De negocios y transparencia

  • Junio 2013

    El plan de moralización de la vida pública puesto en marcha en Francia tras el caso Cahuzac [el ex ministro socialista de Hacienda imputado por fraude fiscal] ha levantado pasiones. Quienes se mostraban legítimamente escandalizados después de la confesión del ex titular de Hacienda se muestran ahora molestos ante la perspectiva de tener que hacer público su patrimonio. En su opinión, la transparencia, deseable en todos los actos de la vida pública, debería detenerse ante el umbral de la vida privada. Un exceso de celo del Gobierno, tras su exceso de negligencia, puede, según ellos, provocar la  vindicta pública contra unos irreprochables cargos electos por el mero hecho de ser más ricos que la media de sus conciudadanos. En resumen, ese esfuerzo de moralización podría encender una nueva hoguera de las vanidades que, lejos de purificar el aire de la civitas, lo volvería aún más irrespirable.

    El ex ministro de Hacienda Jérôme Cahuzac.FOTO: CÉSAR

    Sin embargo, existen sólidos argumentos a favor de una mayor transparencia. El primero de ellos es que los electores pueden preguntarse legítimamente si aquellos a quienes confían el poder solo representan sus propios intereses. El mejor modo de disipar esa sospecha es exigirles que saquen a la luz pública su patrimonio y sus ingresos. Es evidente que las declaraciones, al igual que las promesas políticas, no comprometen más que a quienes creen en ellas, y que la historia muestra cómo algunos están dispuestos a ejercer, con la mano en el corazón, todo tipo de profesión de virtud. Pero la vida pública se basa también en la confianza y es importante ganársela con palabras y documentos susceptibles de ser objeto de  eventuales controles.

    El segundo argumento es que numerosas democracias imponen ya esa obligación a sus cargos públicos, y hasta el momento no se ha constatado la aparición de un súbito espíritu de puritanismo que haya excluido del voto a los candidatos ricos y transformado la clase política en una parroquia de seres frugales y desinteresados.  Además, el objetivo de la transparencia no es tanto crear las condiciones para la pureza como obligar a todo el mundo a poner las cartas sobre la mesa.

    Pero cuando miramos fuera vemos, al mismo tiempo, los límites de esas operaciones manos limpias, pues, en efecto, las experiencias extranjeras han mostrado que no siempre protegen el foro democrático de cualquier tipo de conflicto de intereses. La vida pública estadounidense está saturada de normas de transparencia y, sin embargo, está enormemente infiltrada por los intereses de las finanzas, el petróleo, el complejo industrial-militar y de la industria farmacéutica…

    Un esfuerzo de moralización es deseable en Francia, pero no debería venderse como una panacea

    Un esfuerzo de moralización es, pues, deseable en Francia, pero no debería venderse como una panacea, sobre todo porque está claro que no basta con moralizar únicamente la vida pública. No hay ninguna razón para hacer de ella un santuario de integridad en medio de un mundo que no lo es. Los debates actuales en relación con el alcance del fraude fiscal y el modo de remediarlo subrayan que la manzana de la política no es la única podrida que tiene gusanos, y que lo que se espera de ella no es solamente que permanezca indemne a ese mal, sino que luche eficazmente contra él. El caso de Jérôme Cahuzac entraña esa doble enseñanza.           

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