Enric González

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    El cucumis melo es una cucurbitácea comestible que prospera en los secarrales de verano, muestra diversos aspectos y suele ser dulce. Ese tipo de melón se puede manipular e incluso abrir sin grandes riesgos: en el peor de los casos sale malo y queda en el fondo de la nevera hasta que unas manos piadosas lo tiran.

    Donald Rumsfeld, dos veces secretario de Defensa de Estados Unidos (con Gerald Ford y con George W. Bush), es un tipo bastante malvado. Y muy listo. Olvidemos que dirigió la invasión de Irak en 2003 y centrémonos en una de sus reflexiones inmortales: “Hay cosas que sabemos, hay cosas que sabemos que no sabemos, y hay cosas que no sabemos que no sabemos”. Estas últimas cosas, las unknown unknowns, suelen ser, cuando se dan, muy trascendentes. Entre ellas figuran lo que llamamos “cisnes negros”: acontecimientos difícilmente predecibles que nos sorprenden mucho y luego, con el tiempo y la perspectiva, catalogamos casi como inevitables.

    ¿Se acuerdan de la larga recesión que comenzó en 2008? Duró hasta 2014. En España implicó duras consecuencias económicas (recortes presupuestarios, descenso de los salarios reales, desempleo) y unas turbulencias políticas que siguen ahí: el auge de la xenofobia, el independentismo y la ultraderecha tiene su origen en aquellos años difíciles.

    Ya sabemos que los científicos están, en lo que se refiere la covid-19, casi tan despistados como la gente de letras. Falta mucho por conocer sobre esta enfermedad de rasgos tan variados y alta capacidad de mutación. Pero las investigaciones avanzan y, salvo si incluimos en el ámbito de la ciencia a lumbreras como Donald Trump o a los batallones de cuñados que opinan en la red, lo hacen en un sentido bastante coherente. Algún día existirá una vacuna más o menos eficaz. Entretanto, quizá aparezcan medicamentos que ayuden a paliar la letalidad del virus.

    Ya sabemos que los científicos están, en lo que se refiere la covid-19, casi tan despistados como la gente de letras. Falta mucho por conocer sobre esta enfermedad de rasgos tan variados y alta capacidad de mutación.

    Las grandes crisis producen efectos indeseados y dañinos, como el ascenso del nazismo tras el Crac de 1929 o la llegada al poder de Donald Trump tras la de 2008. ¿Qué nos deparará el futuro? Enric González, el oráculo impertinente, hacía en el número de febrero de Alternativas Económicas una aguda reflexión sobre las consecuencias de las crisis. Vale la pena volver a leerla ahora que la pandemia del coronavirus lo está arrollando todo.

    Uno mira hacia el futuro, estos días, y no ve más que noche y niebla. Evidentemente, hay futuro. Siempre lo hay. Pero aún tenemos que pasar por momentos muy duros y no podemos saber con un mínimo de certeza qué encontraremos al otro lado, el del futuro, cuando hayamos superado la pandemia y logremos convivir razonablemente con el nuevo virus.

    Uno mira hacia el futuro, estos días, y no ve más que noche y niebla. Evidentemente, hay futuro. Siempre lo hay. Pero aún tenemos que pasar por momentos muy duros y no podemos saber con un mínimo de certeza qué encontraremos al otro lado, el del futuro, cuando hayamos superado la pandemia y logremos convivir razonablemente con el nuevo virus.

    Algo de razón tiene, creo, Fintan O'Toole. En su libro Un fracaso heroico sostiene que la razón última del brexit es una crisis de autocompasión. Los ingleses (no cabe hablar de los británicos, porque tanto escoceses como norirlandeses votaron a favor de quedarse en la Unión Europea) se sienten víctimas y se refocilan en el sentimiento.

    Las grandes crisis económicas generan una asombrosa onda expansiva. Aunque a veces exageramos y atribuimos al Crac de 1929 casi todas las desgracias inmediatamente posteriores (Benito Mussolini había llegado ya al poder en 1922 y su copia barata en España, Miguel Primo de Rivera, gobernaba desde 1923), es cierto que el colapso del comercio internacional tuvo consecuencias horribles.

    Somos gente crédula. Han conseguido convencernos de que cuando los más ricos tienen que pagar muchos impuestos, los ricos se fugan del país. Y dejan de invertir. Y se frena la creación de riqueza. Y todo se va al garete.

    El planeta está lleno de bronca. De Hong Kong a Santiago de Chile, de Bogotá a Hong Kong, de La Paz a Bagdad, millones de manifestantes chocan contra las policías antidisturbios.

    Conversé con el alcalde de una importante ciudad latinoamericana. Era rico, conservador e inteligente y llevaba años esforzándose por sanear los miserables asentamientos urbanos bajo su jurisdicción. Había construido alcantarillas, había asfaltado, había instalado escuelas públicas y había invertido gran parte de su presupuesto en un segmento de la población que raramente vota a la derecha.

    En abril de 1815 el volcán Tambora, situado en la actual Indonesia, reventó literalmente: fue la mayor erupción en casi 20 siglos. Las cenizas que arrojó hacia los niveles altos de la atmósfera circularon en torno al planeta, lo protegieron del Sol e hicieron que 1816 fuera el famoso año sin verano.

    Llevamos ya mucho tiempo dándole vueltas al asunto del populismo. No es un fenómeno nuevo, por supuesto. Ni es fácilmente definible, porque lo hay de todos los colores y cataduras. Para discernir en qué consiste resulta útil un proceso de eliminación.

    Nos hemos habituado a eso que llamamos “cumbres”. Dirigentes políticos más o menos poderosos se reúnen en algún  lugar para ponerse de acuerdo en tal asunto o tal otro. Damos por supuesto que cada uno de ellos acude con un objetivo o una idea e intenta convencer a los demás.

    Raramente se puede ver el cometa Halley más de una vez en la vida, porque su órbita alrededor del Sol dura unos 75 años. Mucho más insólito es asistir al relevo de un imperio planetario. La humanidad ha contemplado este fenómeno solo  tres veces: al final del siglo XVI (declive del imperio español), al final del XVII (declive del imperio de las provincias holandesas) y a principios del XX (declive del Imperio británico).

    Las hegemonías ideológicas, o culturales, concluyen a veces con una gran traca final, como las fiestas de los pueblos. Quizá no recordamos tanto como debiéramos la verbena de furor y violencia con que terminaron esos años (1945-1973) que en muchos países fueron calificados de gloriosos y que en España, que llevaba cambiado el paso de la historia, resultaron bastante miserables.

    La macroeconomía es un gran juego intelectual cuyas reglas se reducen a una sola: se puede ganar una mano, pero nunca la partida. A largo plazo, todos los jugadores pierden. Incluso el campeón más brillante, John Maynard Keynes, sufrió un revolcón hará cosa de medio siglo.

    ¿Se acuerdan de Silvio Berlusconi? Qué payaso nos parecía, ¿verdad? Cuando irrumpió en el escenario político italiano, hace 20 años, pensamos que se trataba de una anomalía grotesca, generada por un colapso institucional.

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