Siniestra comedia

  • Diciembre 2013

    Director de Alternatives Economiques

    Sé perfectamente que, cuando se trata de las migraciones, es mucho más fácil indignarse que hallar soluciones. Pero también sé que no se puede reducir a quienes un día emprenden el camino del exilio a unas cifras en un registro administrativo. Los que hoy huyen de Eritrea, Somalia o Sudán para llegar a Libia y embarcarse allí en unas balsas improvisadas son mujeres, hombres y niños animados por el único deseo de sobrevivir, aunque la travesía es con frecuencia fatal para ellos. Centenares mueren frente a las costas de Malta o Lampedusa.

    Esta tragedia nos recuerda lo poco compartida que es nuestra globalización. Permite que circulen bienes, servicios y capital como nunca, pero construye muros cada vez más altos contra el movimiento de los seres humanos. No ha sido siempre así. La primera globalización, que marcó la segunda mitad del siglo XIX vio cómo decenas de millones de europeos atravesaban el Atlántico para llegar a Estados Unidos. Proletarios sin trabajo o campesinos sin un céntimo huían de la miseria de Puglia, el campo irlandés o los pogromos de Rusia. Se llamaban Kennedy, Gershwin o Di Maggio. Y no se les pedían papeles.

    El utilitarismo no es el argumento central ante las migraciones, pero Europa, envejecida, necesitará
    aportes de población

    Esos tiempos han pasado. Sin embargo, los países del sur de Europa, lacerados por la crisis, ven de nuevo cómo una parte de su juventud emprende el camino del exilio, y para ellos, la esperanza está también más al Norte. Quizá ésta sea la causa del brote de conciencia humanitaria que se ha apoderado de Italia y de buena parte de Europa ante el espectáculo de los náufragos de Lampedusa.

    En cualquier caso, ante esas modernas balsas de la Medusa, los responsables de Europa dieron brevemente muestra de una empatía que no les veíamos desde hacía tiempo. Pero no han tardado en dejarse dominar por sus reservas mentales: las elecciones europeas se acercan y, en muchos países, los partidos populistas y/o de extrema derecha, famosos por su hostilidad hacia los migrantes, podrían lograr una escalada histórica. En este contexto, los impulsos de compasión se han visto barridos rápidamente por los cálculos de la realpolitik.

    Inmigrantes llegando a la isla de Lampedusa en 2007. FOTO: SARA PRESTIANNI/ NOBORDER NETWORK
    Sin embargo, si bien es cierto que el realismo debe guiar la política, no lo es que deba conducir a la siniestra comedia de intransigencia que hace las veces hoy de política migratoria en la mayoría de los grandes Estados europeos. La realidad es que la inestabilidad del mundo exterior empujará cada vez más a unos hombres y mujeres a tomar el camino del Norte a no ser que se concluyan ambiciosos acuerdos de asociación para el desarrollo, y no tiene por qué ser un drama, ya que, aunque el utilitarismo no es en absoluto un argumento esencial en este asunto, la envejecida Europa necesitará en los próximos años significativos aportes de población. El realismo exigiría, finalmente, que tras haber creado el espacio Schengen, los europeos establezcan una auténtica política común de fronteras de la Unión, al menos para compartir más equitativamente la gestión de esos problemas e impedir esos naufragios vergonzosos.
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