Al rescate de Europa

  • Por (Director)
    Marzo 2016

    "Europa se tambalea”, “Europa se trocea”, “El fin de una idea de Europa”, “Europa desestabilizada por cinco años de guerra en Siria”, “Europa entra en la era de la desintegración”, “Europa se rompe”, “Europa se deshace”, “Europa se enfrenta a un desafío existencial”. “Europa agota su tiempo”. Estos son algunos de los titulares recogidos en varias publicaciones europeas durante las últimas semanas. No hace falta insistir más para ver que existe un consenso en el diagnóstico. Pero difícilmente sabemos pasar de aquí. Ya hace tiempo que, como diría el historiador  Tony Judt, “Europa va mal”. 

    Existe una percepción cada vez más generalizada de que el proyecto europeo está seriamente en peligro. El número de frentes abiertos ha crecido durante los últimos años de manera incesante y los últimos desafíos son cada vez más graves.

    Empezamos con la crisis de Grecia en 2009, que estuvo a punto de provocar la voladura del euro. Luego vino la división de Europa entre norte y sur causada por la dogmática política de una austeridad a ultranza, cuyas cicatrices todavía perduran en muchos países. Después vimos la impotencia de la Unión ante la crisis de Ucrania. La amenaza del abandono del Reino Unido ha abierto otra profunda grieta al proyecto europeo. La economía europea sigue atascada, sin fuerza para reducir el paro, la pobreza y la desigualdad ante la incapacidad de establecer una política económica común que acompañe al Banco Central Europeo.

    Sin embargo, la gravedad de  estos contenciosos palidece ante la profundidad de la crisis que está generando el drama de los refugiados. Ahora es la propia sustancia de Europa la que está tocada de muerte. La esencia de Europa es el marco de derechos civiles y políticos que han unido a 500 millones de personas y constituido un referente mundial para todos los pueblos que aspiran a vivir en un sistema basado en las libertades y la democracia. Europa es la construcción más innovadora de la historia capaz de solucionar los litigios por medio de la negociación y el derecho en lugar de su resolución mediante la guerra. Este modelo de convivencia entre pueblos es lo que ahora está en juego.

    Las deportaciones como medida para hacer frente a la crisis de los refugiados suponen no tan sólo una vulneración del derecho europeo de asilo, sino una grave infracción de la regulación internacional sobre esta materia. Los derechos no se pueden cambiar por dinero. Ofrecer a Turquía 6.000 millones de euros para que se haga cargo de unas personas a quienes nos corresponde proteger de acuerdo con nuestro derecho es ilegal, inmoral e inhumano. Como decía recientemente el ex fiscal Carlos Jiménez Villarejo, “habrá que pensar en pedir responsabilidades penales”.  El resultado más dramático de esta grave infamia es que seguirá causando la pérdida de miles de vidas inocentes. Europa se ha asustado ante las dimensiones de la posible avalancha de refugiados y se ha encerrado en sí misma.

    A juicio del profesor de Economía e Instituciones de la Universidad de Greenwich Mehmet Ugur, “el reciente acuerdo entre la UE y Turquía es un vergonzoso ejemplo de la política pública europea, capturada por pequeños poderes con capacidad de veto”. En su opinión, esta política consiste en la coexistencia de “grupos minoritarios xenófobos y unos políticos preocupados por sus oportunidades de reelección”. 

    El peligro de Europa no es que estalle o se disuelva de golpe. El riesgo es que los tratados, directivas y reglamentos que consagran derechos  vitales se conviertan cada vez más en disposiciones vacías de contenido y papel mojado.

    Creo que ya no hay que insistir más en el diagnóstico. Existe una conciencia generalizada de que el proyecto no funciona. No hace falta flagelarse más en que Europa no va o  que se rompe o se desintegra. Ya lo sabemos.  Lo que se necesita es cambiar la tendencia. Si las soluciones son como la alcanzada con el Reino Unido, que para que no se vaya hay que detener el proceso de integración europea, hemos empezado a desmontar el proyecto. Ahora los acuerdos que se llevan son los que implican cada vez menos cesión de soberanía a Bruselas.  Da la sensación de que el proceso de construcción ha llegado al límite.

    Quizá tenemos que volver a empezar a reconstruir el proyecto. Cambiar nuestra perspectiva. Hasta ahora hemos visto Europa como un poder supranacional que estaba ahí, casi caído del cielo, que nos ha proporcionado muchos beneficios: nos ha salvado la agricultura, nos ha permitido construir infraestructuras, financiar investigaciones, apelar a sus tratados para mejorar nuestros derechos; ha rescatado Estados superendeudados  y bancos quebrados. Quizá ha llegado el momento de que los ciudadanos tengamos que volver a pensar que nos toca reconstruir Europa, volver a rescatar el proyecto europeo.

    Los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones civiles, los ciudadanos, deben plantearse qué Europa quieren. Abogar por el modelo de Europa que desean. Defender explícita y públicamente los derechos, intereses y objetivos  que quieren para  Europa.

    Europa ya no anda sola. Todo lo contrario. Hay cada vez más fuerzas en contra del proyecto. En frente están los crecientes movimientos nacionalistas y xenófobos. No tiene mucho sentido reiterar hasta el aburrimiento la crítica a los líderes europeos o a los burócratas de Bruselas. Hay que plantear nuevas propuestas, como han hecho el grupo alemán Glienicker y los franceses Eiffel y Unión Política por el Euro. Si se nos cae Europa, ya nos podemos ir preparando.

     

    Foto portada: Campo de refugiados Osmaniye Cevdetiye, en Turquía. Foto: Parlamento Europeo

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