España en el espejo de Grecia

  • Por (Director)
    Febrero 2015

    Desde el inicio de la crisis de Grecia en octubre de 2009, los españoles han seguido con insólito interés las peripecias y calamidades que han vivido sus ciudadanos hasta los más mínimos detalles. Los relatos de las novelas de Petros Márkaris, sobre el empobrecimiento de los griegos, son bien conocidos en España porque recuerdan muchas de las historias vividas aquí. El interés por Grecia no ha hecho más que crecer a medida que se ha ido agudizando la crisis.

    Desde la victoria de Syriza el pasado enero y el inicio de las negociaciones con los mandatarios europeos para conseguir unas condiciones de vida mínimamente decentes, los acontecimientos de Grecia han pasado a las primeras páginas de los periódicos y a abrir los informativos de radio y televisión. Los nombres del sólido ministro de Finanzas, Yanis Varufakis, o del templado primer ministro, Alexis Tsipras, son más conocidos que algunos de los miembros del Gobierno o presidentes de autonomías.

    ¿Por qué tanto interés en todo lo que sucede en Grecia? Todo el mundo sabe las diferencias que existen entre ambos países, tanto desde el punto de vista de su territorio, población y economía, que suponen una cuarta parte de España, aproximadamente. Pero en el contexto europeo ambos países, junto con Portugal, tienen importantes elementos en común. Los dos han sufrido una dictadura militar y tropezado con extremas dificultades para establecer un Estado democrático en sus respectivos territorios, en los que los poderes económicos, religiosos e institucionales siguen manteniendo una gran influencia.

    Ahora las terribles secuelas que está dejando la crisis financiera y económica están asemejando cada vez más las condiciones de vida de españoles y griegos. Si nos fijamos en la evolución de paro juvenil en Europa, los dos países con una evolución más desastrosa son Grecia y España, en los que la proporción de jóvenes sin trabajo es del 50%, tras aumentar unos 30 puntos. Si se considera el porcentaje de desempleados con baja formación, en ambos países se sitúa en torno al 35%. Igualmente, los dos Estados peor clasificados en la clasificación de desempleo de larga duración son Grecia con el 18,4% y España con el 13,1%, de la población activa.

    Los indicadores de trabajadores pobres también reflejan trayectorias similares. En España, el 15,7% de la población vive en hogares donde los adultos trabajan menos del 20% de su potencial laboral, y en Grecia este segmento de la población representa el 18,2%. La pobreza infantil en España alcanza al 34% y en Grecia el 35%, según Eurostat. Los dos países que registran un comportamiento más semejante en tres indicadores tan vitales como son la reducción de los salarios, la disminución de consumo y la destrucción de empleo también son España y Grecia. Todo esto ha redundado en un fuerte crecimiento de la desigualdad. En la lista de países que reflejan el aumento de este desequilibrio registrado entre 2008 y 2012, España ocupa el primer puesto y Grecia el tercero.

    La razón principal de estas similitudes es que con independencia del punto de partida, ambos países han tenido que ingerir, aunque con distinta intensidad, las píldoras de la austeridad.

    Los ciudadanos no tienen un conocimiento exacto de estas y otras tantas estadísticas, pero saben muy bien por sus propias vivencias lo que ha ocurrido en Grecia. Los españoles tienen elementos de juicio sobrados para comprender mejor que nadie la tragedia que están viviendo los griegos.

    El frágil pacto alcanzado el pasado 20 de febrero en Bruselas es la primera victoria del pueblo griego desde el dramático otoño de 2009. Ha sido muy limitada y todavía queda mucha letra pequeña, pero es la primera vez que han logrado negociar y frenar el ritmo de la austeridad. En contra de todas las advertencias / amenazas de los partidos conservadores con el apoyo de los medios de comunicación afines, la escasez de lo logrado no ha producido ninguna frustración. Todo lo contrario. Se ha producido un punto de inflexión que ha sido la recuperación de la dignidad. El apoyo al Gobierno ha pasado del 36% de las elecciones al 75% actual.

    Ha resultado bastante patético el papel del Gobierno español y su alianza servil con Alemania en esta desigual y sin par batalla política que ha empezado en Europa. El Partido Popular ha antepuesto sus intereses de partido a los de su país. Ha extremado las exigencias de austeridad cuando por coherencia con las necesidades del país le correspondía defender el crecimiento.

    El relajo de las infructuosas políticas de austeridad ha sido insistentemente defendido por destacados economistas como los tres premios Nobel Stiglitz, Pissarides y Krugman o instituciones como el FMI y el Banco de Inglaterra. Los conservadores han apostado fuerte contra el Gobierno de Syriza pensando en que su consolidación puede favorecer a partidos afines en España. Esta batalla será larga para decidir qué Europa queremos: la que sirve al capital o a las personas.Cada país debe estar en su lugar.

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