La cuenta atrás // Con menos gente todo sería menos complicado

  • ¿Cuántos cabemos en la Tierra? ¿Se nos puede convencer de que nos interesa ser menos? ¿Qué especies son clave para que el ser humano sobreviva? Y, si estabilizamos la población, ¿qué economía diseñaremos?

    La cuenta atrás 
    Alan Weisman 
    Editorial Debate 601 páginas 
    2014. Precio: 23,9€

    Son los cuatro interrogantes con los que el periodista Alan Weisman abre un abismo ante nuestros pies desde el arranque mismo de La cuenta atrás. Después de leer este entretenido y a la vez inquietante viaje del autor por medio mundo en busca de respuestas relacionadas con las consecuencias de la multiplicación exponencial de nuestra especie, en la cabeza del lector se genera una quinta pregunta, más angustiante si cabe: ¿por qué en las grandes decisiones de los políticos, de las que dependen el mundo y la naturaleza, están en manos de economistas e ingenieros, sin dar cabida apenas a biólogos, ecólogos, geógrafos, geólogos, agrónomos, hidrólogos u otra clase de científicos?

    Al fin y al cabo, cuántos cabemos en el mundo no tiene una respuesta numérica. Mucho depende de qué coman (y de cuánto) de dónde saquen el agua que requieran, de si cultivan ellos mismos las tierras, de qué material estén hechas sus casas, de cuánto fertilizante empleen o de qué tipo de hospitales y escuelas quieran dotarse...

    En los últimos 100 años, la población se ha multiplicado por cuatro. Pero nuestro consumo de recursos, medido según el producto interior bruto (PIB) mundial, se ha multiplicado por 17.
    Alan Weisman, que hace unos pocos años nos avisó en El mundo sin nosotros de lo que podía ocurrir en la Tierra si desaparecía el ser humano, indaga en su viaje infatigable por Estados Unidos, Uganda, Costa Rica, Nigeria, Israel, Jordania y el Vaticano, entre otros, en busca de investigadores de toda índole, religiosos incluidos, que, desde culturas y creencias radicalmente diferentes, coinciden en la necesidad de frenar la superpoblación, que hoy supera los 7.200 millones de personas y, al ritmo actual (la fecundación ha caído), alcanzará los 10.000 millones a finales de este siglo.

    El autor no es un sociópata. No se trata de aumentar las tasas de mortalidad, ahora que la esperanza de vida se ha duplicado de los 40 a los 80 años en una porción significativa del mundo, sino de bajar el número de nacimientos, y también de replantear las dietas, que cada vez incluyen más carne. Se da la paradoja de que la agricultura se ha convertido en la principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero, por encima de la suma de los que emiten todas las fábricas y centrales eléctricas juntas. La llamada revolución verde nos ha hecho olvidar la limitación de recursos del planeta, gracias al vertiginoso aumento del rendimiento de los cultivos mediante la modificación del medio ambiente para crear condiciones para la agricultura y la ganadería mejores que las de la propia naturaleza (con el riego, los fertilizantes, la mecanización, las vacunas o el uso de combustibles fósiles.

    CONTROL DE NATALIDAD Si se instaurara a escala planetaria la política de un solo hijo por pareja, la población a final de siglo retrocedería a la de 1900: 1.600 millones de personas

    Ya en 2008, Jonathan Foley, de la Universidad de Minnesota, y 28 colegas suyos publicaron un artículo en Nature que identificaba nueve límites más allá de los cuales se causarían daños catastróficos para la humanidad. Tres de ellos ya han sido superados: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la concentración de nitrógeno extraído de la atmósfera para el uso humano. En los tres casos, el detonante es la creciente y perturbadora presencia humana. Las concentraciones de CO2 en la atmósfera se fijó en 350 partes por millón, y en 2009 ya íbamos por 387 ppm. El límite propuesto para el nitrógeno para el uso humano era de 35 toneladas al año, y ya vamos por 121 millones. Si el límite aceptable de extinción de especies se fijó en 10, hoy la pérdida supera las 100. Problema: solo sabremos qué proceso químico, bacteria o especie era definitivo para nuestra supervivencia cuando ya no esté.

    Pese a todo, no estamos ante un libro que se limite a augurar catástrofes inevitables, sino ante un mensaje de esperanza. Si de un día para otro el mundo adoptara la política del hijo único de China, en 2100 nos quedaríamos en 1.600 millones de personas, la misma población que en el año 1900.

    La cuenta atrás no ignora la dificultad para que las personas liguemos cuestiones tan íntimas como cuántos hijos debemos tener en relación con el bienestar del mundo que nos rodea. El bienestar no parece bastarnos. Pese al tono malthusiano de algunos fragmentos del libro, la reflexión del autor no es más que una propuesta de toma de conciencia y de mucha inversión en educación y planificación familiar. Weisman escribe: “Deseo una vida larga y saludable a todos los seres humanos que hoy pueblan el planeta. Pero o tomamos el control nosotros mismos y reducimos humanitariamente nuestro número reclutando a menos nuevos miembros de la especie humana o la naturaleza repartirá infinidad de cartas de despido”.

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