1769-1771: la revolución industrial

  • Febrero 2021

    En 1769, James Watt patenta su máquina de vapor. Dos años después, Richard Arkwright abre la primera fábrica de tejidos de algodón moderna. Son dos hitos del inicio de la revolución industrial.

    Hacia 1700, Inglaterra es, en muchos aspectos, uno de los países más avanzados de Europa. Comparado con la Francia del fin del reinado de Luis XIV (1715) muestra, según los historiadores François Crouzet y Jean-Pierre Poussou, una superioridad económica y “una mayor modernidad […] en el terreno de las ideas políticas, sociales y, en parte, en el de las ciencias y las técnicas”. Es la Inglaterra de William Petty (1623-1687), padre de la economía política, de Isaac Newton (1642-1727), fundador de la física moderna, y de John Locke (1632-1704), teórico del liberalismo político y comisario para el Comercio y las Colonias en 1696.

    Un medio favorable

    Políticamente, aunque el país había sufrido una guerra civil a mediados del siglo XVII, se había logrado una estabilidad duradera mediante el compromiso alcanzado entre la corona y el Parlamento con motivo de la Revolución Gloriosa de 1688. Económicamente, el país inicia un crecimiento que continúa a lo largo de todo el siglo XVIII y que va acompañado de un notable auge demográfico. Desde finales del siglo XVI y bajo la influencia holandesa, la agricultura se ha ido transformando. A partir de 1660, Inglaterra es exportadora de cereales. La industria está ya diversificada a comienzos del siglo XVIII: tanto las fábricas de cerveza, de azúcar, de jabón, de ladrillos, de vidrio y de papel como la siderurgia y la metalurgia, especialmente la fabricación de herramientas agrícolas, se apoyan en la creciente explotación de las minas de hierro y carbón. Estas últimas proporcionan también la energía para calentarse. A ello se añade la construcción naval, tanto al servicio del comercio como de la guerra.   

    Inglaterra vive una época de estabilidad  política y auge económico

    Pero el textil es la industria principal. En el siglo XVIII alcanza pleno desarrollo la industria algodonera. La materia prima llega en abundancia desde las 13 colonias norteamericanas, que constituyen también un mercado en expansión para los productos textiles y metalúrgicos británicos. Todas estas actividades engendran y difunden múltiples conocimientos técnicos, tanto entre la población de las ciudades como del campo, que hila, teje o baja a las minas.

    Este auge industrial está íntimamente ligado al comercio internacional y a la expansión del imperio. A partir de 1660 se desarrolla su explotación económica gracias a la deportación masiva de esclavos africanos y al auge de las plantaciones azucareras en el Caribe y, posteriormente, en América del Norte. Hay que subrayar, además, la vinculación entre los diferentes triunfos de Inglaterra y la cuestión de la tierra. Los cultivos americanos de algodón suministran a la metrópoli las materias primas industriales; la abundancia de carbón permite economizar la madera y proporcionar una fuente de energía fundamental. 

    El impulso de la innovación

    En el plano científico, Inglaterra se distingue por su interés por la ciencia aplicada a la agricultura, a la industria, al comercio y a la navegación. La Royal Society, fundada en 1660, es la punta del iceberg, pero hay muchos otros círculos que florecen en el siglo XVIII e intentan responder a las preguntas que plantea el auge económico del país.

    El ingeniero y fabricante de instrumentos de precisión James Watt (1739-1819) pertenece a uno de esos círculos, la Lunar Society de Birmingham, un medio muy estimulante de industriales y eruditos que intentan responder a problemas técnicos concretos. El problema al que se dedicó Watt fue perfeccionar una máquina de la que, a mediados del XVIII, ya había un centenar de ejemplares en Gran Bretaña: la máquina a vapor de Newcomen, inventada hacia 1710 para bombear agua en las minas de carbón. Tenía un gran defecto: tras su distensión, el vapor se concentraba en el interior del cilindro de compresión y lo enfriaba considerablemente. Watt crea una máquina dotada de un condensador separado del cilindro y la patenta en 1769.

    El industrial Matthew Boulton se da cuenta del interés de ese invento y pone a disposición de Watt mecánicos con experiencia y medios financieros. Las primeras máquinas se instalan en 1776 en las minas de Bloomfield y en las fábricas de Wilkinson para accionar la ventilación de los altos hornos. Entre 1776 y 1800, la fábrica Boulton-Watt produjo alrededor de 500 máquinas. Luego fueron perfeccionándose.

