"La izquierda está refugiada en la indecisión" // Belén Barreiro

  • Belén Barreiro

    Socióloga, directora de MyWord

    El panorama electoral está muy abierto, afirma la exdirectora del CIS 

    "La izquierda está refugiada en la indecisión"

    Belén Barreiro es una observadora privilegiada de las tendencias de fondo de la sociedad española y de las preferencias de los votantes. Desde 2012 dirige MyWord, una empresa que ella misma fundó y que hace estudios de mercado y sociopolíticos para el sector privado, partidos políticos, medios de comunicación, universidades y la Administración. Fue directora del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) entre 2008 y 2010, año en que fue cesada tras negarse a ceder a las presiones del Gobierno y cruzar lo que para ella era una línea roja: cambiar las fechas del trabajo de campo de la encuesta más delicada del organismo, el famoso Barómetro. “Fue una etapa en la que el PSOE comenzó a ir mal”, recuerda, “y empezaron las tensiones y los nervios”. Barreiro sostiene que el electorado español está en un momento de tremenda agitación, por lo que resulta prematuro hacer pronósticos ante la próxima ronda de elecciones, que comienza en 2019. “Las cosas se pueden mover en muchas direcciones”, afirma Barreiro, que conversó con Alternativas Económicas antes de la presentación de la moción de censura por parte del PSOE.

    FOTO: J.P.V.-G.

    Las encuestas auguran que, por primera vez desde 1982, un partido que no es el PSOE ni el PP (Ciudadanos) puede ganar las elecciones generales. ¿Qué ha pasado? 

    Ha habido muchas transformaciones sociales que lo hacen posible, y no solo en España. Los cambios en el sistema de partidos están ocurriendo en muchos países a la vez. Desde una perspectiva interna puede parecernos una barbaridad, pero hay democracias que están viviendo cambios todavía más bruscos y hundimientos de partidos históricamente fuertes, como en Francia. Hay un elemento común a todos estos países que tiene mucho que ver con las desigualdades crecientes, en parte por la crisis, que las agudiza, y en parte por los procesos de globalización. España no sale bien parada de los rankings de evolución de la desigualdad y de la pobreza, y se ha producido un cambio muy importante: los que estaban mal están peor y los que estaban bien no están peor. La clase media no se ha empobrecido tanto como las clases vulnerables, pero durante la crisis lo pasó mal, no solo por el bolsillo, sino por el miedo a perder el empleo.

    En la última encuesta del CIS llama la atención que la mayoría de los españoles se definan como de centro izquierda y que, al mismo tiempo, el PP y Ciudadanos sean los dos primeros partidos en intención de voto.

    En estos momentos hay una parte muy importante de la izquierda que está en el no sabe, no contesta. Esa indefinición de la izquierda está subiendo.  No es desmovilización, es más bien refugiarse en “no sé muy bien qué voy a hacer porque no tengo muy claro qué me conviene y qué le conviene al país”. La izquierda está en esa reflexión, que podría luego traducirse en una mayor abstención si no se resuelven esas dudas, aunque también podría traducirse en el sentido de acabar votando a Podemos o al PSOE. En la derecha lo que ha ocurrido es que muchísimos votantes del PP han decidido pasarse en su intención de voto a Ciudadanos.

    Últimamente Ciudadanos parece haber dado un giro conservador a su discurso. ¿Lo está rentabilizando?

    El PP está en declive. En cada encuesta que hacemos cae aún más. Ciudadanos subió mucho en otoño, coincidiendo con el punto álgido de la crisis en Cataluña, pero se ha estancado, en parte porque las transferencias que le venían del PSOE se han frenado. Los votantes socialistas o bien se quedan, unos pocos se van a Podemos o se van a la indecisión. Ciudadanos es el partido ganador en el centro y entre los votantes sin ideología, pero está tomando muchas posiciones propias de la derecha. Y el PP, por primera vez, tiene una capacidad de retención del voto muy baja.

    ¿Puede ser, entonces, que dentro de unos años Ciudadanos sea la formación hegemónica de la derecha española y el PP un partido de segundo orden?

    Podría ser un escenario, salvo que el PP haga un reseteado completo y Ciudadanos, por la razón que sea (por falta de equipos, fundamentalmente), no pueda convencer tanto. Las tendencias aún no han cristalizado. Estamos un momento en que el electorado está en movimiento, y dependerá de muchos factores. Cada uno tiene sus bazas y sus puntos fuertes o débiles, pero las cosas se pueden mover en muchas direcciones.

