Albert Recio

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    Economista y profesor de la UAB
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    Al empezar el confinamiento comencé a escribir este comentario diario, como forma de terapia. Mañana pasamos a fase 1: es el momento de acabar esta especie de cuaderno de confinamiento.

    La covid-19 es como tirar una piedra a un río. El primer impacto rompe la superficie del agua y después se genera una onda que toma la forma de círculos en expansión.

    Si quieres un titular de moda escribe algo así como “Hay que acabar con el capitalismo o acabará con el mundo”. Suena a intelectual profundo y comprometido. No es muy original.

    Se nota que nos vamos olvidando de la covid. Aunque siguen los contagios y subsiste la incertidumbre, se van retomando los hábitos de siempre y el paso de fases se va acelerando. Otra evidencia de que los días de la crisis sanitaria empiezan a olvidarse es que en el debate político y mediático reaparecen los viejos temas. Hoy ha tocado reforma laboral.

    Los momentos de gran confusión son ideales para colar cosas de tapadillo. Hace años un amigo me lo explicó con sencillez: “La mejor forma de pasar un elefante de contrabando es provocando una estampida de elefantes en la frontera. Alguno pasa”. Es parecido a lo que cuenta un capo del narco en Traffic: saturamos la frontera de envíos, muchos los pilla la policía, pero otros acaban colando.
     

    Somos animales emocionales. Muchas decisiones obedecen más a respuestas impulsivas que a una reflexión racional. Nuestro cerebro rápido, la forma de actuar sin pensar que nos permite funcionar en el día a día, nos suele jugar malas pasadas. Las emociones son fácilmente manipulables. Parte de la psicología y su aplicación al marketing se dedica a desarrollar técnicas de manipulación al servicio de quien tiene poder y dinero para pagarlas. 

    El gobernador del Banco de España ya nos ha avisado de que habrá que aplicar un ajuste. También la UE ha insinuado que las ayudas estarán en función de las reformas. Aún no nos hemos quitado el miedo a la covid-19 y ya nos preparan otro susto.

    Es la palabra de orden. Tenemos que ser responsables, mantener la separación espacial, usar mascarilla, lavarnos las manos. La responsabilidad es una virtud que siempre hay que mantener. Vivimos en sociedades humanas de un elevado nivel de interacción social y la única forma de que la convivencia no sea caótica es comportarnos adecuadamente. Hay en ello un motivo fraternal, por el bien de todos, y uno egoísta: si los demás se comportan bien nuestra vida suele ser más agradable y segura.

    Este fin de semana nos estamos riendo de las patéticas manifestaciones de los pijos de los barrios ricos de Madrid. Mejor que la policía no les reprima. Solo faltaría que tuvieran mártires. La movida parece una muestra más de la pérdida del sentido del ridículo de la nueva generación de la derecha española, pero la cosa tiene menos gracia.

    En esta larga lista de ausencias de estos días hoy se ha sumado la de Julio Anguita, al que mucha gente amiga llora con sentimiento. Yo no he sido nunca del Partido Comunista, ni siempre he estado de acuerdo con sus planteamientos, pero su pérdida me sabe mal. Era una persona de una enorme honestidad y realmente involucrado en la política por una motivación ética y con una preocupación intelectual que raramente se encuentra.

    Hay prisas para levantar el confinamiento. Razones hay muchas, aunque parece que para muchos políticos conservadores la única sea lo que ellos llaman “economía”. En esto están de acuerdo una larga colección de impresentables que gobiernan desde grandes imperios, como Trump, a naciones importantes, como Boris Johnson y comunidades autónomas, como Díaz Ayuso. Son representantes de las castas empresariales y rentistas que gobiernan el mundo, a las que la pandemia solo les preocupa si afecta a su bolsillo y su poder. Viven aislados en grandes mansiones y confían que podrán escapar del mal que nos acecha a todos.

    A la mayoría de capitalistas la pandemia no les resulta beneficiosa, aunque ya se sabe que cuando las cosas van mal siempre hay alguien que sabe sacar tajada. Ya están las farmacéuticas y las empresas que ahora llamamos tecnológicas (como si la tecnología no existiera en toda actividad productiva) relamiéndose con las oportunidades que les depara la situación. Pero tampoco ellos son el origen del problema.

    Siempre que ocurre algo desagradable buscamos a un responsable, al que adjudicamos el origen de nuestros males. Y, si es posible esperamos que sea castigado. Esta es para mucha gente la función del sistema judicial: penalizar a los culpables de alguna maldad. Pero las cosas son siempre más complicadas.

    Hace años que el término precariedad entró en nuestras vidas. Era la cara B de la flexibilidad laboral con la que las élites económicas impusieron la demolición de los derechos laborales. Hoy algunos sanitarios nos recordaban que muchos tienen contratos de muy corta duración, con entradas y salidas hacia el desempleo. Las élites elaboraron una teoría que ha tenido éxito: en lugar de precariedad, hablan de dualidad del mercado laboral, con empleos fijos tope guay, por un lado, y otros precarios, por otro.

    Hoy los medios informan de jóvenes irresponsables celebrando masivamente la entrada en fase 1. Estoy convencido de que las televisiones que pasan estas imágenes ayer se olvidaron de ofrecer las de católicos conservadores congregados en la celebración de los Desamparados en Valencia. Estos jóvenes tienen poca cabeza y su comportamiento es penoso, pero van a ser utilizados para olvidarnos de lo esencial. 

    Con el inicio de la fase 1 en muchas provincias renacen las fronteras. Sobre todo lo notarán las personas que vivan en localidades a caballo de dos provincias o de dos zonas sanitarias. Una confinada, la otra no. 

    Cada año por estas fechas mucha gente está enganchada al momento culminante de las grandes competiciones deportivas. 

    Comer es la necesidad más esencial de todo ser vivo. Nuestra propia historia humana ha estado marcada por la forma de proveernos de alimentos. El núcleo de la revolución neolítica consistió en transformar el proceso de provisión de comida de una actividad azarosa —recolección, caza y pesca— a otra más controlada: agricultura y ganadería. Pasamos de ser buscadores de setas a hortelanos. Este fue el punto de despegue de la especie humana. Y aunque ahora a veces lo olvidamos, la comida ha seguido constituyendo uno de los ejes de nuestra vida real.

    Con el paso de los días todo el mundo es consciente del papel de la sanidad pública. Mucha gente ve al personal sanitario como un grupo de personas que se han batido con heroísmo, poniendo su propia salud en peligro, para salvar vidas, y hay consciencia de que faltan medios y recursos.

    Un neologismo que cada cual entiende a su manera. El sueño mayoritario es volver a hacer cuanto antes lo que hacíamos a principios de marzo. O, sobre todo, algunas de las cosas que más nos gustaban. 

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