Pies de barro

  • Octubre 2013

    Angela Merkel ha sido reelegida en septiembre, como estaba previsto, e incluso con
    mejores resultados de los esperados. Toda una noticia en una Europa en crisis en la que,
    desde hace cuatro años, cuando a un dirigente le toca salir, el electorado lo saca, en ocasiones en medio del abucheo general. Sin embargo, la canciller haría mal en dormirse en los laureles, pues la
    película podría ser mucho menos rosa de lo que parece.

    Angela Merkel. FOTO: EUROPEAN PARLIAMENT

    En primer lugar, el frente europeo. La crisis está lejos de haberse acabado, como demuestran, por doquier, el nivel de paro y los estragos sociales. Ahora bien, las diferencias de competitividad que minan la unión monetaria no podrán disminuir y los déficit ir reduciéndose, si Alemania no aprende a consumir y a gastar de modo diferente. Si así lo hace, no solo sostendrá la economía de sus necesitados vecinos, sino que el país volverá a una economía más cooperativa, tras tanto tiempo dedicado a jugar la carta del dumping salarial.

    ¿Cómo hacerlo? La ecuación es relativamente simple: impulsar la inversión pública, abandonada en estos años, y establecer salarios mínimos en los sectores en que se ha desarrollado un proletariado de servicios que hoy roza la miseria. Dos asuntos que, aunque por otras razones, han estado presentes en toda la campaña electoral alemana. 

    Pero la reabsorción de la crisis europea exige también proseguir con los esfuerzos de solidaridad y consolidación institucional emprendidos, mal que bien, desde hace tres años.

    Alemania ha entrado en un invierno demográfico sin precedentes cuyas consecuencias no tardarán
    en notarse

    En el frente de la solidaridad, una parte del electorado alemán va a tener que pasar por el trago amargo de un nuevo plan de ayuda a Grecia. En el de la consolidación institucional, Angela Merkel tendrá que dejar de vacilar en la cuestión de la unión bancaria, pues es el precio que hay que pagar para alejar el riesgo de recaer en la infernal espiral de una crisis soberana.

    Europa necesita que Alemania goce de una buena salud estable. Pero los alemanes pueden terminar descubriendo que su país se parece mucho a un coloso con los pies de barro. Es cierto que sus excedentes comerciales son impresionantes.También lo es que ha vencido por el momento a su déficit público, y que su paro ha alcanzado un nivel históricamente bajo. Pero la disminución de la actividad en los países emergentes y su reorientación progresiva hacia su mercado interior podría hacer perder numerosas zonas de venta a una Alemania que ha basado su desarrollo en la exportación.

    Y lo que es más importante, Alemania ha entrado en un invierno demográfico sin precedentes cuyas consecuencias estructurales no tardarán en notarse tanto en la actividad como en el equilibrio de las cuentas sociales.

    Ese cambio de fortuna no constituiría una buena noticia para Europa. Esperemos que la nueva canciller sea consciente del peligro y sepa instaurar una serie de políticas con el fin de evitarlo, aun cuando no sean las que espera la franja más conservadora de su electorado.

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