Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas // Cuidado con el tecnooptimismo

  • Por (Socio director de Coperfield for Social Good)
    Diciembre 2014

    Los avances tecnológicos conducen a veces a la euforia. Conviene darle una vuelta.

    Según los estudios de audiencia, vivimos cada vez más a través de smartphones conectados a Internet. Dos tercios de sus usuarios los consultan en un tiempo inferior a 15 minutos después de levantarse, a menos de 15 minutos antes de acostarse y más de 100 veces durante el día. Más de la mitad de los encuestados en un estudio reciente manifestaron ser tan dependientes de su dispositivo móvil que lo consideraban casi como una adicción.

    Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas
    Nicholas Carr
    Taurus, 2014
    320 páginas.
    Precio: 19,50 €

    Los ordenadores, móviles o no, están cambiando lo que hacemos y cómo lo hacemos. Pero si somos fundamentalmente aquello en que nos convierte lo que hacemos, también estarían cambiando lo que somos. En su nuevo libro, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas, Nicholas Carr nos invita a contemplar esta cuestión desde una óptica alternativa a la propaganda de los tecnooptimistas o de los tecnoinversores.

    Spotify quiere sugerirnos la música que escuchamos. Amazon, los libros que leamos. Facebook o Twitter, los amigos con los que podríamos estar interesarnos en contactar. LinkedIn, los grupos de discusión que quizá nos convendría seguir. Cuando dejamos que el GPS nos guíe, dejamos de preocuparnos por saber dónde estamos. También de saber por qué hemos tomado la decisión de estar precisamente ahí, de camino a donde sea que estemos yendo. Pero cuanto más estos sistemas guían nuestras elecciones, menos conscientes somos del por qué de las mismas.

    Por eso la agencia de aviación norteamericana ha recomendado a sus pilotos utilizar con más frecuencia los mandos manuales de las aeronaves. Porque teme que a fuerza de ceder decisiones a los sistemas de navegación, acaben perdiendo capacidad para gestionar las situaciones de emergencia. Porque las investigaciones indican que mientras el software experto puede ayudar a los especialistas a tomar mejores decisiones, también puede hacerles mentalmente perezosos. O más irresponsables, como a quienes promovieron las hipotecas subprime respaldados por modelos matemáticos de gestión de riesgo.

    Si trabajamos mucho en algo, si hacemos de ello el foco de nuestra atención y nuestro esfuerzo, recordamos más y aprendemos más. Al relevarnos de ejercicio mental, las máquinas también nos relevan del conocimiento más profundo. El conocido efecto Powerpoint debería tenernos sobre aviso. A menudo lo más difícil no es aprender cómo utilizar el software, sino cómo y cuándo no utilizarlo. Cuando compartimos porciones mayores de nuestra vida con máquinas supuestamente inteligentes, hemos de preguntarnos qué significa ser humanos.

    EL PODER DE LOS PROGRAMADORES Al ceder espacio a las nuevas tecnologías, cedemos espacios de poder a los tecnólogos y a los inversores que los apoyan, sin ser conscientes de que luego cambiar es difícil

    Carr apunta también a la dimensión social de la automatización. El cambio técnico y el cambio social acaban por estar entrelazados, pero no somos colectivamente muy inteligentes pensando racionalmente sobre la automatización y sus implicaciones. En un libro también reciente e importante (La carrera contra la máquina, Ed. Antoni Bosch), E. Brynjolfsson y A. McAfee apuntan la relación entre la ola actual de automatización, la destrucción de puestos de trabajo y el aumento de la desigualdad, sin ser abiertamente optimistas respecto del futuro.

    No es cierto, como proclama Marc Andreessen, que el software se esté comiendo al mundo. Son los inversores como él los que están intentando hacerlo. El software no es nunca neutral. Colgados de nuestro smartphone, conectados a Internet o encerrados en una app, nuestro interlocutor directo es una máquina con un software que actúa como intermediario. Un software al que no tenemos acceso, que seríamos incapaces de descrifrar si lo tuviéramos y que ha sido programado por alguien, según criterios e intenciones que en general no conocemos.

    Podemos dar la bienvenida, nos avisa Carr, a las contribuciones que las empresas informáticas pueden hacer al bienestar de la sociedad, pero no deberíamos confundir sus intereses con los nuestros.

    Los sistemas automatizados concentran el poder en quienes controlan la programación. Al ceder espacio a las nuevas tecnologías, cedemos espacios de poder a los tecnólogos y a los inversores que los apoyan. Siendo poco conscientes de que una vez que la tecnología se integra en infraestructuras y en expectativas personales y políticas, modificarla es enormemente difícil.

    Carr nos recuerda así que las decisiones que tomamos, o dejamos de tomar, sobre qué tareas entregamos a los ordenadores y cuáles nos guardamos para nosotros no son sólo decisiones prácticas o económicas. Son decisiones éticas. Por eso es un libro recomendable. Para leer, compartir, comentar y debatir.

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