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“Necesitamos una Unión Sanitaria Europea”

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Noviembre 2020 / 85

Fotografía
Mariana Vilnitzky

Carme Valls

Pionera de la medicina de género

“Necesitamos una Unión Sanitaria Europea”

Guardando las distancias pero preservando la cercanía y la calidez que la caracterizan, la endocrinóloga experta en género nos recibe en el salón de su casa y explica apenas una parte de todo lo que ha aprendido en 40 años de carrera.

Usted es de las que han estado trabajando desde hace años en medicina de género.

Hicimos nuestro primer congreso aquí en Barcelona en 1990, Mujer, Salud y Calidad de Vida, desde el Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), una ONG científica. Hice una ponencia sobre si hay diferencias en las enfermedades entre mujeres y hombres, si los medicamentos que estamos dando tienen una repercusión diferente según el sexo... Lo había estado trabajando desde 1988. Al mismo tiempo, en  el mundo otras mujeres trabajaban en el tema. La más importante fue Bernardine Healy, que en 1991 hizo una crítica en el Journal of Medicine que denominó El Síndrome de Yentl. Yentl era una película en la que una judía se tenía que disfrazar de hombre para poder ir a la universidad. Healy puso ese nombre a las mujeres que iban al cardiólogo, porque se acababa de demostrar que las mujeres, a igualdad de problemas, con la misma obstrucción de coronarias, eran enviadas a casa, y los hombres, a operar. Esto salió publicado en el New England Journal of Medicine y revolucionó al menos la cardiología. Y nos empezó a conectar. Del Congreso de Barcelona salió un programa que dirijo en el CAPS, que se llama Mujeres, Salud y Calidad de Vida. Últimamente también hemos desarrollado otro aspecto, el de medio ambiente y salud. Pasaron 30 años. Ha sido una batalla.

Y todavía sigue siendo…

Todavía, porque incorporar la variable sexo no quiere decir tener en cuenta todos los tipos de género. Incorporas el sexo para decir que en un trabajo científico si hay hombres o mujeres en algún problema. Hasta 1990 los trabajos se hacían solo con hombres: 22.000 hombres para mirar el efecto de la aspirina, por ejemplo. Entonces publiqué el libro Mujeres invisibles. Y ahora lo hemos reeditado con Capitan Swing y se llama Mujeres invisibles para la medicina. En este libro valoro los avances. En cardiología, que es donde empezó Bernardina, hay avances. Pero de los trabajos publicados sobre mortalidad, solo el 38% recogen estos datos. O sea, ¿cuánto hemos avanzado? 38%.

Acudir a una médica mujer no es garantía de que vaya a tomar en cuenta el género.

No, porque la mujer ha sido formada en una docencia donde el tronco es androcéntrico. 

En los análisis clínicos de rutina tampoco se tiene en cuenta la diferencia de género... 

Hay un segundo problema. A veces la valoración de los análisis no pone las diferencias entre hombres y mujeres, pero si las pone, siempre es minusvalorando a la mujer. Por ejemplo, normalizan que la mujer tenga poco hierro o anemia. Consideran que es frecuente, pero todo lo que es frecuente no es normal. He tenido que dedicar un libro a hablar sobre eso: Mujeres, salud y poder, que por suerte se utiliza en la universidad. Pero sigue sucediendo que el médico mira la analítica y los valores que salen a la derecha como si fueran la biblia. Muchos no están evaluados en función de la calidad de vida.

Tengo la sensación de que en las mujeres cualquier problema de salud se termina achacando a la salud mental.

Que haya un estrés constante en una persona —que nunca acabas de hacer una cosa porque tienes que hacer otra y te interrumpen— es una realidad. Cuando la mujer llega a la consulta y dice “es que estoy muy cansada, tengo palpitaciones, taquicardia”, le responden: “usted tiene ansiedad o depresión”. Si le pusieran una etiqueta solo, vaya y pase. Pero es que luego se medicaliza. Con todo lo que nos ha pasado y nos pasa, estamos fantásticas. Y, por desgracia, muchos disruptores endocrinos que vienen del medio ambiente también actúan en su mente.

Usted ha escrito un libro de medio ambiente y salud. ¿Cómo ha llegado hasta ahí?