    ¿Por qué la izquierda no parece capaz de rentabilizar electoralmente el deterioro del PP y el aumento de las desigualdades sociales que nos deja la crisis?

    Llevamos muchos meses centrados en la cuestión territorial, y a la izquierda no le conviene que ese tema domine el debate. Además, la ciudadanía sigue teniendo más confianza en la derecha por la recuperación de la economía. Los ciudadanos perciben que la economía está mejorando, y eso se nota en los indicadores de consumo. Esa bandera la sigue teniendo el PP, aunque no tengamos precisamente los empleos de más calidad.

    Podemos parece haber tocado fondo y que recupera algo de la confianza perdida...

    Podemos está resistiendo, esa es la palabra, aunque con una posible tendencia al alza. Hubo un momento en que perdía votos hacia el PSOE, y eso ya no ocurre. De hecho, el balance es ahora el contrario, aunque son transferencias muy minoritarias. El electorado de izquierdas está refugiado en la indefinición, en la indecisión, en ese me lo quiero pensar.

     

    ¿Quién es?

    Nacida en mayo del 68 en Madrid, Belén Barreiro estudió Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense. Obtuvo su doctorado en el Instituto Juan March, fue investigadora de la Universidad de Nottingham y volvió a la Complutense como profesora. Trabajó en el gabinete de análisis y estudios de La Moncloa durante la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero y, tras su paso por el CIS, en 2012 fundó su propia empresa. Ha escrito varios libros, el último de ellos La sociedad que seremos (Planeta, 2017). FOTO: J.P.V.-G.

     

    La España surgida de la transición, que algunos llaman el régimen del 78, lleva años dando señales de agotamiento y hay un consenso cada vez mayor sobre la necesidad de mejorar la calidad de las instituciones democráticas, desde los partidos al poder judicial o los medios de comunicación. ¿Cuáles son los cambios más urgentes?

    Lo más urgente, desde el punto de vista de los ciudadanos, es acabar con la corrupción, y eso no es aún posible. El PSOE, cuando tuvo su mala época en los últimos años de Felipe González, sacó lecciones. La principal es que frente a la corrupción hay que hacer esfuerzos no solo por evitarla, sino también reaccionar a tiempo cuando estalla algún escándalo, lo que significa anticiparse o dimitir. De hecho, la etapa de Zapatero tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas, pero no hubo ningún gran escándalo de corrupción. El PP va a pasar por un proceso similar al que pasó el PSOE: darse cuenta de hasta qué punto la corrupción es capaz de destruir no solo la democracia, sino al propio partido, con la diferencia de que al PP le ha pillado en un momento de cambio del sistema de partidos, y está por ver cómo sobrevive a este proceso. Si el PP sobrevive, eso ayudará a mejorar la democracia española. El primer paso para hablar de calidad de las instituciones es que los dineros estén donde tienen que estar. Sin eso, todo lo demás es secundario.

    ¿Es España un país corrupto? Los resultados electorales muestran bastante tolerancia con la corrupción, al menos de algunos sectores de la población.

    No creo que seamos un país especialmente corrupto ni que los ciudadanos sean tolerantes con la corrupción. El voto es una decisión que engloba muchas decisiones, y si un ciudadano cree en un momento dado que lo prioritario es que España salga de la crisis, puede votar a un partido con escándalos de corrupción que, sin embargo, esté mejorando otras cosas. La corrupción se paga siempre, pero con retraso. En la época de Felipe González sucedió así: el hundimiento del PSOE se produjo en el año 2000, no en el 1996. Los ciudadanos tienen que encontrar el momento en que se atreven al cambio: primero toman nota y luego lo hacen pagar. En la derecha, los que antes votaban al PP con la nariz tapada ahora no tienen que hacerlo porque pueden votar a Ciudadanos. El miedo a Podemos ha desaparecido y el votante de derechas ahora sí quiere castigar. La corrupción importa muchísimo y el votante pasa factura, pero lo hace cuando le viene bien o cuando cree que le viene bien a su país.

    ¿Qué queda del 15-M? 

