Salir de la niebla

  • Diciembre 2013

    Los franceses están de mal humor. Desde la vuelta del verano, cada semana nace un nuevo movimiento que añade una piedra más al muro del descontento: desde los gorros rojos de los manifestantes contra la ecotasa, el impuesto sobre los vehículos de transporte de mercancía y sus gálibos en las carreteras de Bretaña, a los gorros blancos de los que protestan contra el aumento del IVA para el servicio de ambulancias, pasando por los artesanos, los hosteleros o los policías. Lo menos que se puede decir es que el ambiente es pesado.

    Evidentemente, estos movimientos solo se conectan en los medios de comunicación. En la realidad, lejos de formar un coro unido, sus intereses son muy divergentes. No es nada fácil que desfilen codo a codo patronos y empleados, artesanos contra el aumento del IVA y empresarios deseosos de embolsarse el CICE (crédito de impuesto para la competitividad y el empleo), financiado... por el aumento del IVA. Aunque la subida de los impuestos parece ser el hilo conductor de todos esos movimientos, el famoso “hartazgo fiscal” —frase acuñada y consagrada por el propio ministro de Economía— no lo explica todo. La ecotasa, por ejemplo, no ha sido más que la gota de agua que ha desbordado el vaso de los despidos y cierres de fábricas en Bretaña.

    Hay que añadir que esos movimientos son la expresión del singular momento por el que pasa la vida democrática francesa. Un momento que se caracteriza en primer lugar por un fuerte sentimiento de usura social en un país agotado por cinco años de crisis económica. Lo mismo que sus vecinos, se podrá argumentar, y, bien mirado, incluso menos. Sí, pero ello no impide que el paro aumente, la pobreza progrese, las quiebras de empresas se sucedan, y la esperanza de que esas tendencias se inviertan disminuya. Es cierto que no todos los indicadores económicos son tan negativos como hace un año, pero su mejora es demasiado lenta y modesta para calmar la impaciencia y frenar la insatisfacción.

    Este momento también se caracteriza por una confusión política de un nivel raramente alcanzado. Con un Ejecutivo que no logra aclarar ni asumir sus objetivos y lleva a cabo una política que consiste en ofrecer todo e intentar nadar y guardar la ropa, y que promete ahora una revisión a fondo del sistema fiscal que debería haber efectuado al inicio de su mandato, para que se entienda mejor la subida de impuestos que se ha visto obligado a llevar a cabo.

    Pero la confusión ambiental se debe también a una derecha que no ofrece auténtica alternativa y que no termina de salir de sus peleas de liderazgo, de modo que está poniendo la alfombra roja al Frente Nacional en numerosos lugares.

    Es hora de disipar esa doble niebla y volver a dar legibilidad al debate político. El carburante natural de la democracia son unas ideas sobre el interés nacional enfrentadas, fuertes y creíbles, pues permiten inscribir las pasiones políticas en el lenguaje articulado de las propuestas de gobierno y someterlas a la deliberación colectiva.

    Manifestación de trabajadores de sanidad en Clermont-Ferrand. FOTO: ROSEMARY DUKELOW

    Este artículo sólo es posible con tu colaboración.
    Haz una donación
    Los artículos que componen el dossier son:

    Todavía no hay comentarios, sé el primero en opinar

    Escribe tu comentario