Jóvenes: futuro incierto

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    La crisis derivada de la pandemia trunca de nuevo las expectativas laborales y vitales de las nuevas generaciones.

    Cuando aún no se había recuperado de la crisis anterior, la gente más joven ha recibido un nuevo golpe en sus expectativas laborales y vitales. Los primeros indicios apuntan a que, como  sucedió  hace tan solo una década, las personas menores de 30 años se van a llevar la peor parte del desastre económico que arrastra consigo la pandemia, hasta el punto de que ya se habla de una "generación perdida" de la covid-19.

    La cantinela vuelve a ser la misma: bajos salarios, falta de oportunidades profesionales, altos precios de la vivienda y dificultades para tener hijos. Son obstáculos que pueden agrandarse si no se hace un esfuerzo deliberado para impedirlo, advierten expertos y representantes de movimientos juveniles. “Se puede decir que ser joven en España es una condena”, afirma Elena Ruiz, presidenta del Consejo de la Juventud de España, una plataforma que agrupa a decenas de asociaciones de toda España. Lo que se avecina, sostiene, no representa un peligro solo para las nuevas generaciones, sino para todos: “Si quiere ser sostenible, la sociedad no puede dejar atrás a los más jóvenes”.

    Con ese diagnóstico coincide un reciente análisis del Observatorio Social de La Caixa (1), cuyos autores alertan del riesgo de que las personas más jóvenes se sientan excluidas de una sociedad que ven cada vez más injusta, con el consiguiente deterioro de la cohesión social. “No hay que olvidar que las dificultades de acceso al empleo y el aumento de la precariedad laboral reducen la probabilidad de emancipación y de fecundidad en un contexto de importante envejecimiento poblacional”, señala el  documento, elaborado por los profesores universitarios Luis Ayala, Olga Cantó, Rosa Martínez, Carolina Navarro y Marina Romaguera. En su opinión, el desempleo, la precariedad laboral y los bajos salarios merman el bienestar económico de la gente joven y la colocan en una posición de inferioridad con respeto a los demás sectores de la población.

    Poco empleo y mal pagado

    Quizás el dato más elocuente y desalentador sea el del paro juvenil. La tasa de desempleo de quienes tienen entre 16 y 25 años, que venía descendiendo paulatinamente tras haber marcado máximos cercanos al 57% en 2013, se ha vuelto a disparar tras el estallido de la pandemia. En agosto pasado alcanzó el 43,9%, la más alta de la Unión Europea, muy por encima de las de Alemania (5,8%), Francia (19,8%) e Italia (32,1%). El Consejo de la Juventud de España teme que  las personas recién incorporadas a las empresas  vayan a ser las primeras en ser despedidas al término de los expedientes de regulación de empleo temporal (ERTE) puestos en marcha para paliar los daños de la pandemia y que, a medio plazo, quienes conserven sus puestos de trabajo serán los más expuestos al despido si la actividad económica no remonta debido a la precariedad de sus contratos.

    Algunos expertos alertan del riesgo de que las personas más jóvenes se sientan excluidas de una sociedad que ven cada vez más injusta, con el consiguiente deterioro de la cohesión social

    La juventud española comenzó a notar los estragos económicos del coronavirus con especial virulencia nada más terminar el estado de alarma. En un informe conjunto dedicado a analizar las consecuencias inmediatas del primer confinamiento (2), el Consejo de la Juventud y el Instituto de la Juventud (Injuve) alertan de que muchos jóvenes han renunciado a buscar empleo para volver a los estudios y engrosar las filas de la población inactiva, como ya ocurriera tras la crisis anterior. 

    El regreso a las aulas no tiene por qué ser una mala noticia, al menos a largo plazo. Hace un año, el Banco de España apuntaba la posibilidad de que la drástica disminución de la tasa de actividad entre los jóvenes acabara siendo beneficiosa para la economía, pues podría verse compensada por incrementos de la actividad y de la productividad de las nuevas generaciones en el futuro. Una cosa sí dejan clara las estadísticas: mientras que una mayor preparación aumenta significativamente las posibilidades de encontrar un buen empleo, un abandono escolar temprano es el camino más corto hacia la oficina de desempleo.

