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“Con menos dinero se puede vivir mucho mejor” // Antonin Léonard

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Febrero 2014 / 11

ENTREVISTA

Entrevista a Antonin Léonard

Fundador de Oui Share, referencia en Europa de la economía colaborativa

El emprendedor social francés aborda las claves de un fenómeno en auge

“Con menos dinero se puede vivir mucho mejor”

 

Ahora que es tan difícil hacer pronósticos, anótese uno que tiene toda la pinta de no fallar: la economía colaborativa va a crecer muchísimo en los próximos años. Y eso que en 2013 ya movió, según Forbes, 3.500 millones de dólares, y una de sus empresas emblemáticas —Airbnb, que permite alojarse en las casas de los demás como si fueran hoteles— está valorada en 2.500 millones de dólares. La crisis y la explosión de las redes sociales han dado un gran impulso a esas nuevas formas de consumir (y de vivir) que empiezan a poner patas arriba sectores industriales y que anticipan cambios culturales de calado: ¿para qué ir a un hotel si puedo intercambiar el piso? ¿Para qué comprar un coche si puedo usar uno siempre que lo necesite? En realidad: ¿para qué poseer tantas cosas en lugar de, simplemente, usarlas?

¿Cuánto hay en su vida de economía colaborativa?

Yo tengo una mochila con ropa y un pequeño piso en París. Todo lo demás es economía colaborativa.

¿Hasta la alimentación?

Básicamente, sí. En Francia utilizo sobre todo el sitio La Ruche qui dit Oui [La colmena que dice sí] y ahí puedes comprar comida de proximidad: la pides por Internet y te la llevan cerca de casa.

FOTO: ANDREA BOSCH

¿Por qué es esto colaborativo?

Hay una relación directa con los productores, y el conjunto del sistema lo organizan los consumidores, no los productores. Hay mucha colaboración entre los usuarios para ampliar y mejorar la red.

¿Se paga con dinero?

¡Claro! Hay un equívoco con esto. Hay muchos tipos de consumo colaborativo, pero el que ha tenido un crecimiento espectacular y empieza a mover grandes cantidades de dinero, como Airbnb [alquiler de casas o habitaciones] o Blablacar [plaza en coche compartido para un trayecto], se basa en transacciones que quedan registradas en Internet.

¿Qué otros servicios suele utilizar?

Como decía, se puede hacer todo. Yo aprovecho sobre todo lo que tiene que ver con viajar: alojamiento, trayectos... Mi familia vive en el noroeste de Francia. Lo habitual es que me mueva compartiendo coche. Es increíble porque ya es posible encontrar trayectos de coche compartido que conectan casi todas las ciudades a casi todas las horas.

¿El objetivo es ahorrar dinero?

Sale más barato, por supuesto. Pero no lo elijo por ello, ni siquiera por su vertiente social de conocer gente. Todo esto está muy bien, pero lo importante es que resulta más práctico. El tren me obliga a hacer varios trasbordos y, por supuesto, sale más caro. La economía colaborativa tiene la ventaja de que encaja perfectamente con lo que Chris Anderson [fundador de la revista Wired] expresó como Long Tail [larga cola].

¿Qué significa esto exactamente?

Es el modelo en que se basa, por ejemplo, Amazon: es la plataforma donde se puede comprar todo y por eso vas. En vez de vender un producto a mucha gente, puedes vender todo a todo el mundo. En la economía colaborativa, la gente va alimentando la plataforma, de manera que acaba teniendo todas las posibilidades. Los trayectos del tren son limitados y muchas combinaciones exigen trasbordos y largas esperas. En las plataformas colaborativas, en cambio, hay todas las opciones posibles, por raro que pueda parecer a los que no están familiarizados. Lo mismo sucede con las plazas de habitación: Airbnb, la plataforma de alquiler de habitaciones o casas, ya tiene una oferta de más habitaciones que Hilton, la principal cadena hotelera del mundo, más de 600.000.

Entonces, ¿la gente se apunta al consumo colaborativo porque es más práctico o barato? ¿Nada más?

La mayoría entra por estas razones, sí. No suele existir una posición previa anticonsumista. Otra cosa es lo que pasa después, cuando ya lo conoces.

¿Qué pasa después?

