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Elecciones EE. UU. // A la deriva

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Julio 2020 / 82

Las encuestas muestran que los estadounidenses se disponen a echar a su presidente de la Casa Blanca. Solo una remontada histórica podría evitarlo.

A Donald Trump le gustaba presumir de que en sus mítines jamás quedaba un asiento vacío. Todo cambió el 20 de junio en Tulsa (Oklahoma), donde sus partidarios apenas llenaron un tercio del aforo del pabellón deportivo escogido para lanzar su campaña a la reelección. Quedó claro que la decisión de organizar un evento multitudinario en un espacio cerrado y en un Estado en el que los contagios de coronavirus crecían con fuerza fue un tremendo error. La imagen de Trump regresando a la Casa Blanca cabizbajo, con la corbata desanudada y aire de derrota circuló rápidamente por las redes sociales para regocijo de sus detractores. 

El pinchazo de Tulsa puede marcar el principio del fin de la presidencia del excéntrico multimillonario neoyorquino, que hace cuatro años sorprendió al mundo derrotando por estrecho margen a Hillary Clinton. A solo cuatro meses de las elecciones presidenciales, el demócrata Joe Biden aventaja en las encuestas a su rival por más de 10 puntos porcentuales en intención de voto a nivel nacional y es claro favorito en los Estados que inclinaron la balanza en favor de Trump en 2016. 

La pésima gestión de la emergencia sanitaria, los estragos causados por la covid-19 en la economía y su actitud beligerante ante las protestas por la violencia policial contra ciudadanos negros están pasando factura a un Trump que no atravesaba precisamente su mejor momento de popularidad cuando estalló la pandemia. A comienzos de verano, con el número de contagios batiendo récords diarios y la cifra de fallecidos acercándose a los 125.000, los estadounidenses suspendían mayoritariamente a su presidente. En una muestra del bajón de autoestima que sufre el país, una encuesta difundida por Gallup situaba el orgullo de ser estadounidense en su nivel más bajo desde que la empresa demoscópica comenzó a hacer esa pregunta, hace dos décadas.

Como suele suceder cuando un presidente de EE UU se presenta a la reelección, los comicios del 3 de noviembre serán un referéndum sobre su gestión y su capacidad de liderazgo. El paisaje que dibujan los sondeos es el de un país decidido a decir adiós a un dirigente que no ha estado a la altura del cargo, que ha utilizado sistemáticamente la mentira como herramienta política y que ha socavado el prestigio de su país en el mundo.

Decepcionados, una parte significativa de los electores que confiaron en él hace cuatro años han ido poco a poco dándole la espalda. Destacados miembros del Partido Republicano han anunciado que no votarán por él, entre ellos el expresidente George W. Bush y quien fuera su secretario de Estado, Colin Powell, además de Cindy McCain —viuda de John McCain, héroe de guerra en Vietnam, senador y candidato republicano en 2008— y Mitt Romney, que disputó la presidencia a Barak Obama en 2012. El exconsejero de seguridad nacional John Bolton, un duro en política exterior que ha trabajado para los cuatro últimos presidentes republicanos, afirma en un libro sobre su experiencia junto a Trump que este representa “un peligro para la república”. En un gesto sin precedentes, varios generales del Pentágono han criticado públicamente las órdenes de usar la fuerza militar para reprimir las marchas antirracistas, en su mayoría pacíficas.

Las encuestas

El semanario británico The Economist estrena este año un modelo de predicción que combina encuestas nacionales y estatales con indicadores económicos para pronosticar el resultado electoral. El 15 de marzo, coincidiendo con el inicio de la pandemia, el modelo mostraba que ambos candidatos estaban empatados. Desde entonces, la ventaja de Biden no ha dejado de crecer. A finales de junio, daba a quien fuera vicepresidente con Obama el 87% de posibilidades de ganar, frente al 13% de Trump.

La mayoría de los estadounidenses apoya las manifestaciones antirracistas. Foto: Cindy Shebley

La encuesta más reciente de The New York Times, publicada el 24 de junio, otorgaba al demócrata una ventaja de 14 puntos porcentuales en la intención de voto a nivel nacional: 50% contra 36%. Tres grupos demográficos son los responsables de la abrumadora superioridad de Biden: las mujeres, los jóvenes y los votantes no blancos. Entre las primeras, el candidato demócrata supera al republicano por 22 puntos porcentuales. El único sector de la población que mantiene su respaldo a Trump son los hombres de raza blanca, en concreto aquellos sin estudios universitarios, aunque por un margen más estrecho que el de hace cuatro años. El presidente también ha perdido popularidad entre otro grupo social que contribuyó decisivamente a su victoria de entonces: los mayores de 65 años.

Más significativa aún es la ventaja de Biden en los Estados considerados decisivos, aquellos que dieron la victoria a Trump por escasa diferencia en 2016 y que este necesita conservar en noviembre para seguir en la Casa Blanca. Las encuestas ponen al demócrata por delante en todos ellos: Florida, Pensilvania, Michigan, Carolina del Norte, Arizona y Wisconsin. 

