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Centralismo

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Febrero 2019 / 66

La derecha ecuestre y reconquistadora, también llamada ultraderecha, le tiene ganas al sistema autonómico. Y no son pocos quienes desde la izquierda proclaman abiertamente sus preferencias jacobinas. Hasta cierto punto, es comprensible: el desastre catalán, las desigualdades fiscales, el coste de 17 Administraciones regionales, la corrupción local y una cierta sensación de conflicto crónico parecen justificar la tentación centralista.

España ya ha ensayado el modelo varias veces. Felipe V lo importó de Francia y estableció un funcionariado profesional que solo respondía ante la Corte: para tratarse de un hombre bastante desequilibrado (fue bipolar y luego cayó en la demencia completa, no se cortaba las uñas y decía ser una rana: cosas de reyes), el asunto no salió mal del todo. Su sucesor, Carlos III, fue honrado como "el mejor alcalde de Madrid", lo que da una idea del centralismo de aquel déspota ilustrado. Luego siguieron siglo y medio de reyes calamitosos y desorden administrativo, un par de repúblicas efímeras, un ensayo autonómico, una guerra civil y una dictadura horrible y larguísima que, además de imponer un centralismo estricto, hizo de España "una unidad de destino en lo universal". O sea, nada.

No es extraño que tras el franquismo se reclamara libertad, amnistía y estatutos de autonomía. La Constitución de 1978 estableció la descentralización y el sistema autonómico se desarrolló de forma un poco caótica. ¿El resultado? Las mejores cuatro décadas de la historia española. No es poca cosa.

Miremos ahora hacia el sistema jacobino más perfecto del mundo: Francia. Un presidente, una capital grandiosa, dos cámaras con ley electoral mayoritaria, provincias y prefectos. Pura lógica. El problema está en que el sistema no funciona. Da la impresión de que todo el mundo se había enterado de la profunda crisis en las provincias, menos el Gobierno de París: la revuelta de los chalecos amarillos, como antes el auge de la ultraderecha y otros fenómenos que no encajan con la racionalidad republicana, ha pillado por sorpresa a los mandarines del Elíseo. Desde París, las cosas se ven distintas. Lejanas.

Uno entiende el atractivo de los sistemas lógicos y centralizados. Son administrativamente más elegantes y quizá, solo quizá, más económicos que los líos federales o el barullo autonómico. Componen una jerarquía administrativa límpida y ordenada. Permiten utilizar de forma inequívoca la palabra nación, tan afrodisíaca para algunos.

Ocurre, sin embargo, que la naturaleza es lógica. El mundo (la naturaleza más las personas) no lo es. En el mundo funcionan mejor los sistemas políticos ilógicos y más o menos amontonados sobre el territorio. Así es la vida. Qué se le va a hacer.