He ido llegando a través del cáncer de mama y de explorar otras relaciones. Ahora sabemos que hay muchas profesiones que pueden tener relación con el cáncer. Incluso el turno de noche. Como cambia la melatonina, cambia la manera en que el cuerpo hace ciclos y produce que los estrógenos sean más abundantes. En Dinamarca, por ejemplo, se indemniza a las mujeres con cáncer de mama que estuvieran trabajando en turno de noche. Antes era difícil demostrar estas cosas. Las trabajadoras del nailon o las que trabajan en agricultura —que tienen que tocar muchos pesticidas, que también son disruptores endocrinos —, deben ser indemnizadas. Yo empecé viendo mujeres afectadas por una fumigación que acabaron teniendo problemas en el ciclo menstrual hace 20 años. Las he ido siguiendo todos estos años, y han desarrollado también sus cánceres de mama, han desarrollado todas sensibilidad química y fatiga crónica.

¿Quién es?

Carme Valls (1945) es una reconocida médica endocrinóloga. Dirige desde hace más de 20 años el programa Mujer, Salud y Calidad de Vida en el Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), ONG de la que es vicepresidenta. Ha escrito una extensa cantidad de libros, entre ellos el recién reeditado Mujeres invisibles para la medicina (Capitan Swing). Miembro del consejo de redacción de la revista Mujeres y Salud (MyS), fue diputada en el Parlamento de Cataluña por la candidatura PSC-Ciutadans pel Canvi entre 1999 y 2006.

 

Se ha hablado mucho de los disruptores endocrinos. Se dice que hay que comer ecológico, bio. Hay ya grandes negocios y es carísimo, pero luego hay unas leyes que lo permiten. ¿En qué estado está hoy el tema en la Unión Europea?

Lo que tiene más relación con los problemas de salud es la contaminación del aire. Después la del agua. Y la menos grave es la de los alimentos. La calidad del aire estaba empeorando en toda Europa. Hemos llegado a unos niveles que pueden producir enfermedades respiratorias y cardiovasculares y más infartos. Y las mujeres mueren más de infartos y de enfermedades cardiovasculares que los hombres.

En la contaminación del aire se tenían que tomar medidas. Europa había cogido las riendas muy bien. Y Ursula von der Leyen lo tiene muy claro: dice que Europa tiene que ser un ejemplo de una transición climática y digital. Está claro que si paramos la contaminación del tráfico todo mejora. El problema más sutil son los disruptores endocrinos de los alimentos. Los hidrocarburos de los coches son disruptores endocrinos. Actúan en el cuerpo como si fueran estrógenos. También las incineradoras crean dioxinas, queman neumáticos, plásticos... No se tiene que calentar nada en el microondas con plástico alrededor… El efecto del estrógeno en la mujer aumenta los problemas del ciclo menstrual, más miomas, más quistes en las mamas. Más esterilidad en los dos sexos. Los hombres tienen más cáncer de testículos y las mujeres más cáncer de mama. Y en los dos sexos más cáncer de páncreas. Después hay unas enfermedades nuevas, como la sensibilidad química múltiple. Tanta química está alterando el olfato y en zonas del cerebro enfermedades que se llaman de sensibilización central, fatiga, etc.

Lo que tienen que cambiar son las leyes, ¿no?

En mi libro del medio ambiente, en cada capítulo, pongo políticas públicas que se podrían hacer y cosas que podemos hacer individualmente. Para el aire y el agua hay que hacer política pública. En los alimentos podemos intentar escoger, no comernos los envueltos en plástico, podemos hacer cosas. Tenemos que exigir que los productos que comemos tengan la máxima calidad posible. Pero hay cooperativas de consumo ecológico, con productos de temporada.

Pero hay un marketing de lo sano casi insalubre.

Se han hecho negocios. Y con la parafarmacia no te puedes ni imaginar. No solo es la industria farmacéutica, sino que es fácil convencer a determinadas personas que quieren vivir de forma muy sana para que consuman unas determinadas cosas. No es la realidad. La salud se puede mantener comiendo con la mejor calidad posible. Desde las vacas locas ha cambiado mucho la producción. Y también la agricultura. Donde lo hicieron bastante bien fue en Alemania, porque protegieron la industria ecológica. ¿A quién hay que recomendárselo? Por ejemplo a las mujeres que ya han tenido un cáncer de mama, para que no se reproduzca en otro lado. O a las mujeres con sensibilidad química múltiple. El resto tenemos que diversificar nuestras comidas para que no nos toque siempre el mismo disruptor, o siempre el mismo mercurio en el pez.

