Hacia un aumento de las desigualdades patrimoniales // Entrevista con Thomas Piketty

  • Entrevista con Thomas Piketty

    La concentración de riqueza puede alcanzar el nivel de 1910 antes de lo que creemos, debido a la competencia fiscal. Thomas Piketty, autor del celebrado El capital del siglo XXI, rechaza una acumulación que agrava las desigualdades.

    En la Francia de 1910, el 10% de los más ricos poseía el 90% del patrimonio, es decir, casi su totalidad. Luego, entre 1910 y 1950-1960, todo cambia. ¿Por qué?

    Se trata de un cambio real, pero no hay que perder de vista que, en lo que al patrimonio se refiere, los niveles de concentración siguen siendo hoy enormemente elevados. En la actualidad, el 10% de los más favorecidos posee el 60% del patrimonio total y el 50% de los más pobres tiene menos del 5%... ¡Poco más que cero! Dicho esto, efectivamente hubo un cambio claro durante los 40-50 años posteriores a la Primera Guerra Mundial debido a que el 40% de los que quedaron constituyeron una clase media patrimonial que no existía hace un siglo. Esta clase media posee, en líneas generales, una cuarta parte del patrimonio nacional, con un patrimonio medio del orden de 200.000 a 400.000 euros. No es una gran fortuna, pero tampoco es despreciable, y constituye un fenómeno nuevo respecto a los siglos precedentes.

    ¿Cómo se explica el surgimiento de esa clase media patrimonial?

    Antes de los dos choques que supusieron las dos guerras mundiales, no había ninguna tendencia en ese sentido. Es importante subrayarlo porque, en el último tercio del siglo XIX, podría haber habido una disminución de las desigualdades ya que, tras haber estado estancados durante los dos primeros tercios del siglo, los salarios comenzaron a actualizarse. Pero hasta la Primera Guerra Mundial, se constata una espiral de aumento de la desigualdad que no sabemos hasta dónde habría llegado.

    El mecanismo que empujaba esa creciente concentración está absolutamente claro: el índice de rendimiento del capital era muy superior al índice de crecimiento de la economía. Y beneficiaba a las personas cuyo volumen de patrimonio era tal que podían volver a ahorrar buena parte del rendimiento de su capital. En Los aristogatos, que transcurre en el París de 1910, Adelaida de Bonnefamille tiene tanto dinero que lo gasta en pagar cursos de música y pintura a sus gatitos. Recordemos que el mundo anterior a la Primera Guerra Mundial funcionaba con unos mercados financieros muy desarrollados y abiertos que, abandonados a sí mismos, contribuían a crear una mecánica de aumento de las desigualdades que solo pudo romper los violentos choques de las guerras.

    Entrevista con Thomas Piketty, director de estudios en la École des Hauts Études en Sciences Sociales (EHSS) y profesor en la École d’Économie de París.

    ¿A qué se debe que las guerras reduzcan las desigualdades?

    Los conflictos afectan más a los grandes patrimonios porque una parte de ellos están colocados en activos en el extranjero, con un índice de destrucción importante. Sobre todo, está muy claro que los más ricos intentan siempre mantener un nivel de vida más alto que el que la pérdida de su patrimonio les permite: se comprueba en las herencias de los años 1920-1930, donde el legado de gran número de personas es menor que el que ellas recibieron.

    Tras las dos guerras mundiales, los Estados establecen y desarrollan un sistema de impuesto progresivo sobre la renta y sobre las herencias que reduce la posibilidad de una reconstrucción del patrimonio comparable a la que había antes. Es una pena constatarlo, pero esa fiscalidad ha sido el resultado de las guerras y no de la democracia.

    El sistema de impuestos progresivos es fruto de las guerras, no de la democracia

    Los problemas de la economía son muy graves para dejárselos a los economistas

    Finalmente, tras la Segunda Guerra Mundial, el gran crecimiento en Francia que tuvo lugar en los denominados Treinta Gloriosos años facilitó la creación de nuevas fortunas y limitó el peso de la herencia. Este estudio histórico permite comprender que el aumento de las desigualdades patrimoniales es siempre producto de un mundo de crecimiento lento en el que el patrimonio procedente del pasado adquiere una considerable importancia en las dinámicas de acumulación de fortunas.

