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Economía del estrés

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Febrero 2022 / 99

La covid-19 ha acelerado aún más la ansiedad y la precariedad asociadas a la evolución del modelo económico global. Los expertos advierten de consecuencias devastadoras para la salud.

De salto en salto, hemos acabado viviendo en una auténtica economía del estrés.
El triunfo del neoliberalismo desde finales de la década de 1970, con la irrupción de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, arrinconó el consenso de posguerra y todas las seguridades asociadas —incluidas las redes comunitarias— y dio paso a un modelo mucho más inseguro, competitivo y estresante.

Luego, a partir de 2007, la Gran Recesión global empeoró las condiciones de vida de las clases populares: salarios a la baja, menos derechos y más pobreza y desigualdad. Y más estrés ante la dificultad creciente de llegar a fin de mes.

En medio, la cuarta revolución industrial, basada en la disrupción digital, amenaza con poner patas arriba la gran mayoría de empresas y empleos: de pronto, todos podemos devenir obsoletos. Más estresados todavía.

Y en esto llegó la pandemia de la covid-19: lo nunca visto en el último siglo, con los niveles de ansiedad, estrés y enfermedades mentales en la estratosfera.

Y cuando empieza a otearse un horizonte menos agudo de la pandemia, la inflación irrumpe con una virulencia inédita en 40 años, con especial incidencia en productos y servicios básicos: electricidad, comida y servicios asociados a la propia covid-19 (véase gráfico).

Bienvenidos a la economía del estrés: el PIB y las Bolsas en máximos, pero el estrés desbocado como nunca, con 120 millones de personas con depresión y ansiedad, según The Lancet (1), el 20% más que antes de la pandemia. Solo en Europa, el coste económico de la depresión causada por el trabajo se estima en 617.000 millones al año, según la confederación de sindicatos europeos (ETUC).

Trabajar sin descanso

Nada que ver, pues, con el horizonte que dibujó John Maynard Keynes, quien auguraba que las mejoras tecnológicas y de productividad permitirían trabajar apenas tres horas al día para poder tener una buena vida en 2030. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima en 745.000 las muertes anuales debidas a jornadas prolongadas de trabajo, tan comunes en sociedades como la japonesa, en la que hasta tienen una palabra para ello: karoshi.

James Suzman, antropólogo de la Universidad de Cambridge, que ha revisado con luces largas 30.000 años de historia del trabajo (2), ha concluido que, en realidad, nunca ha habido más desajuste entre “el esfuerzo del trabajo y la recompensa”.

El modelo fomenta la competitividad extrema

“La covid ha agravado mucho la situación, pero llevamos casi medio siglo, a partir de la revolución neoliberal, avanzando en una misma dirección, con un sistema económico que empuja hacia la competitividad extrema en todos los ámbitos y crea sociedades cada vez más enfermas”, explica Albert Recio, profesor emérito de Economía Aplicada en la UAB.

Los académicos han ido aportando nuevos conceptos para perfilar este modelo: “corrosión del carácter” (Richard Sennet), “tiempos líquidos” (Zygmunt Bauman), “precariado” (Guy Standing), “trabajos de mierda” (David Graeber)... La suma de pinceladas forma un dibujo agobiante, alejado de la utopía de la buena vida que intuía Keynes y marcado, en cambio, por el estrés de no llegar nunca; ni siquiera a los mínimos de subsistencia. Y no se trata solo del buen vivir: los efectos sobre la salud son devastadores.

Enfermedades

“A estas alturas las evidencias entre las precariedades derivadas del sistema económico y los problemas de salud ya son abrumadoras”, subraya Joan Benach, director del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

En el epicentro de los problemas de salud está, precisamente, el estrés, desencadenante de muchas otras enfermedades. Benach lidera ahora un proyecto internacional (PRESSED) que pone el foco justamente en la vinculación directa entre estrés y precariedad, así como sus efectos sobre la salud. En las bases del proyecto, expuestas en la revista científica Frontiers in public Health (3), se recopilan múltiples investigaciones en distintos países que refuerzan la conexión directa entre precariedad y estrés, por un lado, y estrés y otras enfermedades, por el otro. Muy particularmente: enfermedades psíquicas y mentales, cardiovasculares, osteoporosis, depresión…

Los británicos Richard Wilkinson, de la London School of Economics, y Kate Pickett, de la Universidad de Nueva York, ambos epidemiólogos además de economista y antropóloga, respectivamente, llevan más de una década liderando el enfoque académico internacional que pone en relación directa la igualdad (y su antítesis: la precariedad) con la salud. En 2009 publicaron un libro importante, Desigualdad (4), completado en 2019 con Igualdad (5), que aportan una enorme base empírica que demuestra hasta qué punto la desigualdad y la precariedad disparan no solo la infelicidad, sino también las enfermedades.

