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  • Septiembre 2018

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    Los proyectos autogestionados de co-vivienda para mayores, donde los usuarios son también los socios que fijan las reglas, proliferan en España, pero deben sortear muchos obstáculos.

    ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

    Queremos ser protagonistas de nuestra propia historia hasta el final, regirnos por nosotros mismos y nunca dimitir del proyecto que exige la dignidad de los mayores”. Cruz Roldán habla con el entusiasmo de un chaval que tiene entre manos un proyecto extraordinario que aspira a tener un impacto revolucionario. Y este chaval, que ya ha superado los 80 años, realmente lo tiene: es el presidente de Convivir, la cooperativa que construyó una residencia autogestionada para personas mayores en Horcajo de Santiago (Cuenca), una idea que no dejó de parecer utópica hasta que se inauguró, en 2016: un total de 65 apartamentos en un edificio de más de 7.000 metros cuadrados con todos los servicios -lavandería, comedor, enfermería, fisioterapia, podología, gimnasio, peluquería, jardines, huerto-, la asistencia de la cooperativa Suara -especializada en cuidados-, y el destino y la intimidad de cada socio en sus propias manos mientras la salud lo permita.

    Roldán explicó la experiencia de Convivir en unas jornadas celebradas recientemente en El Prat de Llobregat por iniciativa de la Cooperativa Obrera de Viviendas (COV), una de las grandes referencias en el cooperativismo de viviendas, para explorar esta vía en auge: proyectos para envejecer junto a los amigos “de forma activa y saludable” -como subrayó Roldán-, no como pasivos receptores de servicios sino participando activamente también en la creación de la oferta y de las normas en común, con principios de autogestión, ayuda mutua y siempre conservando una parcela de intimidad. 

    Esta visión sobre la propia vejez, que en Convivir se ha sintetizado con el lema Añadir vida a los años, es relativamente común en países escandinavos -sobre todo en Dinamarca-, y en España está dejando de ser una rareza, con la proliferación  de iniciativas, como la propia Convivir; Residencial Santa Clara -la pionera, con 76 apartamentos en los Montes de Málaga, inaugurada en 1999-; Trabensol, un complejo con 54 apartamentos en Torremocha del Jarama (Madrid) operativo desde 2013; o proyectos en preparación como La Brisa del Cantábrico, que cuenta ya con una parcela de 90.000 metros cuadrados en San Miguel de Meruelo (Cantabria); o Can70, proyecto de covivienda senior en Barcelona, que suma 19 socios y 15 unidades de convivencia y busca, con el apoyo de Sostre Cívic, una ubicación en cesión de uso (alquiler a muy largo plazo, como 75 o 100 años) y una decena de socios más para hacer sostenible el proyecto, como explicaron dos de sus portavoces en las jornadas de El Prat.


    INVESTIGACIÓN

    El proyecto de investigación Movicoma, que estudia el auge, desarrollo e impacto del movimiento de vivienda colaborativa de personas mayores en España (senior cohousing, en inglés), elaborado bajo el paraguas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), tiene identificados 34 grupos en España sumando a los que ya están conviviendo bajo el mismo techo, los constituidos y activos en la preparación del proyecto y los emergentes que están dando los primeros pasos en serio.

    Los investigadores realizaron entrevistas a 148 personas involucradas en 14 de estos proyectos -en su gran mayoría, cooperativos-, y el principal motivo que les llevó a involucrarse es “envejecer con autonomía e independencia”, seguido de “disponer de servicios y entornos adecuados” -que ellos mismos planifican- y “compartir y vivir en comunidad”, rodeado de amigos y bajo los principios de autogestión y ayuda mutua. 

    En estos casos, el motor no es pues la dificultad económica de acceso a una residencia, sino la voluntad de vivir de modo distinto a cómo suele hacerse en los centros de mayores, incluso en los mejores y en los más respetuosos con los huéspedes: “No es sólo un problema de calidad de los cuidados y las atenciones, es un problema de que tener independencia y control sobre la propia vida”, sintetizan los investigadores sobre el sentir de los promotores que han participado en la encuesta. Como la mayoría son miembros de sus cooperativas, pueden participar en los procesos de decisión sobre los equipamientos, los servicios y las normas, que definen en tanto que socios y cumplen en tanto que usuarios.


    DIFICULTADES

    Que el móvil no es económico es evidente también porque estas apuestas no suelen ser baratas: son los socios de la cooperativa los que asumen, en general, la compra del terreno, la construcción de las viviendas y las instalaciones, la gestión del espacio y la oferta de servicios mancomunados. Ello exige necesariamente disponer de ahorros para las aportaciones inciales -en algunos casos, sumarse a la cooperativa requiere la aportación de 60.000 euros-, incluso si el coste final está en la franja baja, como podría ser por ejemplo en el caso de disponer de terrenos o equipamientos públicos en régimen de cesión de uso. Esta figura es habitual en los países escandinavos y Alemania, pero aún rara en España, y es un híbrido entre la propiedad y el alquiler: el inquilino puede disfrutar de la vivienda durante un largo periodo -en ocasiones, más de 100 años-, con posibilidad de ceder el derecho en herencia y a cambio de una aportación mensual mínima una vez cubiertos los costes de construcción. Sin embargo, no se es propietario ni se puede vender en el mercado, aunque sí recuperar toda la inversión si uno decide marcharse.

    Un estudio de la UOC identifica 34 grupos de co-vivienda para mayores

    La principal motivación es mantener el control sobre la propia vida

    Los proyectos requieren una media de 10 años para hacerse realidad

    Estas fórmulas poco convencionales de covivienda de mayores tenían además un problema tradicional añadido de acceso a la financiación ante la incomprensión del sistema financiero clásico, lo que limitaba todavía más las posibilidades de que los proyectos llegaran a materializarse. Sin embargo, la emergencia de la banca ética y cooperativa en los últimos años ha supuesto un gran impulso a esta fórmula porque entidades como Fiare Banca Etica, Triodos Bank y Coop57, entre otras, no sólo entienden este tipo de proyectos sino que muestran una gran predisposición en apoyarlos, obviamente siempre y cuando cumplan todos los requisitos para ser sostenibles.

    Las dificultades financieras se suman a las legales, puesto que estos proyectos no acaban de encajar con las rígidas normativas de residencias -que fijan, por ejemplo, un ratio de empleados por huésped- porque estrictamente no acaban de serlo, lo que complica todavía más llegar a buen puerto tras un camino necesariamente largo y complicado. Cruz Roldán considera que el elemento más importante es contar “con un grupo motor muy cohesionado, con la misma visión”, pues deberá hacer frente con toda seguridad a innumerables obstáculos. Él estima que apenas el 10% los proyectos esbozados acaban convirtiéndose en realidad. Y siempre mucho tiempo después de imaginarse: el estudio de Movicoma calcula que entre que se forman los grupos y acceden a las instalaciones pasan, de media, en torno a 10 años. En ocasiones, incluso 15 o 20. Y es que la tarea es ingente: constituir la cooperativa, formular un proyecto a gusto de todos, encontrar los terrenos, buscar financiación, construir las viviendas, encontrar los proveedores de servicios -médicos, limpieza, etc.-...

    Y ahí radica quizá la principal dificultad: ahora que se dice que los 50 son los “nuevos 30”, hay que ser capaz de pensarse en cambio con 70 años para ponerse ya manos a la obra. Esto sí que es revolucionario. 

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