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“Lo más importante es que aquí decides tú”

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Septiembre 2021 / 94

Entrevista a Aurora Moreno, fundadora del residencial Santa Clara.

Pionera de los centros de mayores autogestionados en España, Moreno (Málaga, 1934) fue la principal artífice del residencial Santa Clara y presidió durante muchos años la cooperativa que lo gestiona. Lleva 21 años viviendo en este centro ubicado en los montes de Málaga, con espléndidas vistas al Mediterráneo.

¿Cómo nació la idea de construir Santa Clara?

La idea la tenía prácticamente desde niña, cuando empecé a conocer lo que antiguamente se conocía como asilos. La dejadez que había entonces hacia las personas mayores me llevó a pensar que en un futuro yo quería algo distinto para mi familia y mis amigos. Pensaba en un lugar que nos confortara en la vejez en el que tuviéramos capacidad de decisión para organizar nuestra propia vida. 

¿Cuánto tardaron en poner en marcha el proyecto?

La idea que yo tenía quedó latente durante muchos años. A finales de la década de 1980, un grupo de amigos y compañeros nos preguntamos: “¿Por qué no hacemos una cooperativa y vamos dando un dinero mensualmente hasta que encontremos un lugar apropiado, cerca del núcleo urbano y del barrio donde hemos nacido y donde hemos vivido?”. En 1991 constituimos la cooperativa Los Milagros y me nombraron presidenta. Poco a poco, con empeño, con esfuerzo y con constancia, que es lo que hay que tener, conseguimos por fin empezar las obras en 1998. El residencial abrió en 2000. 

¿Con qué instalaciones cuenta?

El residencial tiene más de 7.000 metros cuadrados construidos, piscina y unas zonas de actividades y esparcimiento magníficas. Hay 76 apartamentos de 50 metros cuadrados útiles y casi 18 metros de terraza, todos con vistas al mar. La mayoría son de un dormitorio y los demás tienen dos. 

¿Cómo financiaron la construcción?

El proyecto se financió con cuotas mensuales que íbamos aportando para reunir el capital necesario. Al principio dábamos 5.000 pesetas  (30 euros) al mes y 25.000 pesetas con cada una de las pagas extraordinarias de julio y diciembre. Como empezamos a ahorrar cuando apenas teníamos 60 años y no tuvimos que desembolsar ninguna cantidad hasta seis años después, teníamos un buen fondo para comenzar. No queríamos nada con los bancos, no pedimos ningún crédito. Lo pagamos todo con las aportaciones de los socios de la cooperativa. El préstamo de dos amigas mías nos ayudó a comenzar las obras. Esto nos salió muy barato; fue algo extraordinario.

¿Cómo se reparte la propiedad?

Aquí no existe división horizontal. Todo es de todos. Tenemos unos títulos que nos dan derecho al uso y disfrute de cada apartamento. Como las viviendas se revalorizan con el IPC, hoy valen el 43% más.
 

¿Están todos los apartamentos ocupados? 

Tenemos lista de espera. Ahora va a haber nuevas incorporaciones porque hemos tenido una serie de desgracias por la covid y residentes fallecidos por otras causas. En la primera ola perdimos cuatro personas por culpa del virus, entre ellas a mi hermana.

¿Qué pasa cuando fallece una persona residente?

Si ninguno de sus herederos quiere quedarse con los títulos que dan derecho al uso y disfrute de la vivienda, se les revierte el capital aportado por el socio fallecido menos los 9.000 euros de la cuota de entrada en la cooperativa. Es baratísimo: tener un apartamento en uso y disfrute con estas zonas comunes sale por unos 68.000 euros. 

¿Qué tal se compagina la intimidad con la vida en común?

Perfectamente. Lo bueno que tenemos aquí es que hay libertad total de actuación, respetando siempre las normas aprobadas por la asamblea general de la cooperativa, en la que participan todos los socios, que garantizan la convivencia en las zonas comunes, el respeto mutuo, el control de los ruidos... Cada persona  paga las comidas que hace en el comedor común. El resto de los servicios y actividades, como la luz, la limpieza, la consulta médica y la gimnasia se pagan con las cuotas mensuales (unos 1.300 euros por residente). Tenemos un coro, un grupo de castañuelas, proyecciones de películas, cinefórum, biblioteca, karaoke... También tenemos una asociación, Los amigos del buen vivir, para hacer excursiones e ir juntos al teatro. 

¿Todas las personas residentes son miembros de la cooperativa?

Todas. Aquí no puede vivir nadie que no lo sea. Es más: no puede entrar nadie en un apartamento si no está el residente que tiene la posesión de los títulos. No se puede dejar la llave y que vengan los familiares solos de vacaciones. Estos pueden quedarse hasta un mes, siempre acompañando a la persona residente.

¿Cómo se toman las decisiones?

Tenemos un consejo rector elegido entre los socios de la cooperativa que propone los cambios que considera necesarios. Todo gasto que supere los 6.000 euros debe ser aprobado por la asamblea general, en la que todos los socios tienen voto. Por ejemplo, acabamos de instalar placas solares. Parece mentira lo que hemos tardado en hacerlo, con el sol que tenemos en Málaga. 

¿Qué ventaja tiene el modelo de residencia autogestionada frente a las residencias convencionales?

Son muchas. La más importante es que aquí decides tú. Tú eres el protagonista. Aquí se respeta la capacidad de decisión que tiene todo ser humano. No se obliga a nadie a nada. En segundo lugar, tenemos una vivienda en la que cada uno tiene plena libertad para desarrollar sus aspiraciones según la edad y según las condiciones que la naturaleza o Dios le dé para afrontarlas. Si quiero levantarme tarde, me levanto tarde. Aquí no se despierta a la gente a una hora determinada. Aquí tenemos libertad. Y a los enfermos se les tiene un respeto muy grande.

¿Qué balance hace de estos 18 años de convivencia?

El proyecto ha tenido casi todos estos años una trayectoria ascendente, pero ahora diría que empieza a descender. Los fundadores de la cooperativa éramos gente con ideas comunes muy arraigadas. Tras entrar personas que no comparten esta visión fundacional, ahora siento cierto desconcierto. Este proyecto se hizo fundamentalmente para personas de clase media y ahora está adquiriendo unos costes que tenemos que revisar. Comprendo que hay que innovar y mejorar las cosas, pero sin olvidarnos de que este no es un lugar para personas pudientes; no es para ricos.

Echando la vista atrás, ¿se han arrepentido de alguna cosa? ¿Hay algo que hubieran hecho de distinta manera?

Cuando llegó la crisis económica, hace unos años, quedaron varios apartamentos vacíos. El miedo nos hizo subir la edad máxima de entrada de 70 a 75 años para que vinera gente y luego eliminamos el límite, siempre que las personas pudieran desenvolverse por sí mismas. El resultado fue que ahora tenemos personas muy mayores que necesitan muchos cuidados. Si hubiéramos aguantado más, quizás tendríamos personas con menos edad. Para entrar ahora en la cooperativa damos prioridad a las personas más jóvenes.

¿Qué recomendaría a quienes estén pensando en emprender un proyecto como el de Santa Clara?

Les diría que no tengan miedo, porque van a seguir viviendo como en su casa. Pueden llevar consigo los muebles y los objetos que quieran, van a tener la misma libertad. Solo se precisa reconocer necesidad de vivir parte del día en comunidad.