Pues una vez compartes tu cuarto o el coche te das cuenta de que antes gastabas demasiado sin que fuera necesario y que se puede vivir mucho mejor con menos dinero. No necesitamos poseer tantas cosas para vivir. Todo lo contrario: te das cuenta de que trabajas 10 horas al día para consumir y que en realidad te estás perdiendo la vida.

Dicho así, parece un ataque a las bases mismas del capitalismo. Pero también podría verse de la forma contraria: el capitalismo y el mercado se extienden hacia nuevos terrenos en los que hasta ahora no había penetrado: tu propio hogar o tu coche entran en el mercado...

Es que realmente puede ser ambas cosas. Depende. Puede ser tanto un ataque al capitalismo, con la creación de nuevas redes con base cooperativa y una apuesta en favor del bien común, como también una nueva extensión del capitalismo y la mercantilización. Air-bnb y Blablacar son de hecho empresas capitalistas, no cooperativas.

¿Quién es?

Antonin Léonard, francés de 27 años, nació en una familia muy politizada, hijo de padres vinculados a la izquierda anticapitalista y nieto de alcalde socialista. Su educación debió de incluir  eso de que el poder de verdad no está en la política, sino en el mundo del dinero y quiso entenderlo: estudió en la prestigiosa EMLYON, la Escuela de Negocios de Lyon, y luego completó su MBA en Río de Janeiro y Barcelona. En 2012 fundó OuiShare, el referente internacional de la rama de la economía colaborativa, que  presta más atención al desarrollo humano que a la Bolsa. FOTO: ANDREA BOSCH.
 
 

¿El objetivo de sus dueños es salir a Bolsa y hacerse ricos?

No lo sé, pero tendrán que ir con mucho cuidado. En mi opinión, no están tomando suficientemente en cuenta que su mayor activo es en realidad su comunidad, que es la que va alimentando el sistema. Si no lo toman en cuenta, la perderá. Lo mismo pasa con Facebook.

¿Por qué dice lo de Facebook?

Facebook está basado en el paradigma de la publicidad. La lógica de la Bolsa y del capitalismo te obliga a crecer incesantemente y, por tanto, a aumentar la publicidad. Hasta que la gente se canse y diga: ya fue. Es más difícil de lo que parece. Lo mismo pasa con Airbnb o Blablacar: su modelo de negocio consiste en quedarse un porcentaje de cada transacción, que oscila entre el 10% y el 15%. Por ahora, el reparto del valor al usuario le parece justo, pero en el futuro puede cambiar. La solución está en empoderar a los usuarios. No es fácil.

¿Cuáles son los sectores económicos más amenazados por la irrupción de la economía colaborativa?

Todos. La cuestión ya es otra: ¿cuáles van a ser afectados primero? Algunos lo están ya muchísimo. En primera línea, todo lo que tiene que ver con la movilidad y el transporte.

¿También los fabricantes de coches?

Obviamente. Acaba de divulgarse un estudio sobre los vendedores de coches en Francia. A la pregunta de si los jóvenes todavía quieren poseer un automóvil, el 53% contestó que no. ¡El 53%! Si uno no quiere comprar coches, pues al final no habrá publicidad capaz de hacer que la gente siga comprándolos. Ahora mismo, la edad promedio de los compradores de un coche nuevo en Francia es de 54 años.

Ahora resultará que la vieja aspiración de comunistas y anarquistas de abolir la propiedad llegará por la vía del consumo, aunque sea colaborativo. ¿De verdad cree que el apego a la propiedad está en declive?

La cuestión habría que plantearla de otra manera: ¿quién tiene la propiedad? Si como consumidor no la tienes, alguien la tiene. ¿Significa ello que la tiene el Estado? Este es un binomio antiguo. La situación es más compleja: quizá la propiedad la podemos tener en común. Y aquí entramos en todo lo que es la economía de los bienes comunes, que tiene mucha conexión con la economía colaborativa. Más allá de lo público y lo privado, hay otra esfera: la de la comunidad.

“Todos los sectores están amenazados por el auge colaborativo. La cuestión es otra: ¿cuál primero?”

“¿Es anticapitalismo o un avance capitalista? Depende. Puede ser ambas cosas”

Y al sector hotelero, ¿lo ve particularmente amenazado?