Especialmente revelador es el apoyo a Biden en Michigan, un Estado del Medio Oeste con numerosas zonas industriales en declive. The New York Times sitúa al demócrata 11 puntos por delante de su contrincante. Otros sondeos, como el del periódico Detroit Free Press, ensanchan la diferencia hasta los 16 puntos (55% a 39%). 

Más malos augurios para Trump: las encuestas muestran una pugna muy cerrada entre los dos candidatos en Texas, que no vota por un demócrata desde Jimmy Carter en 1976. También en Ohio, donde el presidente ganó por ocho puntos hace cuatro años. E incluso en Georgia, importante bastión republicano del sur. 

Son datos demoledores para el aspirante a la reelección. Hasta la encuesta de la cadena televisiva Fox News, que impulsó la carrera política del magnate de la construcción y continúa siendo su gran sustento mediático, da ganador a Biden por 12 puntos a nivel nacional. Solo una remontada histórica permitiría a Trump seguir en la Casa Blanca en lugar de retirarse a su mansión de Mar-a-Lago, en Florida, a jugar al golf. 

A pesar de la contundencia de las encuestas, aún es pronto para dar por segura su derrota. Cuatro meses es una eternidad en política, especialmente en unas circunstancias tan excepcionales. Trump sigue teniendo muchos fieles en zonas rurales y entre los ciudadanos blancos de clase trabajadora que llevan décadas sufriendo el cierre de industrias y el traslado de puestos de trabajo a países con menores costes laborales. Hace cuatro años, a estas alturas las encuestas daban como ganadora a Clinton, aunque por un margen bastante más estrecho. A la hora de la verdad, la aspirante demócrata aventajó a Trump por 2,1 puntos en el voto popular, pero perdió las elecciones por haber obtenido menos votos en el Colegio Electoral encargado de designar al presidente, integrado por compromisarios elegidos por los Estados según el tamaño de su población mediante un sistema mayoritario de winner-take-all (el ganador se lleva todo).

La pandemia

Es más que probable que las elecciones se celebren con el SARS-CoV-2 todavía circulando por el país. Apenas una tercera parte de los estadounidenses aprueba el modo en que su presidente ha manejado la emergencia sanitaria, otra señal de que lo tiene muy cuesta arriba. Entre muchos votantes cunde la sensación de que Trump ha puesto sus intereses políticos por delante de la salud de las personas al desoír las opiniones de los propios expertos de la Casa Blanca. No será fácil olvidar la recomendación presidencial de inyectarse lejía para combatir la enfermedad o su decisión de tomar medicamentos desaconsejados por las autoridades sanitarias como la hidroxicloroquina. Trump, que menospreció la amenaza del coronavirus desde el principio, continúa refiriéndose a él como “virus chino” o  “kung-flu" (un juego de palabras entre el arte marcial y la palabra gripe), pese a sus connotaciones racistas y al acoso sufrido por ciudadanos estadounidenses de origen asiático desde que estalló la pandemia.

Según cálculos de la Universidad de Washington, el 1 de octubre, un mes antes de las elecciones, el número de muertos por el coronavirus en EE UU se aproximará a los 180.000. A finales de junio, el número de contagios diarios marcaba máximos un día tras otro. Estados que ya habían puesto fin al confinamiento daban marcha atrás y volvían a imponer restricciones a la población. Si al principio de la pandemia el virus afectó sobre todo a territorios netamente demócratas de ambas costas (California, Nueva York, Nueva Jersey y Massachussets), en las últimas semanas se ha cebado en las zonas republicanas del interior del país.

 

La mayoría de los estadounidenses apoya las manifestaciones antirracistas.
Foto: Mobilus, Flickr

270:

Los 50 Estados de la Unión elegirán el próximo 3 de noviembre a los 538 compromisarios que integran el Colegio Electoral encargado de designar al presidente. Para ganar las elecciones se necesita una mayoría de 270. El peso de cada Estado en el Colegio Electoral está en función de su población. El más poblado, California, aporta 55 de los llamados votos electorales, mientras los menos poblados aportan únicamente 3 cada uno. 

El candidato más votado en cada Estado se lleva todos los votos electorales que ese Estado aporta al Colegio Electoral. Es posible, aunque poco frecuente (solo ha ocurrido 4 veces en la historia), que un candidato gane las elecciones sin haber obtenido más votos populares en las urnas a nivel nacional. Es el caso de Donald Trump, que en 2016 recibió casi tres millones de sufragios menos que Hillary Clinton y aun así se hizo con la victoria por 304 a 227 votos electorales.

 

La economía

Antes de la irrupción del virus, con el desempleo en niveles históricamente bajos, Trump había hecho de la economía su gran bandera electoral. Era la asignatura en la que mejor nota sacaba y, de hecho, muchos votantes continúan valorando su gestión en este terreno. 

