Enric González

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    Estoy mirando un anuncio inmobiliario. Se trata de un piso “maravilloso” y “exclusivo” (eso dice el anunciante) con una extensión de 58 metrazos, vistas a un muro y con medios de transporte muy cercanos: está entre las vías del tren y una carretera, en las afueras de una gran ciudad. El alquiler cuesta 960 euros. Una ganga. Teniendo en cuenta que el salario medio en España es de 1.700 euros brutos mensuales, el ciudadano medio puede permitirse tranquilamente residir en ese piso “maravilloso” y “exclusivo” y, además, comer pan y fideos hasta hartarse.

    Harry Truman fue un presidente impopular. Hay que entenderlo: ordenó el lanzamiento de dos bombas atómicas, (el único ser humano que carga con esa responsabilidad hasta la fecha), ganó la Segunda Guerra mundial pero inmediatamente después tuvo que iniciar la Guerra Fría, incluyendo las guerras de Indochina (más tarde llamada Vietnam) y Corea, creó el Plan Marshall, fue decisivo en la fundación de la ONU y la OTAN, manejó una Administración bastante corrupta y fue incapaz, aunque lo intentó, de combatir el racismo estructural en Estados Unidos. Con tanto lío no hay quien sea popular. Los historiadores, sin embargo, le han rehabilitado parcialmente.

    Los jinetes del apocalipsis no suelen cabalgar solos. Ya hemos visto que la pandemia traía consigo una recesión súbita y brutal, con el consiguiente desempleo masivo. Asumo el papel de agorero para formular una profecía que no tienen por qué tomarse en serio: si yo pudiera adivinar el futuro no me dedicaría, evidentemente, a escribir estas cosas. Insisto, lo más probable es que me equivoque. Pero me arriesgo a decir que en 2021 trotará sobre la economía mundial un jinete al que no veíamos desde hacía mucho, mucho tiempo. Hablo de la inflación.

    Podríamos llenar de cifras esta página. Resultaría un poco redundante. Los artículos rigurosos (en uno de los significados que ofrece el diccionario: “rigor” como “propiedad y precisión”) van en páginas anteriores. Aquí, en todo caso, apelaremos a otra acepción de “rigor”, a medio camino entre la que significa “severidad excesiva” y la referida al “último término a que pueden llegar las cosas”.

    El nuevo año se aproxima como el psicópata asesino en las películas de terror. El espectador no ha visto aún su rostro ni sabe todavía de qué forma espeluznante acabará con su víctima. Por tanto, el espectador imagina las peores cosas. El truco de esta película consiste en que el espectador, paralizado ante el espectáculo, ignora todavía (aunque un escalofrío en la espalda se lo sugiere) que la víctima es él mismo.

    El 7 de noviembre de 2000 estuve en Austin, Texas. Llovía y hacía frío. Mediada la tarde, una multitud mojada empezó a apiñarse frente al Capitolio estatal. Eran republicanos que confiaban en la victoria de su candidato, George W. Bush, un hombre que propugnaba una cosa llamada “conservadurismo compasivo”. 

    El cucumis melo es una cucurbitácea comestible que prospera en los secarrales de verano, muestra diversos aspectos y suele ser dulce. Ese tipo de melón se puede manipular e incluso abrir sin grandes riesgos: en el peor de los casos sale malo y queda en el fondo de la nevera hasta que unas manos piadosas lo tiran.

    Donald Rumsfeld, dos veces secretario de Defensa de Estados Unidos (con Gerald Ford y con George W. Bush), es un tipo bastante malvado. Y muy listo. Olvidemos que dirigió la invasión de Irak en 2003 y centrémonos en una de sus reflexiones inmortales: “Hay cosas que sabemos, hay cosas que sabemos que no sabemos, y hay cosas que no sabemos que no sabemos”. Estas últimas cosas, las unknown unknowns, suelen ser, cuando se dan, muy trascendentes. Entre ellas figuran lo que llamamos “cisnes negros”: acontecimientos difícilmente predecibles que nos sorprenden mucho y luego, con el tiempo y la perspectiva, catalogamos casi como inevitables.