    Duras condiciones laborales

    Pero 500 máquinas no son suficientes para provocar el despegue industrial de todo un país. En efecto, la industrialización es, de hecho, muy progresiva y no está ligada únicamente a la máquina de Watt. También se puede elegir, como arranque de la industrialización, la creación por Richard Arkwright, en 1771, de una fábrica de tejidos de algodón en Cromford, en la región de las Midlands. Esta primera fábrica moderna funciona gracias a un potente molino de agua. Pero está provista de una innovación tecnológica fundamental: una nueva hiladora hidráulica, la water frame, inventada por el propio Arkwright. Instalar una fábrica en torno a un molino de agua permite accionar varias water frames

    Se trata de una gran fábrica para su época que, en 1779, emplea ya a 300 trabajadores, por lo que hay que establecer una nueva organización del trabajo. Mujeres y hombres (así como sus hijos), llegados del campo, deben aprender a trabajar juntos, a observar una estricta disciplina, a plegarse a los horarios y a aceptar unas condiciones laborales especialmente duras. Sin demanda, esos grandes cambios no habrían tenido lugar en una fábrica destinada a producir hilo de algodón. Una serie de invenciones revolucionarán entonces esa industria: la spring Jenny, la lanzadera volante  y la mule Jenny, inventada por Samuel Crompton. El gran salto de productividad permitido por esta última incrementa la producción a la vez que hace caer el precio del hilo de 36 chelines en 1786 a 9 chelines en 1801, como ilustra la modernización del sector que conocerá en las décadas siguientes nuevas mejoras técnicas, gracias a la sustitución de la madera por el metal en la construcción de unas máquinas cada vez más automatizadas. 

    Asistimos aquí a un fenómeno esencial de la revolución industrial, ya perceptible en el caso de la máquina de Watt: el vínculo entre los diferentes sectores y las diferentes innovaciones técnicas: la industria del algodón provoca la fabricación de máquinas textiles metálicas. La máquina de vapor, concebida y optimizada para responder a las necesidades de las minas, se generaliza en la industria textil inglesa hacia 1800. Y, utilizada para tirar de las vagonetas que sacan el carbón de las minas, es el origen del tren.

    El carbón y el sector textil fueron los motores del cambio

    Otros sectores adoptan las técnicas de la industria textil para operaciones comparables: de este modo, el estampado de los tejidos de algodón mediante impresión en cilindro inspira a las técnicas de impresión de papeles pintados y, posteriormente, de los periódicos. Se trata, pues, de todo un sistema técnico basado en una fuente de energía (el carbón) y de unos sectores motores (la industria del algodón y, a partir de 1830, los ferrocarriles), el que anima la revolución industrial.

    Círculo virtuoso

    Si la industria del algodón pudo desempeñar ese papel de motor fue porque su dinámica unía innovaciones y crecimiento industrial, resume Patrick Verley: “El círculo virtuoso del crecimiento del siglo XIX se basa en ese intercambio entre ampliación social del consumo, bajada de precios y aumento de la productividad laboral”. Es lo que ocurrió con los tejidos de algodón: había una gran demanda de ellos en el siglo XVIII, que provocó una serie de innovaciones, un incremento de la producción y la productividad, así como una bajada de los precios y, por tanto, un aumento del consumo, tanto en el mercado interior como en el exterior.

    Digamos, por último, que fue alrededor de 1770, cuando se inicia ese círculo virtuoso, cuando tiene lugar el encuentro definitivo entre innovación y demanda, que ya se codeaban desde comienzos del siglo. Se desencadena entonces un proceso que, en el primer sector motor, la industria textil moderna, sin duda inicia Arkwright, y el segundo, el ferrocarril, deriva de la máquina de Watt.

     

    HISTORIA

    1660

    Inglaterra expande su imperio y comienza a explotar económicamente las colonias de Norteamérica y el Caribe gracias a los esclavos africanos y al auge de las plantaciones de algodón y azúcar

    1712

    Newcomen inventa la primera máquina de vapor

    1719

    Primera fábrica de seda en Inglaterra

    1733

    J. Kay inventa la lanzadera volante, que aumenta la productividad de las fábricas textiles

    1750

    Empiezan las exportaciones de ropa de algodón

    1764

    Invención de la spring Jenny, una máquina de hilar que acelera la fabricación de tejidos

    1769

    Richard Arkwright crea la primera fábrica moderna

    1769

    Watt patenta su máquina de vapor

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