    La pandemia también ha puesto al descubierto las deficiencias del mercado laboral español, entre las que destaca el exceso de contratos temporales, una lacra que afecta de manera especial a la gente de menor edad. La mitad de los trabajadores de entre 20 y 29 años tenían en 2018 un contrato temporal, comparado con la cuarta parte de la población en general. Las cifras reflejan persistentemente una pauta característica del sistema productivo español: en épocas de crisis, las personas jóvenes, cuyos empleos son mayoritariamente temporales y precarios, son despedidas a bajo coste o sus contratos no son renovados. “En este caso el impacto se avizora aún mayor si no se diseñan políticas específicas de consenso que puedan evitarlo”, apunta el Consejo de la Juventud.

    Olga Cantó, catedrática de Economía de la Universidad de Alcalá de Henares, explica que en España y muchos otros países occidentales se está abriendo una importante brecha generacional en los niveles de pobreza y vulnerabilidad económica muy relacionada con los bajos salarios y la inestabilidad en el empleo (3). Esa brecha, según la profesora, tiene consecuencias sobre las decisiones de emancipación de los jóvenes, pues condiciona tanto la creación de nuevos hogares como su fecundidad y, aunque quizá sea menos evidente, también incide sobre las tasas de abandono escolar. A pesar de que la anterior recesión económica redujo el número de personas que deja los estudios —resultado de la falta de oportunidades laborales, principalmente para las personas con bajo nivel educativo—, España sigue estando a la cabeza de Europa en este terreno. 

    Jóvenes y pobres

    Como subrayaba el exministro socialista Jordi Sevilla en un reciente artículo (4), los jóvenes españoles son hoy más pobres que los mayores y, además, son más pobres  de lo que eran sus padres a su misma edad. “Si eres joven en España hoy, tienes más probabilidad de caer en la pobreza, de abandonar tus estudios antes de tiempo, de estar en el paro, de tener trabajos muy precarios y de no acceder a una vivienda, ni en alquiler ni en propiedad”, afirmaba el economista valenciano. 

    En todo Occidente se está abriendo una brecha generacional en los niveles de pobreza y vulnerabilidad económica, muy relacionada con la precariedad laboral

    En este contexto de deterioro de las condiciones laborales y salariales, las políticas distributivas se vuelven fundamentales a la hora de determinar el bienestar económico de los más jóvenes. Olga Cantó cree que el sistema de prestaciones e impuestos vigente en España no ayuda precisamente a la cohesión intergeneracional y avisa de que si no se consigue mejorar las rentas de los menores de 40 años, “estaremos generando desigualdades futuras”. Para la catedrática de la Universidad de Alcalá, es preciso desarrollar políticas de apoyo que no tomen como única referencia las contribuciones a la Seguridad Social, pues las personas jóvenes, por regla general, o no cotizan nada porque no trabajan o cotizan menos que los demás por tener salarios más bajos. “Se deben introducir reformas en el sistema de prestaciones e impuestos para transitar hacia un modelo de estado de bienestar más centrado en las necesidades de ingresos de las personas y sus familias que en el historial laboral individual”, sostiene.

    Aumentar las prestaciones por hijo sería una manera eficaz de ayudar a los jóvenes que quieren formar una familia y de que España deje de tener la tasa de natalidad más baja del mundo. Las encuestas muestran que la mayoría de las parejas jóvenes querrían tener dos hijos, pero no lo hacen porque no pueden permitírselo. “Somos una excepción en la UE”, apunta Olga Cantó. “No hemos desarrollado políticas familiares y tenemos serios problemas para cubrir las necesidades de los más jóvenes, especialmente de aquellos que quieren tener hijos”.