El estrés, como el  tabaco, desencadena muchas enfermedades

Wilkinson y Pickett también colocan en el centro el estrés y la ansiedad, al considerarlos “causas de amplio espectro” como desencadenantes de muchas enfermedades y hacen un paralelismo con el tabaco. “La mayoría de enfermedades, físicas y mentales, obedecen a múltiples causas, y la mayoría de causas contribuyen a muchas enfermedades diferentes, por lo que se podría afirmar que estas causas de amplio espectro producen múltiples enfermedades”, escriben en referencia por igual al tabaco y el estrés.

El tabaco ya está consolidado en el imaginario público como una de estas “causas de amplio espectro” que desencadenan enfermedades muy graves y matan, y así se advierte en las mismas cajetillas. Pero el estrés está aún lejos de esta consideración, pese a las advertencias, entre muchos otros, de Wilkinson y Pickett: “El estrés interfiere en muchos procesos fisiológicos, como el sistema inmunitario y el cardiovascular. Si se prolonga, sus efectos son similares a los de un envejecimiento más rápido: nos vuelve antes de tiempo vulnerables a dolencias propias de la vejez, sin descartar el riesgo de enfermedades degenerativas y muerte prematura. Y también se ha demostrado que incluso un nivel moderado de estrés a lo largo de meses y años eleva los índices de mortalidad y acorta la vida”.

Más riesgo

Una macroinvestigación médica que siguió a 76.000 personas durante una década, entre 1994 y 2004, publicada en el British Medical Journal (6), concluyó que el estrés sostenido incrementa el 29% el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares y hasta el 41% el cáncer. En caso de estrés extremo la probabilidad más que se dobla. (véase gráfico).

La investigación se hizo a partir de encuestas sobre la autopercepción de estrés. Pero como apunta el proyecto internacional liderado por Benach, el estrés puede medirse a partir del cortisol, la hormona que produce el cuerpo como respuesta y que es lo que puede desencadenar otras reacciones del sistema inmunitario y el nervioso.

“Por útil que pueda ser en casos individuales, el estrés no se soluciona solo con meditación o yendo al psicólogo”, subraya Benach, quien recalca la importancia de buscar las raíces en un sistema económico basado en la precariedad, con “un enfoque multidimensional”. Es decir, no se trata solo de medir la temporalidad u otras variables aisladas, sino de construir nuevas métricas que capten la precariedad en toda su profundidad.

Otro de los proyectos de su grupo de investigación es la creación de estas métricas a partir del indicador EPRES (Employment Precariousness), que mide 22 aspectos. El foco está puesto en el conjunto: “las condiciones de empleo (tipo de contrato o despido) y de trabajo (salario, jornada, intensidad del trabajo), de manera que una menor protección y derechos (indemnización, representación o negociación) da lugar a más inseguridad, incertidumbre y vulnerabilidad (con miedo, indefensión, despido) y discriminación (amenazas y violencia)”.

“Por útil que pueda ser en casos individuales,el estrés no se soluciona solo con meditación; hay que buscar las raíces en un sistema económico basado en la precariedad”, Joan Benach, director del Grupo de Investigación en Desigualdades en Salud de la UPF

La aplicación de esta metodología certifica un aumento de la precariedad en España en la última década, sobre todo en las profesiones que con la pandemia se consideraron "esenciales", lo que “ha reforzado todavía más las profundas desigualdades previas, penalizando sobre todo a mujeres, migrantes y jóvenes”, recalca Benach. Según las investigaciones de la UPF, entre 2011 y 2019 la precariedad ha pasado del 32,4% al 41,3% en enfermería y del 50% al 56,3% en cuidados a domicilio. Entre las profesiones con índices superiores al 40%, según este indicador global, estarían también vendedores en tiendas y almacenes (40,9%), cajeros y taquilleros (51,2%) y reponedores (52,5%).

Por su parte, el Instituto de Economía Internacional de la Universidad de Alicante, con otra metodología también multidimensional a partir de siete indicadores (7), estima que el índice de precariedad global roza el 50% y que, en determinados segmentos tradicionalmente asociados a mujeres, migrantes y jóvenes, puede llegar incluso al 90%.