Depende. Airbnb lo que hace es ampliar el mercado: incorpora a mucha gente que no podía viajar por ser caro y que nunca iría a un hotel. Es cierto que su crecimiento empieza a amenazar a hoteles, pero básicamente a los baratos, que no proporcionan ninguna experiencia distinta. Los hoteles baratos e iguales en todas las ciudades del mundo sí lo van a tener complicado. La gente quiere experiencias auténticas y en parte por esto crece Airbnb: vas a vivir como los lugareños. Ahora bien, si un hotel puede proporcionar experiencias auténticas, pues seguirá teniendo sentido.

¿El poder ha entendido la economía colaborativa? ¿Hay diferencias entre derecha e izquierda?

No demasiado. No hay grandes diferencias entre derecha e izquierda. La diferencia si acaso está entre el poder nacional y el local, que sí se ha dado cuenta del potencial. Las ciudades entienden que puede tener un impacto importante. Antes aspiraban a venderse como ciudades creativas para captar talento. Ahora va a ganar peso el ser ciudades colaborativas (shareable city).

¿Qué las define?

Por ejemplo, tener FabLabs en todos los barrios, donde poder aprender a fabricar objetos, reciclarlos, ser más autónomo y activo en la vida cotidiana. Hasta ahora éramos solo consumidores. La idea es ser también fabricante, productor... Y, por supuesto, tener posibilidades de practicar el consumo colaborativo en la ciudad, con una buena plataforma que interrelacione todos estos nodos.

¿Cuál es la ciudad que más ha avanzado en esta dirección?

San Francisco. Airbnb y otras start-ups empezaron allí e implicaron al Departamento de Innovación. También París, que fue pionero en los servicios de compartir bicicleta y luego automóvil.

¿Y el proyecto FLOK, que se está diseñando en Ecuador?

Es más economía de los bienes comunes: poner el conocimiento abierto en el centro de un nuevo modelo de sociedad. Las conexiones con la economía colaborativa son obvias, claro. FLOK es un proyecto muy importante, que puede poner las bases para definir no solo una utopía, sino también la primera etapa del camino. Esto es quizá lo más difícil: conseguir el primer paso para demostrar que la utopía es en realidad posible.

Pero mientras tanto, tenemos un problema con el Estado de bienestar, quizá la mayor utopía puesta nunca en pie con éxito. Y una paradoja: el paradigma keynesiano se basa precisamente en que los trabajadores consuman. ¿La economía colaborativa no amenaza el paradigma?

El Estado de bienestar es efectivamente una conquista social increíble, pero está muy amenazado por la crisis y la terrible falta de visión en los últimos 30 años. La culpa ni siquiera es de los políticos de ahora. El paradigma socialdemócrata forma parte de todo este mundo en crisis y agotado. Vivimos el fin de una época y hay que inventar algo nuevo. Yo no sé lo que es, pero la economía colaborativa forma parte de lo nuevo, sin duda.

Pero el Estado de bienestar aún existe y la socialdemocracia, también.

Tener todavía una clase política socialdemócrata que a estas alturas solo habla de poder adquisitivo y de crecimiento es deprimente. Es un reconocimiento de falta de visión. La política necesita una visión y poner a la gente en marcha para conseguirla. Ahora la política parece un intento de ir resolviendo un problema detrás de otro. Y no puede ser esto: ¡falta visión!

¿Simpatiza con el decrecimiento?

Yo no veo demasiado futuro a una ideología que se base en el decrecimiento. Pero al mismo tiempo estar feliz porque el PIB ha subido el 0,3% me parece grotesco. ¡Es ridículo! Hay que ser un poco más humilde, reconocer que estamos pasando un momento muy crítico en la historia y dar entrada a la participación para reiventar la sociedad, sobre todo a escala local y europea. Necesitamos espacios en los que personas con miradas muy distintas puedan debatir.

EN EBULLICIÓN Antonin Léonard, en el espacio Makers of Barcelona (MOB), uno de los hubs centrales por donde transita la economía colaborativa en España. FOTO: ANDREA BOSCH

¿Y cómo ve los impuestos en la economía colaborativa? Los impuestos son la clave del Estado de bienestar...