    Emancipación tardía

    Junto con los bajos salarios, los altos precios de la vivienda son el otro factor determinante a la hora de retrasar la empancipación de la gente joven. No resulta extraño que los españoles sean los europeos que  más tardan en marcharse de casa. El problema fundamental, señala Elena Ruiz, es que cuando llega el momento, sencillamente, no hay dinero: “Para emanciparse, la juventud tiene que empobrecerse. Si no ganamos lo suficiente y los alquileres siguen subiendo, es imposible hacerlo”.

    ¿Resultado?: casi cinco de cada seis jóvenes españoles viven todavía con sus padres, y la edad media de emancipación se sitúa en los 29 años. El progresivo retraso en el momento de independizarse arrancó a finales de 2008, cuando estalló la burbuja inmobiliaria y se produjo el descalabro financiero. En 2019, la tasa de emancipación residencial en España era del 18,7%. Habría que retroceder hasta el cuarto trimestre de 2001 para encontrar una cifra inferior (18,1%). 

    A diferencia de generaciones anteriores, muchos jóvenes han renunciado a la compra de una vivienda. El Observatorio de la Emancipación (5) del Consejo de la Juventud muestra que comprar una casa es prácticamente imposible para una persona joven desde hace más de una década, a pesar de que el desembolso inicial que ello implica (el 60,4% del sueldo neto de media) se encuentra hoy muy lejos de las ratios superiores al 90% de finales de 2008. 

    El alquiler, por lo tanto, sería la vía para poder tener techo propio, pero alquilar una vivienda libre, incluso prescindiendo de las condiciones previas que exigen muchos caseros —contratos fijos o cierto tiempo de permanencia—, es también casi inalcanzable económicamente. Para una persona joven asalariada, supone destinar el 90,7% de sus ingresos como media. En Cataluña, Islas Baleares y Madrid, el coste supera el umbral del 100%. Ante la imposibilidad de comprar o alquilar una vivienda libre, el Consejo de la Juventud señala que a las personas jóvenes que quieran independizarse les quedan tres opciones: aplazar la decisión (la opción mayoritaria), aspirar a la adjudicación de una vivienda protegida (con poca oferta en la actualidad) o buscar alternativas fuera del mercado, como vivir en un piso cedido por familiares o por alguna institución. “Tener que dedicar tantos años de salario a pagar una vivienda destroza cualquier proyecto vital”, afirma la profesora Olga Cantó.

    Una encuesta de la Fundación de las Cajas de Ahorro (Funcas) (6), con entrevistas a 3.000 personas de entre 20 y 34 años efectuadas en 2019, muestra que solo el 11% de los jóvenes tienen hijos (más a mayor edad y menor nivel educativo), pero el 58% afirman que desean tenerlos, mientras que el 21% se muestran indecisos y solo  el 12% aseguran no desearlos. El número de hijos más deseado (por el 65% de los entrevistados) es dos, seguido a distancia por tres (20%) y uno (11%). 

    Los bajos salarios y los altos precios de la vivienda retrasan la edad de emancipación hasta los 29 años.  Casi cinco de cada seis jóvenes españoles viven aún con sus padres

    Un dato contradice a quienes sostienen que la falta de recursos económicos disuade de tener familia. Según la encuesta, entre quienes no desean hijos son más frecuentes las justificaciones relativas a la pérdida de ocio y tranquilidad emocional que las económicas. Sin embargo, las condiciones que los jóvenes consideran muy importantes para tener hijos son contar con un empleo y unos ingresos estables (76% y 77%, respectivamente). 

    Desilusión

    Las encuestas muestran que en los últimos años, coincidiendo con un deterioro de las expectativas de los más jóvenes, se ha producido una ligera caída en el interés de estos por los asuntos públicos. Tras una época de ilusión, generada en buena parte por las masivas protestas del 15M, mucha gente joven se siente de nuevo desencantada con la política. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 67,5% de las personas entre 18 y 24 años no tiene simpatía por los partidos políticos y el 36,8% opina que ningún partido es cercano a sus ideas. Solo el 49,5% de los menores de 25 años y el 62,1% de los que tenían entre 25 y 34 fueron a votar en las elecciones generales del 28 de abril de 2019, la primera de las dos votaciones que hubo ese año.

