Mañana cuando me maten // Los fusilados del fin del franquismo

  • Por (Director)
    Septiembre 2015

    Resistencia: Una historia fundamental para tener una visión completa  del paso de la dictadura a la democracia.

    Impresiona vivamente el sobrio relato de Carlos Fonseca sobre las últimas ejecuciones del franquismo, hace ahora cuarenta  años. Una narración que resulta especialmente emotiva para quienes vivimos de cerca aquellos acontecimientos que el autor aborda con extremo rigor e imparcialidad. 

    Mañana cuando me maten
    Carlos Fonseca
    La Esfera de los Libros, 2015
    380 páginas.
    Precio: 23,90 €

    El final de una dictadura tan cruel en sus orígenes y en sus métodos para mantenerse, difícilmente podía terminar sin que la lucha para derribarla adquiriera en algún momento formas violentas. Las historias de los cinco jóvenes antifranquistas, tres militantes del FRAP (Xosé Humberto Baena, José Luis Sánchez-Bravo, Ramón García) y dos de ETA (José Paredes, Txiki, y Ángel Otaegui), que fueron fusilados en la madrugada del 27 de septiembre de 1975, merece conocerse y entenderse. Como señala el autor, “no se trata de justificar lo que hicieron, sino de comprender por qué lo hicieron”. 

    Este episodio tan dramático provocó una gran repulsa internacional que contribuyó a impedir que el franquismo pudiera seguir después de Franco. 

    No se puede olvidar a los otros condenados a muerte, Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar, Concepción Tristán López, María Jesús Dasca Penelas, Manuel Cañaveras de Gracia y José Antonio Garmendia, a los que en el último momento el jefe del Estado se dignó conceder el indulto.  Fonseca ha escrito una historia basada en fuentes documentales, pero también con testimonios de ex militantes, familiares,, abogados y periodistas que aportan  credibilidad al relato.

    Los fusilados, que estaban en la veintena, pertenecían a familias humildes  y sus biografías eran muy representativas de los jóvenes idealistas comprometidos contra la dictadura. Los perfiles que describe el autor son bien representativos. Los gallegos Baena, estudiante y trabajador en la Citroën de Vigo, y Sánchez- Bravo, estudiante de Químicas y vendedor de libros, compartían estudio, trabajo y militancia. Ramón García Sanz, nacido en Barcelona, soldador en Madrid, tras una niñez en el hogar para huérfanos Pignatelli de Zaragoza. Jon Paredes Manot, extremeño,  trabajaba en una empresa de muebles en  Zarauz, y Ángel Otaegui, tras estudiar en las Escuelas Cristianas de Zestoa, era tornero.

    Tras la consulta de los más de 2.000 folios de los procesos, el autor sostiene que los ejecutados “fueron víctimas de un simulacro de juicio que los sentenció antes de juzgarlos. Las pruebas fueron obtenidas mediante torturas o burdamente manipuladas”. “ Lo suyo fue un asesinato legal sin  pa liativos. Si la pena de muerte  es despreciable en sí misma, más aún lo es cuando en torno a ella se oficia una mascarada que intenta dotarla de legitimidad”.

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