"A veces, al valorar los análisis se normaliza que la mujer tenga poco hierro o anemia"

"Los peores disruptores endocrinos vienen de la contaminación del aire"

Pero lo interesante es que el pez no tenga mercurio…

Sí, pero para eso tienes que limpiar los mares. Es un tema político y de conciencia ciudadana. En políticas públicas, Von der Leyen tenía la intención de enfocarlo bien, pero ha venido el virus y lo ha parado. Pero el virus también ha creado otras políticas públicas interesantes. Por ejemplo, por primera vez habló sobre la Unión Sanitaria Europea. Yo creo en un federalismo europeo. Esto se ha echado en falta. Se ha vuelto al Estado nación. Ahora debemos volver a crear unos mecanismos que nos permitan una respuesta común. Cuando te enfrentas a un problema global requieres políticas públicas globales.  Necesitamos una Unión Sanitaria Europea.

Ahora mismo, más que una unión sanitaria, se ve una desigualdad en quién puede acceder a la salud, porque la salud pública está bastante colapsada.

En nuestro país el acceso a la salud es universal y la salud, la mejor. El problema es cuando se colapsa. La privada a veces ofrece cosas que la pública no. Pero ojo, porque ofrece cosas que no son ciertas. Muchas personas pueden pensar: “yo nunca me lo podré permitir”. Pero a lo mejor no se lo tienen que permitir. 

Hay médicos y médicas en un nivel de precariedad muy alto, hasta el punto de gente que decide renunciar a la plaza.

Sí. Uno de los problemas es el de los MIR. Han acabado siendo asistentes hospitalarios en la atención primaria, cuando son médicos en formación. Encima se les paga miserablemente. Y sus condiciones de trabajo son muy malas. En España teníamos 50.000 médicos que habían cogido la covid-19. Ahora ya no dicen la cifra. Pero no tenían ni batas. En cuanto a la atención primaria, la han reducido a unos determinados trabajos. No pueden pedir ni la ferritina, ni si falta vitamina D… No les dejan pedir casi nada y tienen que derivar.  Luego, el personal se ha ido recortando, y falta asistencia. Ya cada año, cuando venía la época de la gripe, todos sufrían. Ahora están desesperados. Para un médico la huelga es lo último. Esta huelga se ha parado porque no podemos dejar los centros de primaria sin atención cuando crece la pandemia.

¿Hay perspectivas de cambio?

Hay esperanza, no sé si perspectiva. Siempre que la gente luche por sus derechos, hay esperanza. También tengo que decir que es una lucha feminizada, porque casi el 70% de los MIR son mujeres. Y en atención primaria es casi el 75%. Y las enfermeras, casi todas son mujeres. Eso también es preocupante respecto a la covid-19. En el mundo se han muerto ya unas 7.000 personas de personal sanitario, de las que 5.000 eran mujeres. Pero, en cambio, en el comité de emergencia de la OMS, el 80% son hombres y el 20% mujeres.

"Los MIR son médicos en formación, pero acaban siendo asistentes y se les paga miserablemente"

Sobre la vacuna de la covid-19, hay gente con reticencias a lo que salga inicialmente. 

Primero: la vacuna no la tenemos. Puede que haya tratamiento antes que vacuna. Y, por tanto, no me anticipo a ser anti nada. En el CAPS hemos discutido mucho de medicaciones, incluso de las que se dan hace años. ¿Hace falta estar dando ácido fólico a las embarazadas todo el embarazo? Es en los dos primeros meses antes del embarazo, y después el primer mes. Hay muchas cosas que se hacen por rutinas, o porque alguien lo dijo, y se tendrían que revisar.

Usted ha pasado por la política, pero se ha ido. ¿Se puede hacer algo desde la política?

Indiscutiblemente, sí. Yo fui diputada gracias a Pasqual Maragall, que promovió que profesionales de diversas ramas hiciéramos una asociación, Ciutadans pel Canvi, asociada entonces al Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), y nos presentamos a las elecciones. Por un escaño no ganamos, y porque Convergencia se unió al Partido Popular. Estuve ese tiempo en la oposición. Y conseguimos cosas, como que se impulsara el teléfono contra la violencia de género, algo que logré uniendo a todas las fuerzas parlamentarias. La política la hacemos todos cada día. Hasta los que se creen que no. Yo me he quedado haciendo política en asociaciones. Una de ellas es Federalistes d’Esquerres, donde intentamos hacer pedagogía federal.