La riqueza oculta de las naciones // Cómo acabar con los paraísos fiscales (a pesar de Juncker)

  • Febrero 2015

    El discípulo de Piketty acaba en 150 páginas con varios mitos alrededor de los paraísos fiscales.

    El Estado de bienestar y hasta la democracia misma dependen en buena medida del futuro de los paraísos fiscales. Mientras estos agujeros negros que albergan ingentes cantidades de dinero opaco sigan operando impunemente, todo lo demás es cháchara. Las corrupciones que corroen la democracia acaban siempre en un paraíso fiscal, y si los ricos y las multinacionales apenas pagan impuestos, el Estado pierde la capacidad hasta de mantener los servicios públicos elementales y está condenado a vivir arrodillado ante unos mercados que, además, tienen el centro offshore.

    La riqueza oculta de las naciones
    Gabriel Zucman
    Pasado y Presente, 2014
    150 páginas
    Precio: 19 €

    Gabriel Zucman, joven discípulo de Thomas Piketty, ha escrito un libro fundamental, La riqueza oculta de las naciones, que en apenas 150 páginas hace añicos la mayoría de mitos que rodean este mundo opaco, que vive precisamente de que todos pensemos que no hay nada que hacer. En certeras palabras de Piketty: “Es la investigación económica y estadística más rigurosa de que disponemos sobre los paraísos fiscales y el mejor libro sobre la forma de combatirlos. Un libro de lectura indispensable”.

    El trabajo explica de forma muy didáctica cómo funcionan los paraísos fiscales, y tiene el mérito de cuantificar la magnitud de la tragedia: un mínimo de seis billones de euros, equivalente al 8% del patrimonio financiero global. Es una estimación sensiblemente inferior a la de otros estudios —Tax Justice Network eleva la cifra hasta 29 billones—, pero utiliza únicamente fuentes oficiales, sin agregarle estimaciones ni variables hipotéticas, un método sobrio que se usa para toda la investigación y que acaba siendo una de sus fortalezas al identificar un mínimo irrefutable sobre el cual forzar el debate.

    Es precisamente esta base a partir de datos oficiales la que luego permitirá a Zucman ofrecer propuestas perfectamente coherentes con la dinámica liberal hegemónica de instituciones multilaterales como la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional, que son interpelados a luchar sin cuartel contra los paraísos fiscales aplicando su propia lógica.

    El economista francés sugiere tres medidas concretas para acabar con estos agujeros negros: la creación de un catastro mundial de activos financieros, el intercambio automático de información y un impuesto global sobre el capital. Lo más fascinante es comprobar que estas medidas no son especialmente complejas desde un punto de vista técnico y que sería relativamente fácil implantarlas porque las bases para ello ya existen dentro de la arquitectura actual del mismo FMI.

    SUIZA, AÚN EL EPICENTRO  El libro mantiene que Suiza, pese a toda la propaganda, sigue siendo el epicentro de los paraísos fiscales y desbarata la versión que vincula el secreto bancario con la protección de quienes  huían del nazismo.

    Igualmente fascinante es la explicación técnica de lo sencillo que podría ser acabar con las resistencias de los paraísos fiscales que se mostraran insumisos a la aplicación de las citadas medidas a través de las sanciones comerciales. Por ejemplo: Zucman demuestra que para doblegar a Suiza, que sigue siendo el nodo clave del entramado offshore mundial, bastaría con que una coalición de Francia, Alemania e Italia instaurara una tasa arancelaria del 30% sobre el país helvético. Y para acabar con enclaves offshore tan emblemáticos como las Bahamas y las islas Caimán bastaría con que EE UU y Canadá les sancionara con una tasa arancelaria del 100%.

    Ello nos lleva a la madre del cordero: no existe problema técnico para acabar con los paraísos fiscales y ni siquiera se requiere una coalición mundial exhaustiva en la que no falte ningún país, lo que evidentemente parecería quimérico conseguir. El problema es estrictamente político y depende sólo de la voluntad de los gobiernos de los países ricos. Y aquí sí que llegamos al hueso: Luxemburgo y Jean-Claude Juncker.

    Zucman dedica un breve pero demoledor capítulo al “caso luxemburgués” y a las patrañas que nos han vendido sobre el Gran Ducado, cuyo supuesto milagro económico ha sido en realidad convertirse “en el paraíso fiscal de los paraísos fiscales” con un coste terrible para todo el mundo, incluidas las clases populares de este país otrora industrial. En 1970, el 45% del PIB luxemburgués tenía su origen en la industria y el 2% en las finanzas. Hoy la industria representa menos del 8% y las finanzas llegan al 40%. Zucman propone un plan perfectamente viable: exclusión de Luxemburgo de la UE, seguida de un embargo financiero y comercial por parte de los tres países limítrofes.

    La tragedia es que el político clave en esta transformación de Luxemburgo es nada menos que Jean-Claude Juncker, primer ministro entre 1995 y 2013 y actual presidente de la Comisión Europea.

    El primer objetivo de un europeísta defensor de su modelo social, hoy, debería ser rescatar a la UE de las garras de Juncker por muy simpático que sea.

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