Es cierto que la fiscalidad está relacionada con el Estado de bienestar y el modelo social europeo, pero deberíamos preguntarnos si no sería mejor que la comunidad asumiera alguna de las funciones del Estado. En todo caso, en impuestos hay que hacerse una pregunta básica: ¿la actividad concreta genera beneficios o no? No veo sentido a poner un impuesto a algo en lo que no ganas dinero. Por ejemplo, si cedes una plaza en un coche para un viaje a cambio de que te ayuden a costear la gasolina, como es el caso de Blablacar, no creo que se deba pagar un impuesto por ello. En cambio, si ganas dinero alquilando tu habitación a Airbnb, lógicamente tendrás que declararlo y pagar lo que toque. No tiene demasiado misterio.

“Es deprimente que la socialdemocracia solo hable de crecimiento y poder adquisitivo”

“Si la actividad genera beneficios, hay que pagar impuestos, claro. Pero solo en este caso”

¿Qué opina del Bitcoin? ¿Es economía colaborativa?

Lo es, sí, y es una contribución al intento de repensar el sistema monetario. El actual es centralizado, con bancos centrales dependientes de los Estados y, sobre todo, de los mercados, elemento básico en la crisis. Bitcoin fue una innovación, y hay que verla como una start-up, como Paypal… No estoy seguro de que sea el mejor sistema, tiene problemas, pero es interesante porque empieza a cuestionar intereses establecidos. Solo por esto ya merece la pena.

 

¿Y SI HAY LOBOS?

“La confianza depende de la reputación digital”

El consumo colaborativo exige un cierto grado de confianza hacia gente que no conoces. ¿Exige una visión roussoniana de la humanidad? ¿Los que coinciden con Hobbes es mejor que se abstengan?

No comparto esta dicotomía filosófica. En mi opinión, tanto Hobbes como Rousseau tienen razón. La clave es el contexto. Una misma persona en un contexto determinado se puede comportar bien y en otro contexto, mal. Lo fundamental es poner énfasis en el contexto para que facilite el comportarse bien.

¿Y esto cómo se hace?

Tomemos el ejemplo de Blablacar, que permite compartir coche para viajar. Antes se pagaba físicamente en el mismo coche y hasta el 30% de la gente que alquilaba una plaza, a la hora de la verdad no se presentaba. Ahora han cambiado el sistema, de forma que se paga en Internet al hacer la reserva. Todo el mundo se presenta. Bastaba con cambiar el sistema.

¿Pero cómo descubrir al lobo disfrazado de cordero antes de darle las llaves de tu casa?

Se ha avanzado muchísimo en sistemas para verificar la identidad. Es decir, comprobar que tu identidad física se corresponde con la identidad digital. Es interesante ver que en ello desempeñan un papel clave la dirección física y el correo convencional. Pero, además, las redes sociales son importantísimas: dejas rastro y de ahí salen los sistemas de reputación digital.

¿Cómo funcionan?

Se genera un historial a partir de todas las transacciones en las que has participado. Con una dimensión cuantitativa, que te da un número equivalente a una nota, en función de si tu actuación previa ha sido o no satisfactoria para las demás personas. Y otra más cualitativa, que mide amabilidad, simpatía, etcétera.

 

GENERACIONES

“La clave no es ser joven, sino estar conectado”

¿El consumo colaborativo es sobre todo para los jóvenes?

No necesariamente. Hay una correlación entre el grado de conectividad (uso de redes sociales y teléfonos inteligentes) y la propensión a practicar el consumo colaborativo. Pero a menudo se hace una ecuación errónea. Es cierto que hay más jóvenes en el mundo del consumo colaborativo, pero no por el hecho de ser jóvenes, sino porque los jóvenes están más conectados. La clave es estar conectado, no ser joven.

¿El elemento central es, por tanto, la tecnología?

Es un acelerador, sin duda. Pero más que la tecnología son las redes sociales: cuanto más habituado se está a las redes sociales, mayor propensión al consumo colaborativo y al intercambio con desconocidos. Con un móvil tienes además la posibilidad de confirmar pedidos o reservas al instante...

¿Cómo funciona OuiShare? ¿Con asambleas?

Tenemos reuniones, pero no votamos, la gobernanza está basada en el consenso. La tecnología permite encontrar vías para que la participación sea continua y no solo aislada, y también para fomentar las decisiones por consenso en lugar de tener que votar. La democracia directa es aún más interesante si busca el consenso.