Un escenario muy real: el choque de generaciones

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  • Diciembre 2013

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    Profesor de Sociología de la Universidad de Zaragoza

    La crisis no ha golpeado a todos por igual Y los jóvenes han sido especialmente perjudicados. el “no nos represenTan” tiene raíces muy profundas: es urgente abordar sus causas

    Ahora que algunos parece que están dispuestos a dar por cerrada la crisis, resulta esencial que, cuando se escriba la memoria de estos años, no se entierren ciertos detalles. No todo el mundo ha vivido en crisis, y es muy probable que quienes se apresten a contarnos lo que ha pasado formen parte de colectivo menos afectado. Los efectos sociales de la crisis van por barrios, y en algunos de estos, el huracán que ha destrozado vidas y quebrado certidumbres se ha manifestado solo como una ligera brisa incapaz de acatarrar a nadie. Los datos estadísticos son concluyentes. Las rentas que más han disminuido, con diferencia, son las de los hogares más desfavorecidos (hogares en la primera decila de ingresos), que han visto retroceder sus ingresos, por término medio, cerca de un 30% (entre 2007 y 2011).

    Uno de los colectivos afectados más intensamente por la crisis son los jóvenes en transición a la vida adulta. Entre el primer trimestre de 2008 y el primero de 2013, la tasa de ocupación de jóvenes de dieciséis a veinticuatro años ha disminuido un 60%, y la de las personas de veinticinco a treinta y cuatro en un 35%. En este período, la proporción de personas mayores de cincuenta y cinco años ocupadas no ha disminuido, y apenas han variado las de treinta y cinco a cuarenta y cuatro años que trabajan (en menos de un 5%). En otras palabras, la crisis del empleo ha azotado fundamentalmente a la juventud. Aunque los medios de comunicación nos hayan bombardeado con imágenes de empresas que echaban el cierre dejando en la calle a trabajadores con largas experiencias laborales, la verdadera cara de la crisis del empleo es mucho más joven. Se trata de personas que abandonan el sistema educativo con un horizonte laboral bloqueado, y de jóvenes (y no tan jóvenes) con empleo precario, cuyo contrato no era renovado tras su extinción. La inmensa mayoría de ellos no se han hecho acreedores a prestaciones de desempleo o estas han expirado ya y los han dejado a la intemperie.

    Basta echar un vistazo a los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida, la fuente más fiable de información sobre la situación socioeconómica de los hogares y las personas que viven en ellos para comprobar que estamos en una crisis con un fuerte componente generacional. Cuando examinamos, por ejemplo, la evolución en el período 2007-2011 de las rentas derivadas del trabajo entre las personas que tienen empleo, los datos son inequívocos: mientras que habían disminuido en un 4% entre los jóvenes de dieciséis a veinticuatro años (a precios constantes), permanecían prácticamente intactas en segmentos de cuarenta y cuatro a cincuenta y cinco años y habían aumentado (un 6%) en colectivos de cincuenta y cinco a sesenta y cuatro años.

    El incremento del desempleo de los jóvenes y los ajustes salariales que han experimentado en sus puestos de trabajo (más que otros colectivos de edad más avanzada) han redundado en un empobrecimiento de los hogares donde viven y, por ende, un empobrecimiento de los niños que dependen de ellos. Los datos vuelven a ser poco dudosos. Entre 2007 y 2011, la pobreza anclada (es decir, calculada tomando como referencia el umbral de ingresos que sitúa un hogar en la pobreza en 2007) había aumentado en todos los grupos de edad, salvo en los mayores de sesenta años. Quienes más vieron aumentar su riesgo de pobreza fueron los jóvenes de veintiuno a treinta años (8 puntos porcentuales) y los niños (6 puntos).

    ILUSTRACIÓN: PERICO PASTOR

     

    OBSTÁCULOS

    En 2010, las tasas de emancipación empezaron a disminuir e invirtieron una tendencia positiva de una década, que había corregido las tasas inusualmente bajas de emancipación de los jóvenes españoles en la década de los noventa, lo cual mostraba que, cuando pueden permitírselo, los jóvenes españoles se emancipan como cualquier otro europeo a su edad. Ahora, los jóvenes no se van de casa porque no hay lugar mejor para capear el temporal que el hogar familiar. Algunos (muchos menos de los que a veces se dice) vuelven junto a su familia tras truncarse su proyecto emancipatorio. Las encuestas demuestran sistemáticamente que el principal obstáculo para la transición a la vida adulta es la situación del mercado de trabajo, no la falta de deseo de los jóvenes de vivir de manera independiente.

