Accede sin límites desde 55 €/año

Suscríbete  o  Inicia sesión

67 — AJUSTE // Día 19

Comparte
Pertenece a la revista
Diciembre 2020 / 8

El gobernador del Banco de España ya nos ha avisado de que habrá que aplicar un ajuste. También la UE ha insinuado que las ayudas estarán en función de las reformas. Aún no nos hemos quitado el miedo a la covid-19 y ya nos preparan otro susto.

No es un farol. Cualquiera que sepa un poco de economía sabe de qué va el tema. Este año todos los gobiernos van a tirar la casa por la ventana para evitar el caos. Es decir, van a gastar más de lo previsto. Los ingresos del Gobierno van a caer porque hay menos actividad económica. Resultado: el déficit y la deuda van a aumentar sí o sí. Y dentro de un tiempo alguien dirá que hay que hacer un ajuste para reducir la deuda. Hemos entrado en el día de la marmota, pues esta historia ya la vivimos en 2008-2010. Entonces nos obligaron a un ajuste para reducir la deuda.

Quien dice ajuste dice recortes. Ahora hemos visto el efecto letal que tienen. Pero hay otra posibilidad de ajuste: un aumento de impuestos que sirva, a la vez, para reducir el déficit, financiar mejor el sistema público y limitar desigualdades obscenas. Una subida de impuestos progresiva que se puede alcanzar con cambios en el IRPF (tipos más progresivos, eliminación de desgravaciones, gravar igual a las rentas del capital), del IVA (mayores impuestos a productos de lujo), fiscalidad ecológica, impuesto de sociedades y un impuesto progresivo sobre el patrimonio. Nos dirán que esto es una locura revolucionaria. Más o menos sería situarnos en el nivel de fiscalidad francés o danés. Pero ya se sabe que los ricos tienen la piel muy sensible.

Tras los ajustes de 2010 alguna celebridad económica reconoció que se había equivocado al promover recortes. Que el efecto había sido devastador y que habría sido mejor subir impuestos en lugar de cargarse servicios públicos. Sería bueno que ahora se enmendaran y evitáramos repetir la historia.

El término ajuste suele tener un complemento: “reforma estructural”. Es decir, cambios en las leyes y regulaciones de las actividades económicas. La corriente dominante en economía piensa que el mercado funciona muy bien por sí solo y que se deben eliminar impedimentos en la libertad de negocio. Lo más habitual es que este programa incluya una reforma laboral, que sirve para eliminar derechos y aumentar el poder del capital. Otras veces han sido las diversas formas de privatización y externalización de lo público o la desregulación de los mercados. También en esto tenemos mucha experiencia: en 2008, el crash financiero; ahora, la gestión de las residencias de ancianos y los problemas de la sanidad. 

Necesitamos reformas estructurales, pero no en el sentido habitual: servicios públicos mejor dotados y que cubran más necesidades sociales, especialmente todo el ciclo de cuidados. Es básica una reforma laboral que reduzca el poder del capital y lime desigualdades. Hay que reformar el sistema de prestaciones públicas para garantizar mínimos vitales a todo el mundo. Hay que transformar el modelo para que sea ecológicamente sostenible y con una estructura productiva más diversificada. Hay que eliminar la mayor parte de rentas parasitarias, cerrando los pozos de evasión fiscal y las chimeneas especulativas. Hay muchas más propuestas de reformas en muchos ámbitos orientadas a garantizar que la actividad económica sirva para garantizar a todo el mundo bienestar básico y respeto social.

En 2008 igual nos pilló por sorpresa. Ahora ya nos han avisado. Vendrán ajustes y reformas. De nuestra acción colectiva dependerá que no sean más de lo mismo. De que, como mínimo, sirvan para reorientar la economía y no caer en la normalidad de la injusticia social, la precariedad y el desastre ecológico.