May, Macron y Sánchez

  • Por (Editorialista de Alternatives Économiques y ex presidente de la cooperativa)
    Enero 2019

    ‘Chalecos amarillos’ El movimiento de los chalecos amarillos es rico en enseñanzas. La primera está relacionada con su surgimiento. Tras haber revolucionado el amor gracias a las webs de encuentros, Internet hace que surja un movimiento social sin precedentes. Centenares de miles de personas se han unido, ocupado las rotondas, invadido los hermosos barrios de la capital y obligado al poder a escuchar sus reivindicaciones. Segunda enseñanza: unos trabajadores con bajos ingresos, asalariados o independientes, generalmente precarios, entre los que hay muchas mujeres, han tomado la palabra. Se trata de unas personas que, dejando a un lado su diversidad, esbozan un cuadro muy semejante, no el de los excluidos, sino el de las víctimas comunes de la inseguridad social producida por 40 años de paro masivo y de necesaria flexibilización del mercado laboral. Tercera enseñanza: esas personas, generalmente sin lazos políticos o sindicales, prácticamente en estado de anomia, se han transformado en unas semanas en un grupo de fusión portador de una revuelta colectiva que da muestras de unas ganas persistentes de hacer sociedad. Hay un problema: la deletérea dinámica que podíamos temer la noche de la elección de Emmanuel Macron parece estar en marcha. Aunque las reivindicaciones de los chalecos amarillos son con frecuencia próximas a las esgrimidas históricamente por la izquierda, el rechazo expresado por un amplio porcentaje de la población a la política de Emmanuel Macron y su modo de ejercer el poder podría alimentar el resentimiento esgrimido por la derecha extrema.

     

    Salario mínimo Los ingresos de cuatro millones de asalariados franceses deberán subir en 100 euros mensuales a partir de este mes. ¿Quién los va a pagar? No los empleadores, ya que Emmanuel Macron ha optado por aumentar la prima de actividad financiada por los impuestos. A diferencia de Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno español, que acaba de aumentar el salario mínimo en un 22% en enero, el presidente de la República francesa sigue la opinión dominante entre los economistas que temen que un aumento del salario mínimo disminuya el número de ofertas de empleo para aquellos trabajadores que son las mayores víctimas del paro. Entendido. ¿Podemos señalar, sin embargo, que, en nuestras sociedades, el nivel de los salarios no refleja tanto su productividad marginal como el valor que se reconoce a los diferentes tipos de trabajo, un valor muy cambiante en el tiempo y el espacio? El nivel global de las riquezas a distribuir en un país depende de su capacidad de producir eficazmente. Francia es, así, un país rico porque es productivo, dispone de una mano de obra cualificada, de un estoc de capital material e inmaterial considerable… Pero el modo en que esas riquezas están repartidas no es producto de una ley físico-química. ¿Por qué una enfermera anestesista gana 100 veces menos que el banquero que especula en los mercados? ¿Por qué el asistente social que acompaña a nuestros mayores gana el salario mínimo a no ser porque consideramos que su trabajo no tiene gran valor? Esta falta de reconocimiento social ha salido también a la luz gracias a la revuelta de los chalecos amarillos. Una buena noticia.

     

    Brexit Las dificultades de Teresa May muestran una serie de transformaciones de la escena política inglesa. Mientras que, desde hace un siglo, conservadores y laboristas encarnaban la división entre las élites acomodadas y las clases populares, la oposición entre los partidarios del leave y los partidarios del remain tiene lugar en el seno de los dos partidos, reflejando así las fracturas del electorado. Defienden el leave tanto ultraliberales como asalariados y parados que aspiran a volver a un sistema social más protector, con el telón de fondo de la nostalgia nacionalista. Por su parte, los remainers están igualmente divididos. Están las élites económicas satisfechas con la Europa actual pero también numerosos ciudadanos que rechazan un repliegue sobre el espacio nacional que no aporta ninguna solución a los problemas actuales, a la vez que desean hacer que la construcción europea evolucione. En resumen, toda semejanza con la escena francesa sería pura coincidencia.

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