Mujeres y poder // Excluidas del discurso público

  • FEMINISMO: Si hay algo que une a mujeres de lugares y ambientes bien distintos es lo que Mary Beard llama "una intervención fallida".

    Mujeres y poder
    Mary Beard
    Crítica, 2018
    112 páginas
    Precio: 11,95 €

    La cosa consiste en que una mujer formula una observación en una reunión y, después de unos segundos de silencio, ve cómo la discusión se retoma como si nunca nunca hubiera hablado.

    ¿Cómo conseguir que su punto de vista sea tenido en cuenta? Son las reflexiones de la intelectual británica experta en cultura clásica Mary Beard en una de las dos conferencias que recoge su libro Mujeres y Poder. En él, la académica disecciona el patrón de pensamiento que domina el discurso público a partir de la Antigüedad griega y romana y en el que el género tiene una importancia capital.

    Las voces de las mujeres han sido acalladas siempre a lo largo de la historia en cualquier esfera pública, con dos salvedades: la defensa de los intereses propios, digamos sectoriales, de las propias mujeres y de sus derechos en circunstancias consideradas extremas, o bien en calidad de mártires y de pobres víctimas, habitualmente poco antes de enfrentarse a la muerte.

    Todo empezó en los orígenes mismos de la tradición literaria occidental, en la propia Odisea. Homero pone en boca de Telémaco, el hijo de Ulises y Penélope, el primer toque a una mujer para que cierre la boca y deje de opinar, se retire a su casa para ocuparse del telar y deje el relato "al cuidado de los hombres".

    El repaso de Beard nos muestra una exclusión explícita del discurso público, de la que los hombres hacen ostentación porque las habilidades en la oratoria han definido incluso la demostración de la virilidad, la masculinidad como género.

    En Tito Andrónico, Lavinia es violada y, para evitar una posible denuncia, se le arranca la lengua. Y Henry James, en Las bostonianas, muestra cómo la joven defensora del feminismo Verena Tarrant va perdiendo capacidad de hablar en público a medida que va intimando con su pretendiente Basil Ransom, quien —curiosamente dotado de una voz grave y produnda, según el autor— le pide que guarde para él sus palabras.

    Beard bebe de los orígenes hasta llegar hasta el ensañamiento de los insultos que se vuelcan en las redes sociales y que, según su trabajo de campo, tienen a las mujeres como objetivo. Ella misma los ha sufrido y cuenta ejemplos bastante desagradables. Incide en la severidad con la que se juzga a las mujeres que han llegado lejos, expresada de forma recurrente con imágenes que superponen la cabeza de la Medusa decapitalda con el rostro de mujeres con poder como Angela Merkel, Hillary Clinton y Theresa May.

    Una reflexión especialmente interesante del libro es la versión limitada y elitista que se nos vende del poder, muy centrado en el prestigio público. Beard llama a redefinir el poder, no a las mujeres.

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