    Desde 1970, se constata una estabilización, y al final del período, en la década de dos mil, el comienzo de un aumento de las desigualdades patrimoniales. ¿Cuál es la dinámica general a medio-largo plazo, si no se impide que continúe la tendencia actual?

    Hay fuerzas muy poderosas que hacen aumentar las desigualdades patrimoniales. No soy capaz de decir con seguridad cuál será el nuevo punto de equilibrio, hasta dónde podrá aumentar la concentración, pero seguramente será más elevado que el actual.

    Antes de continuar, debemos subrayar lo escaso que es nuestro conocimiento de las desigualdades de patrimonio. Hay dos razones principales para ello. Por una parte, una administración fiscal que se niega, tanto en Francia como en otros países, a compartir los datos de que dispone, por ejemplo, sobre el número de donaciones y sucesiones expresado en tramos de importes. Son datos que, de 1901 a 1964, se publicaban anualmente y estaban al alcance de todo el mundo. Hay un rechazo a mostrar las franjas altas, quizá por miedo a provocar envidias, pero que se traduce en el efecto contrario alimentando todo tipo de fantasmas. Nos contentamos con publicar el informe de los ingresos del 10% de los más ricos y los del 10% de los más pobres, para constatar que no varía demasiado y, en consecuencia, que todo está bien.

    ¡Si se hubiera hecho lo mismo la víspera de la Revolución Francesa, se habría deducido que la relación era de 1 a 4 y que también todo estaba bien! En realidad, toda la fortuna estaba concentrada en el 1% o 2% de los más ricos (aproximadamente el tamaño de la aristocracia en 1789). Pero el 1% o 2% constituye un grupo considerable (entre 500.000 y un millón de personas de los 50 millones de adultos actuales en Francia), suficiente para tener visibilidad y estructurar el paisaje social.

    Un grupo comenta el especial del Maple Life sobre el día de la Victoria, en París, en mayo de 1945. FOTO: Frank L. Dubervill. CanadÁ. Department of National Defence. Library and Archives Canada, PA-191985

    Por otra parte, las administraciones tampoco muestran gran cosa… ¡porque no tienen gran cosa que mostrar! Con la globalización de los patrimonios y la utilización de los paraísos fiscales, el conocimiento de la geografía de los patrimonios es difuso. Una de las cosas que se espera de los intercambios automáticos de información fiscal que se supone que se establecerá entre los Estados es que provocará un conocimiento más preciso.

    Si se estudian todas las fuentes disponibles, incluyendo las clasificaciones por fortunas que hacen las revistas, se puede llegar a la práctica seguridad de que todavía no se ha alcanzado el nivel de concentración de 1910. Pero en un contexto de competencia fiscal, que incita a bajar los impuestos a las mayores fortunas, y teniendo en cuenta lo vago de nuestros conocimientos actuales sobre el asunto, podría llegar antes de lo pensado, pues es cierto que hoy está en marcha un mecanismo de divergencia patrimonial. Procede simplemente del hecho de que, en los últimos 20-30 años, el índice de progresión de los patrimonios es del 6% al 7% anual por encima de la inflación. Si se sigue esa curva durante unas décadas más, con un crecimiento del 1% al 2%, la divergencia es imparable. No hay ninguna fuerza de retroceso natural. La diferencia entre el rendimiento del capital y el índice de crecimiento, siendo el primero superior al segundo, no tiene nada que ver con ninguna imperfección del mercado, sino todo lo contrario: cuanto más pura es la competencia y más perfecto es el mercado del capital del modo como lo entienden los economistas, más fácil es que las desigualdades patrimoniales sean muy acentuadas.

    La riqueza no depende del mérito. A partir de cierto nivel, ella sola crece y se reproduce

    Un impuesto progresivo anual sobre el capital a escala europea ayudaría a frenar la desigualdad

    Rentas muy altas logran un rendimiento del 7%, y el crecimiento de la economía ronda el 1%

    Pero llegará un momento en que la abundancia de capital acumulado, y por tanto, que tendrá que ser invertido, será muy superior a las posibilidades de inversión, lo que debería provocar una bajada del rendimiento del capital…

    Es cierto que llegará un momento en el que la divergencia se detendrá. Pero el nivel de concentración de los patrimonios cuando eso ocurra puede ser extraordinariamente elevado. Esto no impide la posibilidad de una redistribución de las fortunas, por ejemplo, debido al surgimiento de nuevos emprendedores innovadores. Xavier Niel, el fundador de la empresa proveedora de Internet Free, acaba de entrar en la lista de las 10 mayores fortunas francesas.