    Esa desafección hacia la política no es exclusiva de la juventud española. Un estudio de la Universidad de Cambridge (7) confirma que las nuevas generaciones están más insatisfechas con la democracia que las anteriores a su misma edad, y que ello las hace más proclives a simpatizar con movimientos extremistas tanto de derechas como de izquierdas que, a su vez, pueden ser una amenaza para el sistema democrático en el futuro.

    Elena Ruiz reconoce que la falta de políticas de apoyo a la juventud ha contribuido al desinterés por la política. “Cuando no se tienen las necesidades básicas cubiertas es muy difícil implicarse en causas colectivas”, afirma. Pese a todo, considera que los niveles de preocupación por las políticas públicas entre las personas jóvenes están en ascenso, como lo demuestra el hecho de que muchas han participado activamente en las grandes movilizaciones de los últimos años, desde la ola feminista a las marchas por la salvación del planeta.

    Señales alentadoras

    No todo es un valle de lágrimas para los jóvenes. “Somos una generación muy preparada y con aspiraciones laborales y vitales que pueden aportar mucho a la sociedad”, señala Ruiz. Entre la gente joven hay bastante menos machismo que antes, pero como ocurría con sus mayores, las mujeres siguen teniéndolo peor que los hombres de su misma edad. “Si ya de por sí ser joven significa superar escollos para salir adelante”, agrega la presidenta del Consejo de la Juventud, “ser mujer es una piedra más en el camino”.

    Las nuevas generaciones sienten más desafección por la democracia que las anteriores a la misma edad, y ello las hace más proclives a simpatizar con opciones políticas extremas de derecha e izquierda

    En comparación con sus padres y abuelos, la mayor sensibilidad medioambiental lleva a los jóvenes actuales a ser más conscientes de vivir en un mundo globalizado e interdependiente. Como reconoce Ruiz, las nuevas generaciones están disfrutando de derechos ganados por generaciones anteriores, como el avance en la igualdad de género y el matrimonio homosexual, que les hacen la vida más fácil. Hay entre las personas jóvenes una percepción de la necesidad de hacer del mundo un lugar más sostenible y de que la responsabilidad de salvar el planeta debe ser compartida entre los gobiernos, las empresas y las personas. Y si se cumplen las predicciones que sitúan a España como el país más longevo del mundo en 2040, van a vivir más años que sus padres. 

    ¿Qué salida les queda a aquellos que no logren acceder a unas condiciones de vida dignas? ¿Se producirá una fuga de talento tan intensa como la que vivimos durante el periodo de crisis anterior? Si el empleo sigue siendo escaso, precario y mal pagado, es muy probable que sea incluso más acentuada. “Si no cambia nada, será así”, afirma Elena Ruiz. “La gente joven ha demostrado gran capacidad de aguante, pero esperamos no tener que seguir demostrándolo mucho tiempo”.

     

    (1). Análisis de las necesidades sociales de la juventud. Observatorio Social de La Caixa. 
    Varios autores.
    (2). Juventud en Riesgo. Análisis de las consecuencias socioeconómicas de la covid-19 sobre la población joven en España. Informe de Urgencia. Instituto de la Juventud (Injuve) y Consejo de la Juventud de España.
    (3). Cantó Sánchez, O. (2019). Desigualdad, redistribución y políticas públicas: ¿hay una brecha generacional? ICE, Revista De Economía, (908).
    (4). La juventud, una carrera de obstáculos. Jordi Sevilla, El Confidencial, 7 de octubre 2020. 
    (5). Observatorio de Emancipación. Balance general. Segundo semestre de 2019. Consejo de la Juventud de España.
    (6). Formar una familia. Consideraciones materiales y orientaciones culturales. Berta Álvarez-Miranda. Fundación de las Cajas de Ahorro (Funcas).
    (7). Youth and Satisfaction with Democracy. Centre for the Future of Democracy. Bennet Institute for Public Policy, Cambridge.

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