    Queda mucho, entre otras cosas el cambio en el sistema de partidos. El 15-M es lo que ha permitido la repolitización de las nuevas generaciones. Sin él no estaríamos hablando de izquierda y derecha como lo hacemos ahora, tendríamos unas nuevas generaciones sin anclajes ideológicos tan claros. Sin que fuese un fenómeno de izquierdas exclusivamente, porque participó gente muy variada, el 15-M se desencadenó como un movimiento que ponía las injusticias sociales en el centro. Ese ha sido un discurso muy importante para los que entonces eran niños, que han ido creciendo y que en las próximas elecciones estarán votando ya. 

    ¿Cómo es posible que en una sociedad cada vez más tecnificada y con una economía cada vez más globalizada vivamos un auge de los nacionalismos excluyentes?

    El auge del nacionalismo me cuadra con las contradicciones de esta era, en la que nos volvemos muy digitales pero a la vez necesitamos espacios analógicos. El poder político se nos escapa por el proceso de globalización y la gente reivindica más cercanía de las instituciones y tener el poder de lo inmediato. En el caso de España hay factores desencadenantes muy precisos que no tienen que ver con la globalización ni con el avance de la tecnología.

    “Vivimos en una sociedad dual de empobrecidos y acomodados”

    “Quienes manejan bien la tecnología son más felices y tienen mejor salud”

    ¿Cuáles son esos mecanismos?

    Hay que ver en qué momento se dispara la demanda de independencia en Cataluña. En 2004 había solo un 14% de independentistas, según las encuestas del CEO (Centro de Estudios de Opinión, el llamado CIS catalán). De ahí pasamos, un año o dos después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut (de 2010), a cerca del 50%. Cuando la gente cambia de manera tan brusca sobre un asunto así es que algo ha ocurrido, y ese algo es la gestión política e institucional que se ha hecho del proceso.

    ¿Por parte del Gobierno central o del catalán? 

    Por parte de todos. El auge del independentismo tiene que ver con la sentencia del Estatut, con la gestión del Gobierno central y también con el aprovechamiento que se hace desde el Gobierno de Cataluña cuando España entra en crisis, al tratar de desviar la atención hacia un asunto emocional que una y no divida. Es una estrategia típica de los partidos. El dato objetivo es que la opinión pública cambia, y ese cambio acaba transformándose en un problema.

    El desafío independentista parece haber empujado a buena parte de los ciudadanos hacia los extremos, tanto en Cataluña como en el resto de España... Parece difícil cerrar las brechas abiertas.

    Muy difícil. La opinión pública española también está revisando sus opiniones al respecto. En los últimos meses está creciendo el apoyo a un referéndum legal, y no solo entre los jóvenes. Los ciudadanos ven que las soluciones que se están ensayando no son soluciones y que el conflicto se ha atascado. No es una decisión deseada por la mayoría de los partidos, pero la opinión pública española está empezando a ponerse a la vanguardia a la hora de ver con normalidad que se celebre un referéndum.

    Los datos macroeconómicos llevan años mejorando, pero el CIS muestra que la mayoría de los ciudadanos siguen siendo pesimistas sobre la marcha de la economía. ¿Por qué?

    Los españoles son más optimistas que antes. Aumenta la sensación de que estamos saliendo de la crisis y crecen todos los indicadores de consumo: se va más al cine, a los restaurantes... Ahora bien, no hemos vuelto a la alegría precrisis, por un lado, y por otro, España se ha quedado muy partida. El optimismo se corresponde más con aquellos que nunca se vieron afectados por la crisis o con aquellos que han dejado de verse afectados. Frente a eso hay una parte muy importante de la población que sigue pasándolo mal porque el paro sigue siendo alto y los salarios se han quedado muy escuetos. Es una sociedad dual de empobrecidos y acomodados.  

    En su libro La sociedad que seremos sostiene que el grado de habilidad tecnológica va a ser determinante para el desarrollo personal y el nivel socioeconómico de los españoles.