Mariano Sanz, responsable de Salud Laboral de CC OO, considera que la precariedad y todas las inseguridades derivadas del trabajo (o de la falta de él) “se han acentuado como consecuencia de la sucesión de cambios normativos de los últimos años, antes incluso de la reforma laboral [de 2012]”. Y añade: “El equilibrio en las relaciones laborales se ha roto y las consecuencias las vemos también en salud, con el agravante de que el sistema tiende, además, a pasar de puntillas por las causas reales de los problemas y te empuja a autoculparte”.

Índices negativos

España lidera en la UE muchos de los índices relacionados con la precariedad: está entre los países con más paro (el 14,5% frente al 6,7% de media de la UE), líder en porcentaje de contratos temporales (el único país por encima del 20%) y también de temporalidad no deseada (el 50% frente al 30% en la UE). Además, los salarios reales han caído el 6,2% en la última década tras la reforma laboral, al tiempo que se dispara el precio de los productos básicos, hay más trabajadores pobres (el 13% frente al 7% de la UE), más accidentes de trabajo (24,3 por 1.000 ocupados frente a 16,2 de media en la UE) y es el quinto país más desigual de la UE y donde más ha crecido la desigualdad durante la pandemia, según El Observatorio Social de la Fundación La Caixa.

Con estos mimbres tan frágiles afrontó España la irrupción del coronavirus, que ha disparado el estrés, la ansiedad y las enfermedades mentales. El CIS ha registrado sentimientos depresivos en hasta el 53% de los españoles y temor hacia el futuro en el 67%, con porcentajes superiores en las clases populares (véase gráfico).

“Este capitalismo pone  en riesgo capacidades cruciales que hacen que la vida valga la pena ser  vivida, como la capacidad de  trabajar
y de disfrutar”, Angus Deaton,  Nobel de Economía

Una encuesta a 25.000 trabajadores coordinada por la UAB y CC OO en plena pandemia (8) ha certificado que en casi la mitad de los empleos se trabaja en situación de “alta tensión”, que implica “tener más carga de trabajo de la que el empleado puede sacar adelante en la jornada junto a falta de autonomía o de influencia sobre sus tareas”. En algunas profesiones la “alta tensión” supera el 60% (véase gráfico), lo que origina un empeoramiento importante de la salud mental y mayores riesgos para otras enfermedades: el informe de la UAB recalca que trabajar con “alta tensión” aumenta el riesgo de cardiopatía coronaria el 34%; de infarto cerebral el 24% y de ansiedad y depresión el 82%, lo que a su vez incrementa la probabilidad de sufrir otras enfermedades.

Respuesta farmacológica

La respuesta a esta “epidemia de la ansiedad y del estrés”, expresión  utilizada ya por muchos expertos, ha sido sobre todo farmacológica: se ha batido el récord de venta de pastillas. Según la consultora Iqvia, en 2021 se consumieron en España 53 millones de pastillas para tratar la depresión, 61,9 para la ansiedad y 43,9 el insomnio. En total, 159 millones de pastillas, 16 más que en 2019. La covid, pues, ha incrementado el consumo el 11%, una cifra importante pero que revela una situación previa ya muy agobiante.

90% índice de precariedad en algunos segmentos asociados a mujeres, migrantes y jóvenes

Este enfoque puramente farmacológico para tratar problemas que en muchos casos proceden, en realidad, de la precariedad ha causado estragos en EE UU, con la venta indiscriminada de opiáceos, que solo en 2017 causaron 17.000 muertes por sobredosis y que en las dos primeras décadas del siglo XXI "ha matado a más estadounidenses que las dos guerras mundiales", en palabras de Anne Case y Angus Deaton, catedráticos de Economía de la Universidad estadounidense de Princeton.

Ambos economistas están adscritos a la economía ortodoxa —Deaton es incluso Premio Nobel de Economía—, pero están horrorizados ante lo que llaman “muertes por desesperación”, que asocian a la “infelicidad vital” generada por la evolución en las últimas décadas del capitalismo, marcada por la precariedad, que, a su juicio, ha puesto en riesgo “capacidades cruciales que hacen que la vida valga la pena ser vivida, entre ellas la capacidad de trabajar y de disfrutar de la vida con los demás”.

