Hong Kong, la pesadilla de China

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  • Septiembre 2019

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    Equilibrio: Pekín trata de resolver la crisis de la antigua colonia británica sin perjudicar la imagen del centro financiero y sus aspiraciones de anexionarse Taiwán.

    Hong Kong vive protestas multitudinarias desde el 9 de junio. FOTO: STUDIO INCENDIO

    Puede parecer un chiste fácil, pero no lo es: Pekín tiene una china en el zapato con Hong Kong y le molesta cada vez más. Para las autoridades chinas se trata de una contrariedad que va más allá de cómo poner fin a las protestas masivas que se han adueñado de la ciudad. Lo que les preocupa es que la gestión de esta crisis por parte de las autoridades locales no repercuta en su estrategia para atraer Taiwán hacia la unificación de China y que Hong Kong no salga perjudicada como cuarto mercado bursátil de planeta. 

    En Pekín saben que a los hongkoneses no les duelen prendas a la hora de manifestarse contra sus proyectos. Pero les inquieta que estas movilizaciones sean cada vez más numerosas y violentas desde que la ex colonia británica retornó a China en 1997. Las protestas definen un creciente descontento entre los 7,5 millones de personas que viven desde esa fecha bajo el principio de un país, dos sistemas que pactaron Margaret Thatcher y Deng Xiaoping. Ese acuerdo permite a Hong Kong disponer hasta 2047 de moneda propia y de un sistema judicial independiente, así como de libertad de expresión y reunión, unos derechos impensables para los habitantes del resto del territorio chino.

    Este verano los hongkoneses han vuelto a ejercer estos derechos y han salido a la calle más que nunca para protestar contra una iniciativa que consideran que vulnera sus derechos y los deja a merced de los líderes comunistas. Son unas movilizaciones que no se sabe muy bien ni cómo ni cuándo terminarán, pero que ya han hecho mella en la economía del territorio. En septiembre, el responsable de Finanzas hongkonés, Paul Chan, advirtió: “La ciudad está al borde de una recesión”, según el diario South China Morning Post. Este comentario confirma el índice Hang Seng, que regula la Bolsa de Hong Kong y pone de relieve que desde el inicio de las protestas (el 9 de junio) y septiembre ha caído el 7%.

    El índice Hang Seng refleja así el pesimismo económico que se ha apoderado de los hongkoneses. Esta desesperanza que es palpable en una ciudad que nunca duerme, y menos para hacer negocios. El número de turistas ha caído en picado y en agosto suponían el 40% menos que en el mismo mes de 2018. Los hoteles (como los restaurantes) están medio vacíos, a pesar de ofrecer descuentos de hasta el 70%. La Asociación de Comerciantes estima que sus 8.000 asociados han perdido la mitad de sus ventas en agosto y las tiendas de lujo subrayan que el desplome de su actividad alcanza el 30%. Estos datos confirman que es la peor crisis que afronta Hong Kong en las últimas cinco décadas y que las autoridades locales no logran atajar. Es una situación que inquieta especialmente en Pekín, ya que por esta ciudad aún fluye más del 60% del capital que entra y sale de China.

    La situación es mucho peor que cinco años atrás, cuando estalló la Revolución de los Paraguas, que entonces asombró al mundo entero. Aquella revuelta estudiantil, que en otoño del 2014 mantuvo bloqueado 79 días el centro de la ciudad, alteró el pulso de la urbe, pero permitió que siguiera funcionando y los efectos económicos fueron menores. Entonces, el índice Hang Seng solo bajó un 2,75%, mientras que ahora ya acumula una caída del 7%.

     

    UNA GUINDA INESPERADA

    Entonces la situación económica de Hong Kong era más boyante que ahora y la puesta en marcha de la interconexión con la Bolsa de Shanghái ayudó a paliar los efectos de aquella revuelta. Ahora, las circunstancias son muy distintas. “La economía de Hong Kong se enfrenta a una situación difícil”, dijo hace unos días Paul Chan. “Tiene una gran presión a la baja porque debe afrontar la guerra comercial entre EE UU y China y con los retos internos al mismo tiempo”, añadió. Este panorama disgusta a las autoridades de Pekín, para quienes las protestas en Hong Kong constituyen la guinda inesperada a sus problemas.