    Hay una división entre digitales y analógicos, y dentro de cada grupo los hay acomodados y empobrecidos. Estamos, por tanto, ante una España cuádruple. En el futuro prácticamente no habrá analógicos, nadie estará fuera de Internet y tendremos una sociedad completamente digitalizada. Lo que va a marcar la diferencia será esa destreza, lo avanzado tecnológicamente que esté cada uno. Los datos nos dicen que los más avanzados tecnológicamente tienen trabajos más creativos, mejor salud, que son más felices... todo les va mejor. A la parte de la sociedad española que está más retrasada tecnológicamente le ocurre lo contrario. La tecnología nos trae muchas cosas buenas, pero está profundizando en las desigualdades sociales. Si no hay debates públicos serios y si los poderes públicos, que son los que tienen la capacidad para revertir esos procesos, no se implican y no empiezan ya a analizar el impacto de la tecnología en las divergencias sociales, estas crecerán. Del mismo modo, las nuevas tecnologías también pueden ahondar en las divergencias de género.

    ¿De qué manera?

    Entre los que son más avanzados tecnológicamente hay menos mujeres. Las mujeres jóvenes tienden a elegir menos carreras técnicas y más carreras que tienen que ver con el cuidado de los otros. Eso podría llevar a que las profesiones más vanguardistas sean profesiones más masculinas y nos encontremos con una desigualdad de género diferente: que por los procesos de socialización y los procesos culturales se vaya produciendo una divergencia en la elección de carreras y de caminos profesionales.

     

    TELEVSISIÓN Y REDES

    “Las series son el fenómeno del siglo XXI”

     

    MyWord ha efectuado recientemente un estudio sobre el consumo de series de televisión en España. ¿Qué nos enseña sobre el cambio de hábitos de los ciudadanos?

    El estudio se llama el Observatorio de las Series, y lo hemos hecho en colaboración con Good, una empresa de entretenimiento y marketing y con una especialista en marcas. Lo que nos dice el trabajo es que el consumo de series se ha convertido en el fenómeno cultural del siglo XXI. Cuando he visto los datos me he quedado petrificada. El 85% de los españoles ve series... es casi todo el mundo. Uno de cada dos dice que las series son importantes en su vida, como si fueran la salud o el amor. Siete de cada diez han dejado de hacer determinadas actividades para ver series. Lo que vemos es que las series nos ocupan mucho tiempo, recogen buena parte de nuestra atención y nos llegan a los corazones. Cuando acabamos una serie nos ponemos tristes... Hay pocas cosas ahora mismo que nos lleven tanto tiempo y nos afecten tanto. El objetivo del proyecto es que las marcas puedan acercarse a los consumidores por caminos diferentes. Competir por el tiempo del consumidor es en lo que estamos todos: ver qué hago para que me hagan caso.

    También nos quitan cada vez más tiempo las redes sociales. Se habla del riesgo de adicción y de que su uso está minando las relaciones personales tradicionales...

    He analizado bastante esta cuestión y no es exactamente así. La gente que utiliza mucho las redes sociales es gente que también es muy sociable fuera de Internet. Y al revés: los que no usan tanto las redes tampoco tienen tanta vida social fuera. Tiendo a pensar que más que restarnos, las redes sociales suman. Son un reflejo de cómo somos.

     

    LA TECNOLOGÍA Y SUS PELIGROS: Los avances tecnológicos traen muchas cosas buenas,  afirma Belén Barreiro, pero también contribuyen a aumentar  las desigualdades sociales y de género. FOTO: J. P. V.-G.

    IGUALDAD

    “El feminismo está para quedarse”

     

    El auge del movimiento feminista está siendo impresionante. ¿Estamos ante algo coyuntural o va a tener efectos a largo plazo?

    El feminismo está para quedarse. Creo que estamos entrando en una reflexión colectiva diferente; empecé a notarlo cuando en las encuestas del CIS los jóvenes se identificaban cada vez más con la palabra feminista. Cuando las tendencias sociales se modifican porque han cambiado los jóvenes, esos cambios tienden a permanecer. 

    ¿Por qué?

    Esa nueva manera de pensar no es de quita y pon. Será por la educación que han recibido, por haber crecido en libertad, porque son nativos digitales, por haber viajado a otros países y ser más cosmopolitas, por ver muchas series de televisión... Por muchas razones las jóvenes piensan distinto. Sus reivindicaciones no tienen que ver con un tema concreto, como el derecho al aborto, sino con el papel de hombres y mujeres en todos los aspectos. Lo que se puede producir es un contagio hacia las generaciones mayores, que los padres de quienes van a las manifestaciones empiecen a caer en la cuenta de que se habían olvidado de sus reivindicaciones. Pasó lo mismo con el 15-M, que comenzó siendo un movimiento de jóvenes y acabó contagiándose a los mayores.

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