En su más reciente trabajo (9), Case y Deaton analizan la descomposición de la red histórica de seguridades, así como “el decreciente vínculo con el trabajo, los sueldos en descenso y la vida familiar fallida”, y las enfermedades que ello ha provocado en la población, combatidas con analgésicos. Y, pese a considerarse partidarios del capitalismo, advierten: “La economía ha pasado de servir a la gente corriente a servir a las empresas, a sus ejecutivos y sus propietarios”.

Pymes y autónomos

Los trabajadores se enfrentan a diario a la economía del estrés, pero también la sufren muchísimos pequeños empresarios y autónomos, que integran la gran mayoría del tejido productivo y que juegan con barajas muy distintas a la de las grandes corporaciones, las únicas beneficiadas por el modelo, según Case y Deaton.

España, líder de precariedad en Europa

14,5% de paro frente al 6,7% de la UE

50% de temporalidad no deseada frente al 30% en la UE 

13% de trabajadores pobres frente al 7% de la UE

José María Torres, presidente de Conpymes, patronal de pymes españolas que agrupa a organizaciones que suman dos millones de afiliados, recalca que muchas pequeñas empresas “estaban ya al límite” y la covid amenaza con rematarlas, tanto con respecto a la cuenta de resultados como al estrés provocado por los abruptos cambios normativos y el día a día en la selva: “Es imposible planificar. Compras género que luego no puedes colocar y, en cambio, todos te exigen como siempre”, advierte Torres.

Las diferencias entre grandes y pequeñas empresas son abismales: las primeras pagan en la práctica un tipo efectivo de impuestos real muy inferior al contar con grandes posibilidades de optimización fiscal y los mejores bufetes especializados (el 5% frente al 15%), obtienen mejores condiciones de financiación y dictan las condiciones de mercado a los proveedores.

La Plataforma contra la Morosidad denuncia que algunas grandes corporaciones pagan a menudo a un año vista —o incluso más—, lo que origina enormes quebrantos a los proveedores, con sus dosis extra de estrés asociadas para cuadrar las cuentas y poder seguir adelante. Según Eurocadres, organización que agrupa a directivos, el estrés afecta a cuatro de cada cinco ejecutivos europeos.

En 2021 en España se consumieron 16 millones de pastillas más que en 2019 contra trastornos de ansiedad, depresión e insomnio 

Organizaciones sindicales y de directivos lanzaron a finales de 2020 una campaña para lograr una directiva europea que aborde “los riesgos psicosociales asociados al trabajo”, con tanto énfasis en el estrés que se llama incluso Acabemos con el estrés: EndStress.eu. En España, la vicepresidenta y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, se ha sumado a este planteamiento al expresar públicamente: “una de las principales razones del deterioro de la salud mental tiene que ver con la precariedad laboral”, motivo por el cual ha impulsado la creación de un grupo específico de expertos para abordarlo.

“El gran problema es que todo está organizado para que te dejes la vida trabajando por salarios que ni siquiera cubren la subsistencia”, advierte Carmen Castro, economista de la Universidad de Valencia y una de las exponentes de la economía feminista, que propugna colocar la vida en el centro del modelo económico: “Hay que pararse a repensarlo todo y salir de la rueda del hámster”, subraya.

La rueda de la economía del estrés va achicando el espacio para la vida. Con o sin pandemia. 

 

Para saber más

1. Global prevalence and burden of depressive and anxiety disorders in 204 countries and territories in 2020 due to the COVID-19 pandemic. Santomauro, D. The Lancet, octubre de 2021.

2. Trabajo. Una historia de cómo empleamos el tiempo. Suzman, J. Debate, 2021.

3. Precarious employment and stress: the biomedical embodiment of social factors. PRESSED Project study protocol. Boliver, M. et al. Frontiers in public Health, marzo de 2021.

4. Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva. Wilkinson, R., Pickett, K. Turner, 2009

5. Igualdad. Cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo. Wilkinson, R. y Pickett, K. Capitán Swing, 2019.

6. Association between psychological distress and mortality: individual participant pooled analysis of 10 prospective cohort studies. Russ, T. C., E. Stamatakis, M. Hamer et al. British Medical Journal, 345, 2012.

7. La precariedad laboral en España. Una doble perspectiva. CC OO e Instituto de Economía Internacional. Noviembre de 2021.

8. Condiciones de trabajo y salud tras un año de pandemia. UAB-CC OO, 2021.

9. Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo. Case, A; Deaton, A. Deusto, 2020.