    La coyuntura de recesión, por tanto, ha abocado a muchos jóvenes a situaciones de adversidad olvidadas desde hace años. Pero nos equivocaríamos si tras la superficie no fuéramos a buscar elementos estructurales persistentes. Los efectos de la crisis de empleo actual sobre los jóvenes se parecen a los que experimentaron otras personas de su edad en la última recesión atravesada por España en el período 1992-1994. Entonces también fueron los jóvenes (por encima de cualquier otro grupo) quienes experimentaron dificultades de inserción en el mercado de trabajo y perdieron masivamente sus empleos. Las tasas de emancipación aceleraron su caída, hasta el punto de no recuperarse hasta el final de la década.

    Políticas públicas que en otros países favorecen a los jóvenes  permanecen aquí en estado de subdesarrollo

    Los perfiles de la desigualdad en España tienen una dimensión intergeneracional clara

    La magnitud y duración de las dos crisis fue diferente. Pero las causas que arrastran a los jóvenes a la precariedad y el desempleo tienen la misma naturaleza. En el núcleo del problema se encuentran grandes transformaciones económicas de la sociedad post-industrial (terciarización de la economía, globalización, etc.) y lo que el sociólogo británico Richard Breen ha llamado “transferencia de riesgos” desde las empresas a los trabajadores en un contexto de creciente competición e incertidumbre. Esa transferencia viene filtrada por procesos institucionales y políticos. En España, la situación de los jóvenes resulta especialmente mala en comparación con la que presentan países de nuestro entorno porque las instituciones del mercado laboral han propiciado una transferencia de riesgos sesgada, en la que los jóvenes son los grandes perjudicados, y las instituciones del Estado social han hecho muy poco por aliviar esos perjuicios y favorecer su activación laboral.

    En el mercado de trabajo, los jóvenes han sido relegados a un segmento laboral precario, en el que los contratos son cortos, los salarios más bajos y las oportunidades de formación más reducidas, condiciones que muchas veces aceptan porque tienen la expectativa (truncada a menudo) de que se trata de una situación provisional, que cambiará si se muestran como trabajadores dóciles, disciplinados y útiles a la empresa. En este contexto, los intereses de los trabajadores precarios son tenidos en cuenta raramente en la negociación colectiva, y su puesto de trabajo está sujeto a los vaivenes de la economía.

    Por si fuera poco, el Estado de bienestar también ha abandonado a los jóvenes a su suerte. La combinación de mercados laborales duales y un sistema de protección social asentado sobre la lógica del aseguramiento, produce una polarización entre un segmento de trabajadores con derechos sociales relativamente generosos y un numeroso grupo de trabajadores y ciudadanos que gozan de bajos niveles de protección porque no han trabajado o su carrera laboral es corta o errática. Entre estos últimos, los jóvenes están claramente sobrerrepresentados. Políticas públicas que en otros países de nuestro entorno favorecen a los jóvenes (como las de alquiler social, las activas de empleo para favorecer la transición escuela-mundo laboral, ayudas universales a familias jóvenes con niños pequeños, guarderías), permanecen en España en estado de subdesarrollo. Al igual que sucede en otros países del sur de Europa, la estructura de gasto social de España tiene un perfil marcadamente gerontocrático.

    Como resultado de todo ello, los perfiles de la desigualdad en España tienen una dimensión intergeneracional clara. “No nos representan” es un eslogan con raíces profundas. Los principales partidos y sindicatos no representan a una proporción muy elevada de jóvenes que no están encontrando respuesta a problemas y demandas que les afectan de manera bastante transversal: desempleo, precariedad laboral, sobrecualificación, acceso a la vivienda, problemas de conciliación. Por primera vez en mucho tiempo, la nueva generación de jóvenes está viéndose excluida del horizonte de privilegios que habitualmente esperaban al final de la juventud: trabajo estable, piso en propiedad, estabilidad económica. En estas condiciones urgen nuevas soluciones para evitar que se abran resquicios a dinámicas inéditas de enfrentamiento intergeneracional.

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