La sanidad de los demás

  • Por (Editorialista de Alternatives Économiques y ex presidente de la cooperativa)
    Noviembre 2019

    BIEN COLECTIVO: El Gobierno francés quiere reformar la ayuda médica del Estado (AME), un dispositivo que permite fundamentalmente que los extranjeros sin permiso de residencia tengan acceso a la sanidad. Muchas voces, incluso en el seno de la actual mayoría, critican un sistema que permitiría a algunos beneficiarse de operaciones costosas a cargo de la Seguridad Social cuando, en algunos lugares, es difícil acceder a los cuidados por falta de oferta. De hecho, dejando aparte algunos abusos marginales, la AME es ante todo un instrumento útil al servicio de la sanidad pública. No responde únicamente a una exigencia humanitaria, sino que protege también a toda la población de la difusión de enfermedades infecciosas: la sanidad de todos depende también de la sanidad de cada uno. Es la razón por la que algunas vacunas son obligatorias. De nada nos servirá haber suscrito los mejores seguros complementarios que nos dan derecho a las mejores clínicas privadas. Si mañana nos cruzamos con una persona con tuberculosis multirresistente y sin asistencia médica ello no nos impedirá el riesgo de ser contagiados. En lo que a la sanidad se refiere, la caridad bien entendida empieza por los demás. 

     

    GOLPE DE TEATRO: En la empresa surgida de la revolución industrial, el trabajo respetaba la regla de las tres unidades del teatro clásico: unidad de lugar, de tiempo y de acción. Los empleadores reunieron primero a los trabajadores bajo un mismo techo para controlarlos mejor, ampliar la jornada laboral y evitar los defectos de producción. Después dividieron el trabajo para alargar las series y lograr economías de escala. Finalmente, la mecanización desarrolló cada vez más la productividad a la vez que objetivaba el poder del empleador, al separar el trabajo de ejecución del de la concepción. Resultado: mientras que el capitalismo naciente se encarnaba en la figura del rico comerciante, el gran industrial ocupó progresivamente su lugar, a la vez que el salariado sustituía al trabajo independiente.

    Macron vuelve a sacar un discurso sobre la inmigración

    Esta situación se invierte hoy en día. La multiplicación de empleos de servicios hace que sea menos necesaria la división del trabajo. La revolución digital permite garantizar numerosas funciones mediante trabajadores autónomos. De ahí la vuelta al trabajo a destajo en numerosos oficios: periodistas, consultores, informáticos, etcétera. El empresario ya no compra el trabajo, sino una prestación a un microempresario autónomo. Esta situación, se dice, corresponde a las aspiraciones de muchos jóvenes, obligados también a confundir la realidad con sus deseos. Lo digital permite también el auge de la economía colaborativa. Esta se encarna sobre todo en unas firmas que ponen con relación a los que demandan y a los que ofrecen servicios o bienes. Son empresas que se benefician de su actividad de intermediación y reinstauran al final el poder de los comerciantes que desapareció con el capitalismo industrial, lo que hace que el conductor de Uber y el repartidor de Amazon sean hermanos gemelos de la hilandera inglesa a domicilio del siglo XVIII.

     

    MUNDO ANTIGUO: Uno habría creído, oyendo al candidato Macron, que ese disruptivo joven graduado por la Escuela Nacional de Administración era un liberal-libertario. Que haría regalos a los más ricos en nombre de la dinamización de la actividad, a la vez que se mostraba humanista en las cuestiones sociales. En resumen, se esperaba que este joven presidente levantaría el país y que no correría tras la opinión pública como los políticos del mundo antiguo. Y mira tú por dónde nos vuelve a sacar un discurso sobre la inmigración que pretende responder a las aspiraciones de un pueblo obligatoriamente xenófobo, fustigando a unos burgueses liberales que son tolerantes con los extranjeros porque no tienen que codearse con ellos. Decididamente las mismas causas producen los mismos efectos. Cuando a nuestros dirigentes les cuesta (o se niegan) responder a las dificultades sociales y económicas de algunos barrios y lugares, enarbolan los discursos de la extrema derecha como si para combatirla hubiera que darle la razón. 

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