconectar. Por el contrario, para un profesional independiente con más libertad de movimientos y de auto-organización, el móvil puede ser una herramienta ideal para organizarse y distribuir su tiempo. Pero sólo si tiene la capacidad de autoorganizarse, incluyendo la de decidir cuándo alejarse de él o incluso apagarlo. De lo contrario, se dispersará atendiendo de continuo a llamadas, mensajes, alertas y oportunidades de entretenimiento. La proliferación de la fea costumbre de poner visiblemente el móvil sobre la mesa al sentarse en una reunión o incluso a comer indica una disposición (a menudo enfermiza) a ceder al aparato el control de ese tiempo concreto en lugar de utilizarlo como instrumento; a perder presencia e identidad. 

    Miramos el móvil por temor a estar perdiéndonos algo

    No se puede culpar sólo a la tecnología de la aceleración de la vida

    La conclusión es que no hay una respuesta única a la cuestión de la influencia de la tecnología en la aceleración de la vida: no se puede culpar en exclusiva a la tecnología de la aceleración del tiempo. Tenemos que interiorizar que la tecnología sólo abre posibilidades; son los diseñadores quienes proponen —pero sólo proponen— soluciones. A partir de ahí, corresponde a cada cual, de forma individual o colectiva, fijar criterios para escoger entre las opciones disponibles y actuar de modo consistente para llevarlos a la práctica. Veamos la tecnología como un arma cargada de futuro; nos corresponde decidir cómo usarla. 

    En circunstancias no del todo distintas, en plena revolución industrial, Karl Marx escribía que “todo lo sólido se desvanece en el aire y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”. Sigue siendo de actualidad. Sugiero por ello recurrir a la filosofía para encontrar orientación y referencias. José María Esquirol propone en su filosofía de la proximidad que aprendamos a resistir la presión que lleva a la disgregación del ser. Markus Gabriel, un joven filósofo alemán, nos recuerda a este respecto que “la mente humana tiene la particularidad de que también se puede autodestruir”. Son riesgos a los que puede contribuir el mal uso de la tecnología, porque la red fascina y absorbe; nos atrae hacia afuera y nos aparta de lo íntimo, de lo más propiamente nuestro. Distingamos, también en relación con la tecnología, entre lo que es posible hacer y lo que nos conviene.

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