Nada podrá evitar que los estadounidenses acudan a las urnas en plena recesión, y la historia dice que los votantes no reeligen a su presidente en una situación como esa. La pandemia destruyó 22 millones de empleos entre marzo y abril, y aunque se espera que el paro vaya disminuyendo a medida que pasen los meses, los expertos vaticinan que a finales de año rondará el 10% de la población activa, un índice altísimo teniendo en cuenta el débil sistema de protección social en EE UU.

Trump, de 74 años, aún conserva una bala en la recámara. A finales de junio estudiaba la posibilidad de enviar a los estadounidenses una segunda ronda de cheques para paliar los efectos económicos del coronavirus. En la primera ronda, más de 200 millones de hogares recibieron una cantidad máxima de 1.800 dólares. Esta vez, sin embargo, el presidente lo va a tener más difícil por la oposición de muchos miembros del Congreso, la llegada del verano, que paraliza la actividad parlamentaria, y la proximidad de la convocatoria electoral.

 Joe Biden, durante un acto electoral el 25 de junio. Foto: Adam Schultz / Biden 
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En segundo plano

Dicho en términos futbolísticos, Biden puede ganar el partido sin sudar la camiseta, viendo cómo su oponente marca goles en su propia portería. Al contrario que Trump, el demócrata, de 77 años, se ha mantenido en un discreto segundo plano durante el todo el confinamiento y su comunicación con los votantes se ha limitado a conversaciones de vídeo por Internet desde su casa de Delaware, Estado al que representó en el Senado durante casi cuatro décadas. Una vez levantada la prohibición de salir a la calle, cada vez que ha asistido a un acto público siempre ha llevado mascarilla y ha tratado de mantener la distancia social recomendada. Esta estrategia prudente parece estar dándole resultado. Desde su elección como candidato, el demócrata ha recibido un aluvión de donaciones para afrontar la dura campaña que tiene por delante. El dinero es un factor clave en las elecciones estadounidenses, pues sirve para comprar masivamente anuncios de televisión y en redes sociales.

Para consolidar su apoyo entre el electorado femenino y reafirmar su compromiso con la igualdad de género, el demócrata ha prometido designar a una mujer como compañera de candidatura. El nombre de la elegida se conocerá antes del 1 de agosto y la prensa estadounidense baraja más de media docena de nombres. Si Biden termina alzándose con la victoria, sería la primera vez en la historia que una mujer llega a la vicepresidencia de EE UU. Los líderes de la comunidad negra esperan que sea una candidata afroamericana, entre otras cosas porque contribuiría a aumentar la participación electoral de una minoría siempre fiel a los demócratas.

Uno de los puntos fuentes de Biden es su defensa de la reforma sanitaria puesta en marcha por Barack Obama en 2010 para dar cobertura a los sectores más desfavorecidos y que los republicanos, jaleados por Trump, intentan tumbar desde el Congreso. En plena emergencia sanitaria, muchos votantes irán a las urnas con este asunto en mente.

El mundo aguarda

Mientras tanto, el resto del mundo aguanta la respiración a la espera del desenlace y observa con estupor la rapidísima expansión del coronavirus por EE UU. Aunque ningún alto representante político se ha manifestado públicamente al respecto, desde la Unión Europea se espera que una victoria de Biden ayude a reparar las maltrechas  relaciones entre ambos bloques, especialmente en los ámbitos comercial, de seguridad y de salud. Nada más llegar a la Casa Blanca, Trump impuso aranceles a múltiples exportaciones europeas y redujo la cooperación en el campo militar. Bajo su presidencia, EE UU abandonó los acuerdos de París contra el cambio climático y el pacto nuclear con Irán, además de reconocer unilateralmente a Jerusalén como capital de Israel. Y durante la emergencia sanitaria retiró su aportación a la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Un punto fuerte de Biden es su defensa de la reforma sanitaria de Obama

Una victoria del demócrata pondría fin al aislamiento del país

Un cambio en la Casa Blanca contribuiría a relajar las tiranteces con China, que han frenado los intercambios comerciales y han ralentizado la actividad económica global. En caso de ser elegido, se espera que Biden de un giro hacia el multilateralismo en política exterior e intente retomar el papel de liderazgo en asuntos internacionales que su país había ejercido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y al que Trump ha renunciado. Partidario de la cooperación internacional, el veterano líder demócrata tiene gran experiencia en ese terreno (presidió el Comité de Asuntos Exteriores del Senado) y un talante negociador ubicado en los antípodas de su rival. 

A pesar del aislacionismo alimentado por Trump desde su llegada al poder, EE UU sigue ejerciendo una enorme influencia política, social y económica en el resto del mundo. Así como la revuelta por el asesinato de George Floyd a manos de la policía ha puesto en primer plano la cuestión racial en todo el mundo, una derrota del populista en jefe podría suponer un freno para los movimientos de ultraderecha que lo tienen como referencia. Un adiós a Trump contribuiría también a relajar la tensión en varias zonas del mundo, como Oriente Próximo, y a retomar la cooperación como vía para abordar el gran desafío que supone la emergencia climática.