    En el siglo XIX también había emprendedores innovadores. El Padre Goriot de Balzac dirige una empresa de pastas y desarrolla un sistema de distribución más eficaz que el de sus competidores, y Cesar Birotteau inventa perfumes y productos revolucionarios para el cabello. Pero conforme el tiempo va pasando, el empresario pasa a ser rentista. Eugène Shueller inventa sus primeros productos para el cabello en 1890, y en 2013 su hija Liliane Bettencourt, la dueña de L’Oréal, es una de las mayores fortunas mundiales sin haber trabajado en su vida. Pero aún es más inquietante el hecho de que, durante los últimos 30 años, su patrimonio ha crecido exactamente al mismo ritmo que el de Bill Gates y más deprisa que el de Steve Jobs. La riqueza no es únicamente cuestión de mérito. A partir de cierto nivel, se reproduce sola y a un ritmo más rápido que el del crecimiento de la economía.

    ¿Qué hacer para controlar ese aumento de las desigualdades anunciado?

    El instrumento ideal que permitiría controlar esa dinámica sería la instauración de un impuesto progresivo anual sobre el capital, en cierta medida parecido al impuesto sobre el patrimonio francés, pero que debería establecerse, como mínimo, a escala europea. Es el único instrumento que permite preservar la apertura financiera y controlar la divergencia de patrimonios.

    Bill Gates encabeza la lista de millonarios de la revista Forbes en 2014. FOTO: DFID - UK

    ¿A qué tipo? La respuesta debe ser pragmática y depender del rendimiento del capital: si se ve que unas rentas muy altas consiguen un rendimiento del orden del 6% al 7% anual cuando el índice de crecimiento es del 1% y se quiere controlar el peso de esos altos patrimonios, no tendría nada de anormal que el tipo impositivo fuera del 5% al 6%.

    Es un proyecto político que, a priori, tiene pocas posibilidades de ver la luz…

    Lo mismo se decía del impuesto sobre la renta antes de la Primera Guerra Mundial. A finales del siglo XIX, nadie habría pensado que el impuesto sobre la renta llegara a a ser hasta del 80% al 90% durante varios años. Las cosas pueden pasar más deprisa de lo que se piensa. Es absolutamente necesario oponerse, de modo democrático y civilizado, al riesgo de una acumulación ilimitada de riqueza. 

     

    LOS ECONOMISTAS, ANTE EL PROBLEMA DE LAS DESIGUALDADES

    ¿Cómo abordaron Marx, Kuznets y Modigliani el problema de las desigualdades?

    Karl Marx

    En comparación con muchos profesionales actuales, Karl Marx (1818-1883), como tantos economistas de su tiempo, tiene el inmenso mérito de interrogarse sobre un auténtico problema que marca su época: la concentración increíble de la riqueza desde comienzos de la Revolución Industrial. Todos los datos de que disponemos hoy muestran un estancamiento del salario obrero al menos hasta 1850-1860 en Francia y en Gran Bretaña. Una realidad muy chocante de la que eran conscientes sus contemporáneos: a pesar de un siglo de desarrollo industrial, se seguía intentando prohibir el trabajo en las minas a los niños menores de ocho años.

    Frente a esa situación, tanto Marx como David Ricardo (1772-1823) pronostican un futuro apocalíptico. Ricardo pensaba que el precio de la tierra iba a aumentar indefinidamente. No ocurrió así, pero sí es cierto que se mantuvo elevado durante mucho tiempo. Hoy se ve, en el sector inmobiliario o en el del petróleo, que algunos precios relativos pueden permanecer en niveles considerables durante muchos años.

    Por su parte, Marx se basa en las cuentas de empresa y ve un aumento de la utilización del capital. Observa que cuando se tiene un stock de capital que representa varios años de producción, incluso con un bajo rendimiento del 3% o el 4%, obligatoriamente va a absorber una parte enorme de la producción y disminuir la parte que va al trabajo. Tiene, pues, unas intuiciones acertadas, pero olvida que alrededor de él hay personas que comienzan a considerar la riqueza nacional de los países. Es una pena porque le hubiera sido útil. En cualquier caso, tuvo el mérito, junto a otros, de situar el problema del reparto de la riqueza en el núcleo del debate y preguntarse si había un reparto equilibrado a largo plazo y hasta qué punto era socialmente defendible.

