Los desafíos previos a la recesión

  • Septiembre 2019

    Durante los últimos meses se han incrementado los malos presagios sobre las probabilidades de una próxima recesión económica de amplitud todavía incierta. Reino Unido, Suecia y la locomotora europea, Alemania, ya registraron una contracción de su economía en el segundo trimestre, mientras que Italia se mantuvo completamente estancada. Los factores que agravan este deterioro son diversos, pero los analistas coinciden bastante en que la guerra comercial de Donald Trump contra China puede tener sus peores consecuencias en Europa. Además, las dificultades europeas podrían verse seriamente acrecentadas por el Brexit a partir de noviembre, sobre todo si no se pacta la gestión de la ruptura.

    Este debate de fondo sobre los riesgos que amenazan la economía europea e internacional oculta la debilidad en que se encuentra España, por el espejismo que supone mantener un crecimiento relativamente sólido del 2,3% anual.

    El problema está en el punto de partida. España se encuentra en una situación social mucho más frágil que los demás países europeos, salvo Grecia. Los ciudadanos no se dejan confundir por ciertos indicadores económicos positivos. El 62% sigue apuntando el paro como el principal motivo de inquietud, según los últimos datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). 

    Esta preocupación es un claro reflejo de la realidad del mercado laboral. A pesar de que se han creado casi tres millones de empleos desde el peor momento de la crisis, la tasa de desempleo es aún del 14%, más del doble de la media europea (6,3%), según Eurostat. En Europa hay 12 países con una tasa de desempleo inferior al 5%. La realidad es que todavía tenemos un millón de empleos menos que los registrados en otoño de 2007.

    Es especialmente preocupante la situación de los 500.000 jóvenes desempleados, el 32% de los menores de 25 años que buscan trabajo. Los que encuentran empleo lo hacen en condiciones cada vez peores. En España, acceder a un empleo  no significa la salida de la pobreza. El 19% de los jóvenes entre 18 y 24 años estaban en riesgo de pobreza frente al 11% de la media europea.

    Otro serio motivo de inquietud es la fragilidad del sector bancario, que ha visto  disminuida su capacidad para financiar la economía. El volumen de créditos destinados a la financiación de la economía productiva no cesa de disminuir cada año. El Banco de España ha señalado que los bancos españoles son los menos solventes de Europa y ve muy difícil que puedan llegar a ser rentables. 

    A pesar de las elevadas ventas de inmuebles y créditos impagados a fondos buitre, en operaciones carentes de transparencia, el peso de los préstamos dudosos de las entidades españolas todavía alcanza el 5,6%,  por encima de la media europea, que supera el 4%. También aquí hay que contextualizar estos datos con los de la banca internacional. Hay que constatar la debilidad de las entidades financieras europeas por su alta proporción de créditos dudosos cuatro veces superior a la de los bancos de Estados Unidos y Japón, según el Banco Mundial. 

    Las entidades españolas, por otra parte, registran la peor reputación por la acumulación de malas prácticas y su empeño en seguir recurriendo a los tribunales a pesar de que las sentencias son favorables a los ciudadanos en más del 95% de los casos.

    La debilidad del sector financiero es un serio lastre para la recuperación tanto de la economía europea como española. Los percances y malas prácticas del Deutsche Bank, aunque se oculten, no son ajenos al deterioro de la economía alemana. 

    Por otra parte, las recetas del Banco Central Europeo (BCE) para salir de la crisis, proporcionando financiación barata a los grandes inversores y empresas, han provocado la ruina de los ahorradores, aumentado las desigualdades y, sin embargo, no han resuelto los problemas de los bancos para los que cada vez es más difícil funcionar con tipos de interés negativos.

    Para muchos ciudadanos resulta difícil comprender que se haya delegado toda la gestión de la crisis al BCE. Los Estados cedieron soberanía a la Unión Europea, que carece de herramientas para tomar las medidas necesarias para afrontar los problemas económicos y sociales.

    Las fallas del mercado de trabajo y del sector financiero ponen al descubierto las serias fragilidades de la economía española, que se agravarían si se produce un deterioro económico europeo o internacional.
    Ante este panorama resulta inaceptable la falta de planes del Gobierno central, aunque sea en funciones, y de los autonómicos para preparar medidas sobre los asuntos que más inquietan a la ciudadanía. No se pueden amparar en la dependencia de la economía internacional y las instituciones europeas para no adoptar medidas. 

    Es difícil aceptar que las autoridades no puedan abordar los abusos en la contratación laboral responsables de la pobreza de los jóvenes trabajadores. No es fácil comprender que tras cincos años de retraso de una nueva financiación autonómica se precisen 10 meses más para iniciar la negociación. Tampoco resulta comprensible el aplazamiento sin fin del debate sobre los pensiones, mientras su financiación aumenta la deuda pública, que ya supera el 98%. Tampoco es de recibo la falta de compromiso de las autoridades para que los organismos supervisores (CNMV y CNMC) dispongan de los medios necesarios para hacer frente a los poderes energéticos y financieros. El riesgo de recesión no es excusa para la inacción; todo lo contrario. 

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