Algo muy serio

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  • Por (Periodista)
    Mayo 2021

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    Darío Adanti

    Sammy Davis Jr., fantástico showman y amigo inseparable de Frank Sinatra, tenía una frase para explicar que su vida no había sido fácil: “Soy negro, judío y tuerto, ¿necesito algo más?”. Lo de ese hombre era complicado, cierto. Pero siempre hay alguien que lo tiene peor. Ahora mismo, cualquiera que pueda decir “soy mujer, joven y española” está en condiciones de subir al podio de las dificultades.

    Lo primero, lo de ser mujer, ha mejorado un poco en los últimos años. Aunque falta mucho, se avanza. Lo de ser joven en España se ha puesto imposible. Y no va camino de mejorar, sino al contrario.

    Los chavales que tuvieron que encajar la gran crisis financiera de hace 10 años tienen que encajar ahora la gran crisis sanitaria y su correspondiente destrozo económico. La mediocre educación que se les proporcionaba ha sufrido el hiato de las clases telemáticas. Y se asoman al mundo del trabajo en un momento sombrío: CaixaBank quiere despedir a 8.921 personas y el BBVA, a 3.798, por citar simplemente los casos de que habla la prensa cuando escribo.

    Por tristes que sean los expedientes de regulación de empleo, como son llamados ahora los despidos masivos, más triste resulta no poder acogerte a ellos. De los 900.000 nuevos parados españoles desde el inicio de la pandemia, 700.000 eran contratados temporales: ni indemnización ni nada. Como pueden suponer, la inmensa mayoría de esos 700.000 son menores de 35 años.

    Hablamos de menores de 35 años que siguen viviendo con sus padres (casi el 90% siguen en el hogar familiar, según el Banco de España) porque no pueden acceder a un empleo estable y a una vivienda propia. Hablamos de jóvenes que, con suerte, consiguen contratos laborales con una duración media de tres meses. Hablamos de jóvenes que tendrán que cargar con un colosal endeudamiento público, que tendrán que soportar las consecuencias del cambio climático y cuya existencia se verá puntualmente amenizada por una pandemia. De alguna forma, sus penalidades actuales son solo una preparación para lo que vendrá luego.

    En las últimas décadas, el reparto de la riqueza ha favorecido a los más ricos y a los más viejos. Un jubilado medio disfruta de una posición económica bastante mejor que la de un joven medio, y gracias a las pensiones de los abuelos van tirando unos y otros. Pero todo esto es un disparate. El estado de bienestar se hace imposible cuando los jóvenes no cotizan porque no trabajan, o lo hacen en condiciones inaceptables.

    ¿A alguien le extraña la tensión política? El auge de los extremismos, con una ultraderecha tan vivaz y peligrosa como la de hace un siglo, no es simplemente un efecto de las redes sociales o un invento de gurús electorales y periodistas sobrecogedores (los que pillan sobres de amos ocultos): hunde sus raíces en la ausencia de futuro. O hacemos algo muy serio para mejorar el presente y las perspectivas de los jóvenes, o algo muy serio va a pasar un día de estos. 

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