     
    Simon Kutznets

    Simon Kuznets (1901-1985) es el primer inventor de la contabilidad nacional estadounidense en el período de entreguerras, y el primero que estableció series sobre las desigualdades de las rentas en los años cincuenta. Constata una disminución muy fuerte de las desigualdades entre 1913 y 1948 en Estados Unidos. En su libro de 1953 admite que esa disminución es accidental y que está ligada a los conflictos mundiales. Sin embargo, cuando pronuncia su gran conferencia en Detroit en 1955 en su calidad de presidente de la American Economic Association, avanza que ese proceso habría podido darse de manera natural, pues, en las fases avanzadas del desarrollo capitalista, los trabajadores menos cualificados terminan por beneficiarse de las innovaciones. Crecimiento y reducción de las desigualdades van, en su opinión, unidos.

    Evidentemente, nos encontramos en el terreno de la ideología: ¡no tiene ningún elemento empírico para demostrarlo! Su discurso es político y está ligado a la guerra fría: al final de la conferencia recuerda que de lo que se trata es de mantener a los países en desarrollo en la órbita del mundo libre y que hay que anunciarles la buena nueva de que el desarrollo de una economía capitalista permite el desarrollo en un ambiente de armonía social. Una idea que permanecerá hasta los años noventa.

     
    Franco Modigliani

    Franco Modigliani (1918-2003) escribe a finales de la década de 1940 y a comienzos de la de 1950 y es totalmente prisionero de su época. Vive en un mundo en el que hay pocas herencias, el momento histórico en el que, tanto en Europa como en Estados Unidos, los flujos sucesorios han sido más débiles. Pero, aunque se trata de un fenómeno transitorio, Modigliani elabora toda su teoría sobre la idea del fin de la herencia. Nos dice que ha acabado la lucha de clases, que se asiste a la lucha de edades: cada uno ahorra en su juventud para su vejez, momento en el que consumirá su capital. Se trata de una visión más tranquilizadora que la de la guerra de reparto entre las clases, puesto que todo el mundo es sucesivamente joven y luego viejo. Esa idea de que la gente acumula, luego consume sus recursos y muere sin ningún patrimonio es simplemente falsa. En los años cincuenta, los que mueren tienen un poco menos de patrimonio que la media, pero eso remonta enseguida.

    Siguiendo el pensamiento de Modigliani, se puede decir que si no se hubiera desarrollado un sistema de jubilación basado en la capitalización y la posterior distribución, el ahorro acumulado habría seguido más el criterio normal el ciclo de vida. En cualquier caso, es una de las innovaciones sociales más importantes del siglo XX y no puede dejarse de lado.

     

    ¿Qué es ser un buen economista?

    Su último libro, El capital en el siglo XXI, (aún no publicado en español), constata un estado alarmante de la ciencia económica actual: pasión infantil por las matemáticas, especulaciones teóricas, poco interés por el mundo circundante…

    En mi opinión, no existe la ciencia económica. Me considero un investigador en ciencias sociales. Las fronteras entre economía, sociología, historia, etc., no están claras; ni en sus objetos de estudio ni en sus metodologías. Quienes se dedican a desarrollar polémicas provincianas malgastan su tiempo. Los economistas han errado el camino, al pretender definirse por unos métodos diferentes y reivindicar una cientificidad supuestamente superior a la de las otras ciencias sociales. Es una auténtica impostura. Cuando se es ajeno al mundo de la investigación, uno no advierte la inmensa cantidad de energía que se pierde en la construcción de modelos puramente matemáticos. La teoría y las matemáticas son útiles si se utilizan con cuentagotas. La ratio entre la cantidad de hechos que se ofrecen y la cantidad de teoría debe estar claramente a favor de los primeros. Sin embargo, la profesión tiene tendencia a hacer exactamente lo contrario: un lujo de sofisticación matemática y teórica frente a un sustrato empírico en ocasiones cercano al cero absoluto. Es aparentar un cientifismo a poco coste, y una calamidad para la formación de economistas.

    Finalmente, los problemas económicos son demasiado importantes para dejarlos en manos de los economistas. Con frecuencia vemos entre los investigadores de otras disciplinas una tendencia a salir corriendo ante los temas tratados por los economistas dejándoles el campo demasiado libre. Soy partidario de una ciencia social total que unifique las disciplinas.

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