    La escalada de tensión llega en un momento económico delicado

    Por la ciudad fluye más del 60% del capital que entra y sale de China

    La mecha prendió en las calles de la metrópolis cuando la jefa del Ejecutivo,  Carrie Lam, decidió presentar una ley que permitiría extraditar a China, Taiwán y Macao, a fugitivos acusados de haber cometido delitos graves en estos territorios. La iniciativa provocó una oleada de protestas, empezando por los jueces, que se manifestaron por el centro de Hong Kong por considerar que la propuesta atentaba contra la independencia judicial y expondría a los extraditados a la opaca justicia china, supeditada al Partido Comunista.

    Lam justificó su iniciativa citando el asesinato en Taiwán de una joven de 20 años a manos de su novio hongkonés, de 19, en febrero de 2018 y que no se podía atender la demanda de la justicia taiwanesa porque no existe acuerdo de extradición entre los dos territorios.

    De nada sirvieron sus explicaciones, ni las garantías de que los tribunales de Hong Kong tendrían la última palabra. El temor a que la ley sirviera de amparo a Pekín para reclamar activistas políticos o religiosos se impuso y dio paso a unas movilizaciones que han sacado a la calle a millones de hongkoneses. Desde el 9 de junio, las protestas han adquirido cada vez más un carácter reivindicativo y violento hasta transformar los choques con la policía, que han detenido a más de 1.200 personas, en verdaderas batallas campales. Incluso el aeropuerto, el octavo del mundo en tráfico de pasajeros, fue bloqueado varios días por los manifestantes en una acción sin precedentes.

     

    MARCHA ATRÁS 

    Muchos observadores locales acusan a Lam de agravar la crisis con su rechazo a escuchar a la oposición democrática y a los manifestantes. Tardó casi un mes en reaccionar y anunciar que el proyecto “estaba muerto” y tres meses en prometer que lo retiraría. Sus declaraciones, sin embargo, cayeron en saco roto.

    Llegó tarde y es insuficiente, coincidieron en señalar líderes de las movilizaciones y analistas locales. Ahora los manifestantes reclaman, además, que se investigue la violencia policial, que se libere a los detenidos y que se implante la democracia. Es una coyuntura que conduce al escepticismo a muchos observadores como Paul Wang, quien opina que “los efectos de estas protestas tardarán mucho tiempo en cicatrizar en la sociedad hongkonesa”.

    Las autoridades saben que no puede haber un nuevo Tiananmen

    Los independentistas de Taiwan mejoran sus expectativas

    Y a los dirigentes chinos esta crisis les incomoda. Llega en el peor momento, ya que están enfrascados en la guerra comercial con EE UU y con una situación económica compleja. Para ellos resolver el tema de Hong Kong es un trabajo de orfebrería, ya que deben evitar dañar la imagen de la ciudad como enclave financiero internacional y demostrar, asimismo, su firmeza como gran potencia.

    Se trata de un desafió enorme. En Pekín son conscientes de que no pueden recurrir a una acción militar como en Tiananmen en junio de 1989, donde murieron centenares de manifestantes. Y saben, también, que cualquier acción que emprendan afectará a su estrategia para la unificación con Taiwán. La dura represión policial en Hong Kong, por ejemplo, ha mejorado las expectativas del movimiento independentista taiwanés para las elecciones de enero. Desde el inicio de la crisis, la presidenta y candidata a la reelección, la independentista Tsai Ing-wen, ha recuperado protagonismo y ahora encabeza todas las encuestas, por delante de su rival y candidato preferido de Pekín, Han Kuo-yu del Kuomintang.

    No obstante, los dirigentes chinos, maestros en el manejo del tiempo, saben que una cosa es superar un problema y otra resolverlo. Para ellos, los asuntos de Hong Kong, Taiwán y Macao deben estar resueltos en 2049, cuando se cumplirá el centenario de la República Popular. Es para esa fecha que debe de haber concluido la reunificación del territorio. Hasta entonces, hay tiempo para atajar problemas.

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