    ¿Se acuerdan de la larga recesión que comenzó en 2008? Duró hasta 2014. En España implicó duras consecuencias económicas (recortes presupuestarios, descenso de los salarios reales, desempleo) y unas turbulencias políticas que siguen ahí: el auge de la xenofobia, el independentismo y la ultraderecha tiene su origen en aquellos años difíciles.

    Ya sabemos que los científicos están, en lo que se refiere la covid-19, casi tan despistados como la gente de letras. Falta mucho por conocer sobre esta enfermedad de rasgos tan variados y alta capacidad de mutación. Pero las investigaciones avanzan y, salvo si incluimos en el ámbito de la ciencia a lumbreras como Donald Trump o a los batallones de cuñados que opinan en la red, lo hacen en un sentido bastante coherente. Algún día existirá una vacuna más o menos eficaz. Entretanto, quizá aparezcan medicamentos que ayuden a paliar la letalidad del virus.

    Ya sabemos que los científicos están, en lo que se refiere la covid-19, casi tan despistados como la gente de letras. Falta mucho por conocer sobre esta enfermedad de rasgos tan variados y alta capacidad de mutación.

    Las grandes crisis producen efectos indeseados y dañinos, como el ascenso del nazismo tras el Crac de 1929 o la llegada al poder de Donald Trump tras la de 2008. ¿Qué nos deparará el futuro? Enric González, el oráculo impertinente, hacía en el número de febrero de Alternativas Económicas una aguda reflexión sobre las consecuencias de las crisis. Vale la pena volver a leerla ahora que la pandemia del coronavirus lo está arrollando todo.

    Uno mira hacia el futuro, estos días, y no ve más que noche y niebla. Evidentemente, hay futuro. Siempre lo hay. Pero aún tenemos que pasar por momentos muy duros y no podemos saber con un mínimo de certeza qué encontraremos al otro lado, el del futuro, cuando hayamos superado la pandemia y logremos convivir razonablemente con el nuevo virus.

    Uno mira hacia el futuro, estos días, y no ve más que noche y niebla. Evidentemente, hay futuro. Siempre lo hay. Pero aún tenemos que pasar por momentos muy duros y no podemos saber con un mínimo de certeza qué encontraremos al otro lado, el del futuro, cuando hayamos superado la pandemia y logremos convivir razonablemente con el nuevo virus.

    Algo de razón tiene, creo, Fintan O'Toole. En su libro Un fracaso heroico sostiene que la razón última del brexit es una crisis de autocompasión. Los ingleses (no cabe hablar de los británicos, porque tanto escoceses como norirlandeses votaron a favor de quedarse en la Unión Europea) se sienten víctimas y se refocilan en el sentimiento.

    Las grandes crisis económicas generan una asombrosa onda expansiva. Aunque a veces exageramos y atribuimos al Crac de 1929 casi todas las desgracias inmediatamente posteriores (Benito Mussolini había llegado ya al poder en 1922 y su copia barata en España, Miguel Primo de Rivera, gobernaba desde 1923), es cierto que el colapso del comercio internacional tuvo consecuencias horribles.

    Somos gente crédula. Han conseguido convencernos de que cuando los más ricos tienen que pagar muchos impuestos, los ricos se fugan del país. Y dejan de invertir. Y se frena la creación de riqueza. Y todo se va al garete.

    El planeta está lleno de bronca. De Hong Kong a Santiago de Chile, de Bogotá a Hong Kong, de La Paz a Bagdad, millones de manifestantes chocan contra las policías antidisturbios.

    Conversé con el alcalde de una importante ciudad latinoamericana. Era rico, conservador e inteligente y llevaba años esforzándose por sanear los miserables asentamientos urbanos bajo su jurisdicción. Había construido alcantarillas, había asfaltado, había instalado escuelas públicas y había invertido gran parte de su presupuesto en un segmento de la población que raramente vota a la derecha.

    En abril de 1815 el volcán Tambora, situado en la actual Indonesia, reventó literalmente: fue la mayor erupción en casi 20 siglos. Las cenizas que arrojó hacia los niveles altos de la atmósfera circularon en torno al planeta, lo protegieron del Sol e hicieron que 1816 fuera el famoso año sin verano.

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