La Europa social que necesitamos urgentemente

  • Por (Director)
    Marzo 2014

    Europa va mal. La percepción de muchos ciudadanos es que la Unión Europea no solo no resuelve sus problemas, sino que los agrava. Desde que estalló la crisis financiera en 2007 y la del euro en 2010 los mandatarios europeos han dado prioridad a sus esfuerzos para resolver los problemas de los bancos. La creación de la Unión Bancaria prácticamente ha monopolizado los debates durante los dos últimos años. La receta dominante para salvar a la banca ha sido una implacable austeridad que ha tenido unos efectos catastróficos en materia de desempleo, pobreza y desigualdad, crecimiento y aumento de la deuda pública.

    La crisis y la manera de gestionarla han transformado Europa. El resultado es una Europa cada vez más desunida. Hay una gran separación entre los países del norte, (los acreedores) que disponen de crédito, y los del sur (los deudores), atrapados por la deuda y graves problemas de financiación. La división ha calado en la opinión pública. El refuerzo de la disciplina del Gobierno económico de la UE es visto favorablemente por el 59% de los alemanes pero solo por el 18% de los griegos, según Pew Research.

    Pero la división más inquietante es la que está generando el aumento de la desigualdad, que tiene su reflejo más doloroso en la expansión de la pobreza infantil. Hoy, en la mayoría de los países de Europa uno de cada cinco niños vive en una situación de pobreza, como ha señalado el profesor Gosta Esping-Andersen.

    El estancamiento del paro en 26 millones de personas en la UE, el aumento de la exclusión y las desigualdades está ocasionando una gran decepción entre los ciudadanos. Según el último eurobarómetro de 2013, solo el 31% de los europeos confía en la UE, lo cual supone un poco más de la mitad (57%) de la confianza expresada en 2007. La crisis está transformando aceleradamente a Europa. La falta de soluciones a los problemas está propiciando un auge de los nacionalismos, la xenofobia y la extrema derecha. Europa precisa un revulsivo y concentrarse en las políticas que resuelven las demandas de los ciudadanos. El camino más seguro es poner en práctica de verdad el Modelo Social Europeo, que “es clave para superar la crisis”, como ha señalado Guy Ryder, director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

    Urge recuperar y profundizar en la Europa social, que tiene soporte en los tratados y en la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE (2000), pero que muchas veces solo se exhibe de manera retórica. La Europa que inspira confianza a los ciudadanos es la de los hechos. La del Tribunal de Justicia de la UE cuando otorga poder a los jueces españoles para frenar los desahucios antisociales, como se ha visto en el caso Aziz. La realidad es que la jurisprudencia europea ha sido el aliado más firme de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. También han sido los jueces europeos quienes han parado los pies a los abusos de la banca española con la anulación de las llamadas “cláusulas suelo” de los créditos cuando se han establecido sin transparencia. En el campo laboral y medioambiental, la doctrina de la UE sigue siendo el baluarte más solvente de los derechos sociales y un referente para todo el mundo.

    Los ciudadanos comprenden la Europa que potencia la ciudadanía europea al proclamar el derecho de los inmigrantes a votar y a ser elegidos en las elecciones locales y europeas. Entienden la Europa que aboga por la igualdad de género consagrada en los tratados, aunque los avances son mínimos.

    Los ciudadanos respaldan la Europa más justa que promueve la implantación de un impuesto sobre las transacciones financieras aprobado por el Parlamento Europeo, aunque al contar solo con el respaldo de once países hay dudas sobre su aplicación real. Este impuesto podría recaudar hasta 50.000 millones de euros anuales, fundamentales para corregir los agravios del sector financiero, limitar la especulación y devolver a la banca a su papel de financiar la economía real.

    El malestar europeo ha provocado la aparición de numerosas proclamas de asociaciones de intelectuales (los alemanes del Grupo Glienicker, los franceses del Grupo Eiffel y del Manifiesto por la Unión Política del euro, que reproducimos en nuestras páginas) que, con distintas fórmulas, proponen más integración y una mayor solidaridad entre países mediante una mayor contribución fiscal de los más ricos (transfer union).

    Hace falta que estas y otras iniciativas se concreten en propuestas de los partidos políticos que animen los debates de las próximas elecciones europeas del 25 de mayo. Los partidos con más instinto social deberían recoger las demandas de los sindicatos y movimientos sociales como un salario mínimo europeo, una pensión mínima europea, una renta básica europea, con los períodos transitorios correspondientes y mutualizar parte de la deuda. La salida de la crisis exige dar prioridad a la creación de empleo y acabar con la competitividad a la baja de los salarios y el deterioro del ambiente laboral. Las elecciones europeas son una oportunidad excepcional para recuperar o perder la confianza de los ciudadanos. La UE se la juega.

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