La impotencia democrática // Una democracia solo de nombre

  • Abril 2014

    Ahora que se mira con lupa cualquier nimio avance que anticipe la recuperación, un ensayo nos avisa de que el problema es muy grande.

    Los regeneracionistas antipolíticos y los optimistas de todas las clases —por ADN, por necesidad, por razones de supervivencia política o vital— coinciden en que vamos a salir de esta crisis más pronto que tarde, entre otras razones porque ellos ya saben cómo lograrlo. Sin embargo, este entusiasmo del juntos podemos o de esto lo arreglamos entre todos suele pasar de puntillas sobre las mutaciones del sistema global que ha dejado a los gobiernos sin apenas instrumentos para hacer frente a un tsunami para el que no están preparados.

    La impotencia democrática 
    Ignacio Sánchez-Cuenca 
    Catarata, 2014. 192 páginas. 
    Precio: 17€

    El sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca es de los que prefiere mirar de frente al toro en lugar de simular que cantan los pajaritos, sin importarle demasiado que le tilden de Cassandra, y el resultado es un libro breve pero importante que enmarca perfectamente el lugar en el que nos encontramos, no ya en España, sino en todo el mundo occidental: un lugar donde hasta la democracia ha mutado hacia un modelo en el que es posible elegir sobre todo... excepto sobre lo sustancial.

    Esta contextualización internacional acerca de la impotencia de la política —y, por tanto, de la posibilidad de que exista política económica alternativa— cuando los Estados se baten en retirada y el poder financiero no tiene límites es mucho más útil para entender el descrédito de la política y el retroceso del Estado de bienestar en España que 100 tratados regeneracionistas o técnicos cargados de soluciones.

    La crisis de la democracia —es decir, de la posibilidad real de elegir las políticas más allá de escoger formalmente entre distintos partidos— hace tiempo que forma parte de la literatura académica no exclusivamente radical, pero en España (y en Catalunya, claro) suele preferirse la búsqueda de brotes verdes o de salvadores (oficialistas o críticos, da igual) antes que asumir la realidad, nos guste o no, como único punto de partida para intentar mejorarla.

    Por suerte, tenemos a Sánchez-Cuenca y a su escuela: La impotencia democrática es, en la práctica, una estupenda continuación de Democracia intervenida (Catarata, 2012), de su pupilo aventajado José Fernández-Albertos. Que nadie se enoje: ellos no tienen ninguna culpa de lo que está pasando.

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